Más allá del sexo (3)

        Por años me pregunté si otras personas sentían como yo. Por lo menos, alrededor mío no conocí a nadie. De una cosa estaba seguro, yo no había buscado sentirme así. Alondra llegó a mis sueños y se instaló allí, dentro de mi ser.  No fue mi culpa. Si es que había alguna culpa en ello. Yo no pedí ser como era. Me sentía defectuoso, incapaz de recibir aceptación ni siquiera de mis padres.

            Cuando terminé el colegio mi padre decidió enviarme a una universidad en el extranjero para hacer mi carrera en Literatura. Tan pronto me dio la noticia me sentí liberado. A mi madre le pareció buena idea — pero —, aun así, me miró de reojo como una advertencia. Yo sentía que Alondra saltaba dentro de mí, extendiendo sus brazos, girando en el viento.

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            La universidad era un campus enorme, lleno de árboles inmensos y todo tipo de flores colgadas, en tiestos y jardines multicolores. Grandes edificios de ladrillos rojos albergaban las facilidades y un centro deportivo a todo lujo quedaba en el centro, como si fuera más importante el equipo atlético que las disciplinas que se enseñaban en las facultades.

            Cuando llegué hacía un poco de frío. Sabía que papá había hecho todos los arreglos para una habitación compartida con otro estudiante. Me preocupaba cómo me iba a recibir el compañero de cuarto, cuál era su origen, sus ideas, si me haría víctima de sus bromas universitarias. Tan pronto abrí la puerta sentí pánico, una corriente intensa recorrió mi espalda. Allí estaba el que compartiría mi cuarto por los próximos cuatro años. Era un tipo fornido, altísimo y con cara de malo. Yo entré pegado a la pared, temiendo que me agarrara allí mismo y me entrara a golpes, por eso de estrenar al nuevo. Puse la maleta al lado de una de las camas y lo saludé tímidamente.

            —¿Vas a usar esta cama o la otra? —pregunté.

            —Me da igual —contestó sin dejar de mirar por la ventana.

            —Entonces usaré esta —dije señalando la que estaba al lado de mi maleta.

            —Perfecto.

            El cuarto estaba equipado con dos camas, dos armarios, dos escritorios con sus lámparas y sillas. Era cómodo para dos personas.  Hasta el momento mi compañero era un enigma que tenía que descifrar, pero no quería ser imprudente. Decidí preguntar lo necesario, lo demás lo sabría después.

            —Perdón, ¿cómo te llamas?

            —Edward.

         —Yo me llamo Arturo —dije extendiendo mi mano que él tomó y apretó con fuerza.

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Más allá del sexo (2)

          Una noche —cuando estaba a solas—, en el conticinio, cuando mi madre ya dormía, saqué los maquillajes de Lara. A ella no la dejaban maquillarse en su casa y me dejaba sus cosas para que se las guardara. Así —por pura curiosidad—, comencé a poner sus colores en mi cara. Poco a poco mi rostro se iba transformando —hasta que me di cuenta—, de que la chica que me miraba desde el espejo, era la misma que veía en mis sueños, envuelta en una crisálida y luchando por salir. No pude contener mi llanto. La luz del día me encontró en ese estado. Cuando mamá llamó a la puerta para ir al colegio le dije que estaba enfermo. Ella se preocupó y entró como siempre hacía. Como mi dueña y señora. Cuando me vio con lo que quedaba de mi cara pintada, se llevó las manos a la cabeza, en total incredulidad.

            —¡Arturo! Pero… ¿Me puedes explicar de qué se trata esto?

            ¿Qué le iba a explicar? Si ni yo mismo entendía lo que pasaba.

            » Levántate y lávate la cara. ¿De dónde has sacado esas pinturas?

            —Son de Lara, madre. Me pidió que las guardara.

            —¿Y por qué te las has puesto?

            —Fue por curiosidad, madre.

            —Pues no quiero ni a Lara ni a sus maquillajes aquí.

            Ella —mi madre—, me agarró por el brazo, me arrastró hasta el baño y como una loca tomó una toalla con jabón y me restregó el rostro. Me frotó tanto y tan fuerte que dejó las marcas de sus uñas en mi piel. Yo lloraba nervioso, impotente.

            —Hoy no vas al colegio porque tienes que entender que se te puede ir la vida en esta estupidez. ¡Cámbiate, que tenemos que hablar!

            Me quedé tirado en el suelo por un rato. Mis piernas no me respondían. Por fin me levanté y me vestí. Salí y mi madre estaba sentada en el salón.

            —Quiero que me digas ahora mismo. Arturo, ¿eres homosexual? —preguntó sin rodeos.

            —No lo sé —respondí sintiendo que la «ella» dentro de mí quería gritar que sí. Enseguida me arrepentí de negarla. Era yo quien la tenía aprisionada en aquella crisálida irrompible. Era yo quien la estaba traicionando. Pero era muy joven para entenderlo o hacer alguna cosa.

            —Explícame lo de la cara pintoreteada.

            —Era un juego, solo un juego.

            —Arturo, no puedes jamás jugar así. La homosexualidad es castigada muy duramente, puede incluso costarte la vida. Que no se hable más de este asunto —sentenció—. No le diré nada a tu padre.

            Con esa frase la enterró dentro de mí. Dejé de frecuentar a mis amigas, me volví solitario, encerrado en mí mismo. Me concentré en mis libros, en mis poemas, en mis letras. Allí Alondra —así le llamé—, tenía voz, se podía expresar. Y mientras más hablaba a través de mis escritos, más quería ser ella. No era que fuera narcisista, pero estaba enamorado de esa persona que vivía en mí: vibrante, alegre, segura. Quería abrir mis alas y ser libre como era ella.

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Más allá del sexo (1)

            Siempre supe que era diferente. No recuerdo un día de mi vida en que me ajustara a mi realidad física. Mi madre me vestía siempre de azul. El traje de marinero era su favorito. Me presentaba ante sus amigas, alargando sus brazos —soberbia—, para que ellas pudieran apreciar mi peculiar belleza. «Mi niño», decía orgullosa, y todas ellas me miraban babeándose al mirar mis mejillas rosadas y mis rizos negros, que caían en cascada sobre mi piel acendrada. Así crecí entre apapachos y besos, consentido por demás, pero nunca me sentí cómodo en mí piel.  

            Pasado el verano del 1966, me tocó ir al colegio donde me enfrenté con la rudeza de los varones de mi edad. Algunos se reían de mí y me llamaban «el bonito» porque tenía las pestañas largas y oscuras. A veces me rodeaban y me asustaban solo para quitarme el almuerzo. La verdad no me gustaba estar con ellos. Prefería la sencillez y la bondad en el comportamiento de las niñas. Con ellas podía hablar de cualquier cosa, de juegos y de libros de cuentos de fantasía. Sentía una conexión con ellas que no sentía con los niños. Con frecuencia nos burlábamos de los juegos brutos de los muchachos y del olor nauseabundo que despedían sus cuerpos luego del recreo.

            Mi padre era un tipo bueno, pero demasiado ocupado. Siempre en viajes de negocio, llegaba a la casa cansado y repasaba más o menos con mi madre cómo iban los asuntos domésticos. No puedo decir que no me atendía. Sería una injusticia tremenda. Simplemente no tenía tiempo para hacer cosas conmigo y para darse cuenta de que yo era distinto. Me veía, pero no me miraba. Hoy sé que es un error que los padres cometen a menudo sin intención de herir o dañar a sus hijos.

            —Y bien, Arturo… —decía siempre para romper el hielo mientras cortaba los huevos durante el desayuno, justo antes de partir para otro viaje. Para entonces tendría yo unos trece o catorce años.

            —Lo de siempre, papá —contestaba yo como una cinta de grabación sin fin.

            —¿Y ya tienes alguna amiguita?

            —Pues la verdad, padre, tengo muchas amigas.

            Y no le mentía. Siempre andaba entre chicas. Me gustaba arreglarles el pelo. Opinar sobre sus vestidos y zapatos. Ayudarlas a maquillarse.

            —Muy bien que tengas muchas amigas, hijo —me decía satisfecho—. Un hombre de verdad debe tener de dónde escoger. Además, eres guapísimo. Un partidazo.

            —Sí, padre… Un partidazo…

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La hija de la querida

              Soy la hija de la querida. Bueno, por lo menos así me llamaba todo el mundo en el barrio de dónde vengo. Todos, menos en casa de Amir. Sus padres eran musulmanes y vivían cuatro esposas con el papá en perfecta armonía. A ellos les llamaban los depravados. Pero, en fin, como se pueden imaginar Amir y sus hermanos eran mis únicos amigos y compañeros de juego.

            Yo no veía nada malo en que me llamaran de ese modo. Mi madre —también mi padre que nos visitaba todos los fines de semana—, me habían explicado que ella era el amor de su vida. Que por nadie había sentido lo que sentía por mamá. Entonces ser hija de un amor tan grande se me hacía un orgullo y no una vergüenza. Papá me decía que caminara con la cabeza muy en alto y siempre nos prometía —que algún día—, vendría a quedarse para siempre.

            No sabía por qué no se quedaba desde ahora. Ni por qué las señoras del vecindario me miraban con desdén y a mi madre con desprecio. Hasta cuando ella pasaba agarraban a sus maridos por el brazo, como si mi mamá tuviera alguna enfermedad contagiosa. Solo las madres de Amir —así les llamaba él a todas—, nos invitaban a tomar el té y le compraban a mi madre unos pañuelos muy bonitos de seda y colores muy brillantes que mi padre le traía de la ciudad.  La verdad era que papá le dejaba los pañuelos para ella, porque nunca nos hizo falta el dinero, pero mamá quería sentir que algo hacía y que no vivía de él. De vez en cuando le cosía unos pantalones y camisas amplias a sus amigas musulmanas para que llevaran debajo del burka. Nada complicado pues sus habilidades en la costura eran mínimas, pero al menos no se sentía inútil ni mantenida. Al menos eso las escuché decir un par de veces.

            Alguna vez la escuché hablar con Amina —la verdadera madre de Amir—, sobre mi padre. Le decía que era un hombre muy rico y que su padre le hizo casarse con una mujer de sociedad cuando era muy joven. Hablaba de que aquello había sido un matrimonio arreglado y sin amor al que él se sentía amarrado porque había tenido varios hijos y ahora la mujer estaba muy enferma. Cuando la señora pase a mejor vida —dijo mi madre persignándose—, él estará conmigo y con mi hija. Eso ha prometido.

            A pesar de la promesa de mi padre los años pasaban y la moribunda seguía viviendo. Todos los viernes mi madre se ponía su vestido más bonito, se arreglaba el pelo, se pintaba las uñas de las manos y los pies y se cambiaba el peinado. Siempre para verse hermosa a los ojos de mi padre. Él no faltaba ningún fin de semana, siempre llegaba puntual a las nueve de la noche. Entonces pasaba por mi cuarto, me abrazaba, me daba un beso y siempre me traía mi chocolate favorito. Luego me daba las buenas noches y se iba a acostar con mi madre. Yo los escuchaba hablar por horas y reír. Otras, los escuchaba hacer unos ruidos que al principio no entendía, pero luego supe que eran los sonidos que hacen los que hacen el amor. Pero cuando papá se iba el domingo por la tarde, mamá se quedaba triste y sombría. A veces pasaba por su puerta y la escuchaba llorar. La espera se le estaba haciendo cada vez más difícil. Ya no era tan joven, ni tan bonita y eso la afectaba. Si no hubiera sido por sus amigas —las madres de Amir—, su vida habría sido aún más difícil.

            Amir fue mi primer y único novio. Era casi natural que nos enamoráramos. Él entendía mi familia y yo la suya. Además, era muy guapo. Tenía unos ojos negros inmensos adornados por unas cejas tupidas y una nariz aguileña que hacía su rostro perfecto. Su piel era de un tono dorado natural y su pelo oscuro. Era el más alto de la clase, jugaba al futbol y a pesar de ser musulmán, las chicas de la clase se morían por él. Pero Amir era mío y de nadie más. Cuando termináramos de estudiar nos casaríamos y nos iríamos de aquel pueblo tan hostil, donde ya no sería más la hija de la querida.

            Amir y yo nos casamos y fuimos a vivir a otra ciudad más moderna. Los primeros años de nuestro matrimonio fueron muy felices. Compramos una casa grande muy hermosa. Tuvimos dos hijos a los que amamos mucho. Una tarde estábamos sentados en la mecedora del balcón charlando como hacíamos a diario, cuando Amir me anunció que me iba a presentar a su segunda esposa. Todo en mí se revolvió.

            —Pero ¿qué pasa, Amir? ¿No eres feliz conmigo?

            —Sí, muy feliz —dijo él confundido—. ¿Qué pasa amor? No entiendo tu reacción.

            —Soy yo quién no entiende. ¿Por qué necesitas otra esposa?

            —Porque es la tradición. Mi padre tenía cuatro esposas. Tu conociste a todas mis madres. No sé por qué estás tan contrariada.

            —Amir, yo no quiero compartirte con nadie. No puedo. ¿Es que no puedes entender que te amo demasiado? Me moriría de celos. No me hagas esto, por favor te lo pido. Somos felices como estamos.

            —Lo siento. Esta es mi religión, mi tradición. Tú lo sabías cuando te casaste conmigo. Me conoces desde niño y sabes de dónde vengo —. Hubo un largo silencio que a mí me pareció un siglo y en el que hasta pensé que recapacitaría —.  Mañana vendrá Farah con su familia. Por favor, prepara una buena cena y dispón de todo lo necesario para recibirla luego del casamiento.

            No dejé de llorar en toda la noche. Tampoco me acosté con él.  No puedo ni decir cuál era el tamaño de mi decepción. Me quedé en el cuarto de mi hija pensando en mis días como la hija de la querida. Mi mente daba vueltas y no comprendía nada. Cuando éramos chicos las madres de Amir y sus hermanos parecían estar conformes con la vida que tenían. Se veían felices. Pero yo veía a mi madre, compartiendo a mi padre con la moribunda y era muy infeliz. Ella quería a papá para ella, sin compartirlo con nadie, como yo quería ahora a Amir para mí.

            Discurrí lo suficiente como para llegar a una conclusión. De una cosa estaba segura. Yo no iba a compartir un hombre de ninguna manera. Ni como la esposa que espera que el marido se canse de una querida. Ni como la querida que espera que el esposo se separe al fin de su esposa. Ni como una más de un harén esperando a que le toque su turno.

            Al siguiente día cuando Amir llegó a cenar con su futura segunda esposa y familia, no había cena, no había primera esposa, ni hijos, ni nada. Agarré a mis hijos y me fui muy lejos. Mi madre me dijo que Amir me buscó en el pueblo y estaba furioso porque me llevé a los niños y juró quitármelos. Por supuesto, me había ido a un lugar donde no me encontrara tan fácilmente. Sabía que iría a buscarme a casa de mi madre enseguida. Sabía que me amenazaría, pero en el país que vivimos hay leyes. Al final obtuve el divorcio, una pensión para mis hijos y una orden en la que le prohíben a Amir acercarse a los niños, porque el abogado le dijo al juez, que él podía robárselos y llevarlos fuera del país a algún país árabe.

            Por mi parte sé que algún día encontraré un amor como debe ser. No tengo prisa. Tendré un esposo para mí los siete días de la semana y al que no tendré que compartir con nadie. Es lo que merezco.           

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Serena

            Serena llegó a mi vida cuando mi madre murió. Yo era hija única y para mi padre la pérdida de mamá fue muy dura. Intentaba continuar con su vida y asumir sus responsabilidades conmigo, pero le costaba y yo lo notaba a pesar de mis seis años. Comía poco y por las noches parecía un ánima en pena. Luego de enviarme a la cama se sentaba en el sillón del balcón hasta la madrugada a mirar a lo lejos sin hacer nada. No sé que pasaba por su cabeza, pero nunca más he visto a nadie pensar tanto. A veces lo miraba llorar y entonces sí me daba cuenta de que extrañaba mucho a mi madre y sentía mucha pena por él. Otras veces suspiraba —pocas he visto suspirar a un hombre—, y se iba a acostar — solo—, en aquella cama fría y desierta.

            Para entonces corrían los años 60’s y los vecinos colaboraban unos con otros cuando este tipo de cosas sucedían. Doña Alberta, la vecina de al lado, se ofreció enseguida a velar por mi cuando llegara del colegio hasta que papá viniera del trabajo. Él le agradeció y hasta le preguntó cuánto tenía que pagarle, a lo que ella le respondió que no se preocupara de eso, que lo hacía con gusto. Rosita lo habría hecho por mí, dijo y mi padre asintió, agradeciendo de nuevo.

            Serena se hizo mi amiga muy pronto. Jugábamos en la casa del árbol que mi padre construyó cuando yo cumplí cinco años. Recuerdo muy bien ese día de cumpleaños. Mamá tenía un traje de flores con enaguas de crinolina y unos zapatos de tacones blancos. Los dos estaban felices, esperando que los invitados llegaran. Venían mis primos, mis amigos de la escuela, algunos niños del vecindario y muchos adultos amigos de mis padres. Mi madre estuvo cocinando todo el día anterior toda clase de manjares. Mi padre siempre le decía que era muy buena en la cocina. Ella se reía a carcajadas por cualquier cosa. Era aquella risa la que llenaba la casa, la que enamoraba a mi padre y lo enloquecía.

            Llegaron los invitados, entre ellos el jefe de papá con su esposa. Yo estaba jugando con una niña cuando mi padre me preguntó si había visto a mi madre. Le dije que no. Luego me fui corriendo a la casa del árbol y allí me encontré a mi mamá con el jefe de papá. Ella tenía el traje y las enaguas de crinolina arriba y gemía. Pregunté si le dolía algo. Se asustó y confundida me dijo que debíamos salir de la casa. En ese momento vino mi padre. Mi madre, mi padre y el jefe se miraron unos a otros de manera muy extraña. Cuando se fueron todos y me acostaron a dormir, escuché gritos en el cuarto de mis padres. Mamá juraba que papá estaba equivocado de algo que yo no sabía, pero él estaba convencido de que tenía la razón. Desde ese día mi madre dejó de reír a carcajadas.

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            Serena y yo jugábamos a tomar el té. Preparábamos las tazas al estilo inglés y ella le echaba un líquido azul que estaba en un contenedor rotulado «anticongelante», que papá escondía en la casa del árbol. Comíamos galletitas de manteca dulce.

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            Después que mis padres tuvieron la pelea de mi cumpleaños las cosas cambiaron mucho. Por más que mamá se esforzaba en hacer las cosas bien, nada parecía arreglarlas. Sin embargo, él mantuvo la costumbre de prepararle el té antes de dormir y ella apreciaba que él continuara haciéndolo. Unos meses después mi madre empezó a sentirse mal. Se sentía débil y apenas podía levantarse de la cama. Mi padre pidió vacaciones del trabajo para dedicarse a ella y cuidarla. La llevaba al médico, pero no encontraban nada. Le mandaban complejos vitamínicos, pero seguía debilitándose. Empeoraba cada día, hasta que empezó a vomitar y a deshidratarse. Papá la llevó al hospital, pero era muy tarde. Mi mamá murió.

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            Esta tarde le dije a papá que me sentía mal y él me preguntó qué había estado haciendo. Le dije que jugaba con Serena a tomar el té. «¿Quién es Serena?», me preguntó. Le dije que era una amiga que venía a jugar al té conmigo en la casa del árbol. «¡Ay, Dios mío!», dijo angustiado, «¿De dónde sacan el té?». Le expliqué de dónde ella lo sacaba y se volvió como loco. Me tomó en los brazos y corrió al hospital. Le dijo al doctor que había tomado anticongelante.

            El doctor me hizo estudios y descubrió que me estaba envenenando poco a poco. Pensó que mi padre me estaba dando anticongelante, pero le dije que no, que era Serena, mi amiga. Buscaron a Serena por todas partes, pero nadie la encontró. Mientras estaba en el hospital Serena vino a verme. Le dije que la estaban buscando y le pregunté por qué quería envenenarme. Me dijo que ella no quería hacerme daño. Que no sabía qué era aquel líquido azul que estaba en la casa del árbol. Luego se despidió con un beso. Cuando vino el doctor le dije que Serena había venido a verme, pero él dijo que nadie había venido.

            Papá fue arrestado por matar a mi mamá y por tratar de matarme a mí. Yo no lo pude creer. Después lo metieron en la cárcel por muchos años. Ahora más que nunca necesito a Serena. ¿Dónde estará mi amiga?

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¿A dónde vas alma errante?

Dedicado a los inmigrantes muertos en un camión en el que los traían como animales. Esto tiene que terminar.

Arte y denuncia

¿A dónde vas alma errante,

a dónde te veo partir?

Voy en busca de los sueños,

aunque la vida me cueste.

Voy huyendo del hambre,

de la guerra, de la peste.

De la injusticia del hombre,

del escarnio de mi gente.

Voy cruzando el Río Grande,

voy en un camión caliente,

Sofocado por los cuerpos,

ahogado por la corriente.

Vivo, lucho y muero

en mi esperanza,

tan pronto me ven salir

soy un espectro de añoranzas.

Llora mi viuda, llora mi madre,

lloran mis hijas descalzas.

Ya yo no sé si es peor

desgajarme en esta tierra rancia,

o dejar mi ánima vagabunda

en esta travesía falsa.

El miedo no tiene lugar,

tengo que hacer el intento,

esconderé mi contento

si llego a alcanzar mi destino.

Trabajaré sol a sol,

no me quejaré de nada.

Déjame cruzar el río,

deja agua en mi camino,

déjame lograr mi sueño…

soy un…

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Sábado caliente

Sábado caliente, sábado soleado,

estoy más que lista para el frío invierno.

El árbol sediento mira al cielo angustiado,

si mal yo no he hecho, ¿por qué es este infierno?

El perro realengo no encuentra cobijo,

el viejo borracho una cerveza suplica,

el joven sudoroso rechaza el abracijo,

de la hembra en celo que a copular lo invita.

Ruego al Dios bendito por una llovizna.

¡Mira que la yerba está sequecita!

—No me digas nada, es el global warming

Pídele al idiota que está en el White House—.

La noche hierve como el mediodía.

El agua se hace poca para calmar la sed.

Estoy echada —por favor—¡killing me softly!

Maten ese perro, me cansé de su Auuuuu.

Sábado caliente, sábado soleado,

suelas de zapato derretidas en la brea.

Solo falta que me den diarreas

y encuentren mi pelo enmarañadito.

imagen: online

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Premios escritores con humanidad

Gracias a Zamoranita por hacerme este regalo tan precioso. Creo que es el más bonito que he recibido. Mil gracias.

Este premio lo comparto con los amigos de los blogs que sigo. Con los amigos de los blogs en los que escribo, especialmente para los que escriben en Arte y Denuncia, el premio es perfecto para ustedes. 

Un abrazo.

melbag123

Adiós jefe… Gracias

Oscar fue mi primer jefe. Eramos muy jóvenes entonces, pero fue muy bueno conmigo, me ayudó, fue comprensivo y respetuoso. Puedo decir que el mejor jefe que tuve en toda mi vida.  Hace poco me enteré que tiene cáncer muy avanzado. Por casualidad me enteré y la verdad que de una forma muy extraña.

En estos días la muerte parece que me rodea, danza a mi alrededor. Seres muy importantes se van. Sé que es parte natural de la vida, pero duele. Es todo lo que quiero decir.   

Me enteré por accidente,

porque la vida no quería

que te fueras

sin darme la oportunidad

de decirte adiós.

Lo supe y el pecho

se me apretó.

Sé que estás preparado,

que has mirado a la muerte

a los ojos y no le temes.

Pero a mí, a mí me duele.