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Cementerio

Sí, esto es lo que ven. Un cementerio. Está cerca de un pueblo llamado Hamilton, en Texas. En estos días estuve de vacaciones y pasé por allí. Entonces me acordé de Gorrión de Asfalto, un genial blogero al que sigo hace mucho tiempo y que pasea muchísimo. Recordé una entrada que hizo hace algún tiempo sobre los cementerios. En aquella ocasión filosofamos un poco sobre la muerte y los cementerios. La verdad que mirando este descubrí cuánta historia guardan estos lugares. Algunas lápidas daban cuenta de las relaciones que en vida tuvieron los que allí descansan. Me resultó de la mar interesante. Como soy muy mala fotógrafa, esta es la única foto que quedó más o menos bien. Bueno, en fin. Que aquí está la foto y te la dedico a ti, Manuel. 

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¡Gracias, gracias, mil veces gracias!

Me fui una semana de vacaciones y cuando regresé me encontré con esta grata sorpresa. Llegué a los 500 seguidores y pasé. Gracias a ustedes, que me siguen, que me animan a seguir escribiendo. Gracias por no dejar mis letras gritando en el desierto. 

¡Gracias, gracias, mil veces gracias!

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¿Por quién votaré?

Ya sé que hablo muy a menudo de mi padre. Y es que cuando tengo una duda siempre pienso en qué haría él en el mismo caso. Tanto así confío en su sabiduría. Ya no le puedo preguntar porque se me fue hace un tiempo, pero todavía si busco bien en mis recuerdos, encuentro la respuesta que busco.

Curiosamente, mi padre y yo pertenecíamos a partidos políticos opuestos. Nunca pudo convencerme de lo contrario —ni yo a él—a pesar del amor que nos teníamos. Mi papá tenía la virtud de ser un viejito cascarrabias. Y digo viejito sin que él lo sepa, porque que le llamaran viejo le daba un coraje horrible. Él solía escuchar un programa político radial en el que se criticaba a su opositor ideológico. En aquel tiempo, en su furor gritaba a viva voz: «Los populares, ¡esos lo que tienen por corazón es una araña pelúa!». Cuando era chiquita y lo oía podía imaginarme el dichoso arácnido hirsuto pegado a la tetilla izquierda —o teta izquierda, según el caso—de los rojos y blancos. Ya cuando crecí y me uní a su enemigo político, si le escuchaba gritar, además de darme risa, siempre le replicaba: «Pero papi, yo soy popular». Era entonces cuando me miraba con aquellos inolvidables ojos color turquesa, y con una voz dulce y llena de amor me respondía: «No, mi’ja. ¡Tú, no!».

En las elecciones del año dos mil, yo hacía campaña para uno de los candidatos de mi partido. Para esa época, a pesar de que era abogada, mi situación financiera era muy precaria. Era madre soltera de tres niños y por más que trabajara, mantener el despacho y una casa era terriblemente honeroso para mi. Como dije, era abogada, MUJER. Y el machismo, como siempre imperaba. Ganaba mucho menos que un hombre y por el mismo trabajo. Si mi candidato ganaba, yo tendría un contrato de asesoría seguro, por lo menos los próximos cuatro años. Me atreví a pedirle a mi padre el voto para mi amigo. Hablé, alegué y aquel hombre, que nada que estuviera a su alcance me negaba, decidió cruzar líneas partidistas y dio por primera vez en su vida un voto a un partido que detestaba. En realidad, me daba el voto a mi. Esto hace apenas un par de semanas lo entendí.

Dije abiertamente que no me gustaba Trump, pero que eso no era lo peor porque tampoco me gustaba la señora Clinton. Dije que me rehusaba a votar por el menos malo. Dije, dije y dije. Con lo que no contaba era con el alegato de mi hijo menor. Todavía no sé cómo no es abogado. Tuve que aceptar lo que uno de mis profesores dijo cuando me vio embarazada en la Escuela de Derecho: «Los niños que nacen en la escuela, vienen con daño cerebral». Y no se equivocaba.

Mi niño salió con un gran sentido de la justicia. Habló, alegó y al igual que mi padre, me derretí y no pude negarme a darle el voto a alguien que no me gusta. Le dije: «Mi amor, este voto es por ti. Unicamente voy a votar por ti».

Y eso haré. Por fin entendí la lección que me dio mi padre. ¡Siempre me da las respuestas cuando las necesito!

Este ocho de noviembre de 2016, votaré por mi hijo como mi padre votó por mí.

Dicho sea de paso, mi esposo que es republicano, votará también por mi hijo.

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Tormento

Aún recuerdo el primer día que la vi. Cargaba el bulto de los libros y materiales escolares con descuido. Reía. Yo solo podía mirar su melena negra, su cuerpo aún incompleto. Sentí deseos, una pasión que me devoraba por dentro. «Es una chiquilla», me dije, mas no era capaz de ver la diferencia. En ese momento veía a una hembra. Nada me importó la moral ni la ley. Un raudal de fantasías me asaltaron. La imaginé desnuda. Una breve figura en la que apenas comenzaban a asomarse los senos. Su virginidad intacta. Y la quise para mi. Entonces comenzó mi tormento.

Todos los días, a la misma hora, rondaba el lugar por dónde la vi aquella primera vez. La veía ir y venir desprevenida. Jugueteando con sus amigas. Desplegando aquella sensualidad que no advertía. Sus pasos libres y delicados me turbaban. Quería correr hacia ella y robarla. En un caballo tal vez, como en las películas mexicanas. Tomarla y desaparecer.

—¿Por qué andas vestida así?—pregunté un día que me crucé con ella y no traía el uniforme. —Es día de fiesta—contestó mirándome por un segundo, ignorando mis carnales maquinaciones. Esa noche la soñé. Con mis manos subía su falda de cuadros, sintiendo en mis dedos ásperos la ternura de su piel. Me alimentaba de sus olores. Olía a nuevo, a limpio, a sin estrenar. Y me masturbé. Sí, y lo hice pensando en ella.

Ahora me urgía tener su fotografía. Ya no me bastaba su recuerdo. Tenía que tenerla de frente mientras la gozaba. La aceché por varios días hasta capturar su imagen. Corrí y la bajé en mi computador. No tenía que pensarla más. Allí estaba. No se podía ir. Podía vivirla, centímetro a centímetro, sin temor a ser descubierto. Es que ella era mi delirio, mi frenesí, mi furia. Todo iba bien hasta que alguien tocó a la puerta y abrí.

—¡Está arrestado¡

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 Tormento by Melba Gomez

October 07, 2016

FlemingLAB Taller de Escritura 1ra Actividad grupo II

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Armando vivía solo para Gabriel. Los médicos le explicaron los tratamientos disponibles para su condición, uno de los cuales consistía en poner unas prótesis en las cavidades en dónde deberían estar los ojos. El joven viudo se ocupaba personalmente de llevar al niño a todas sus citas médicas. Con esmero cuidaba de la criatura, quien actuaba como cualquier otro recién nacido y crecía normalmente. El padre le hablaba y le cantaba, estimulando así su audición. Lo acariciaba mucho, intentando sustituir con el tacto su falta de visión.

Lila desapareció cuando su abogado le dijo que no era posible quitar la custodia del niño al padre. La mujer estaba tan rabiosa que decidió no volver ni a procurar por su nieto. Las cosas debían ser como ella las quería o simplemente no eran.

Gabriel se desarrollaba físicamente como cualquier niño. Muy temprano mostró señales de gran ingenio. Armando notó que amaba la música tanto como su madre y le compró un piano de juguete. Cuál sería su sorpresa al escuchar los primeros acordes arrancados del instrumento por los infantiles dedos. Todas las tardes cuando el padre lo recogía del cuido, al llegar a la casa y como si pudiera ver, el niño iba directo al lugar en dónde había dejado su pianito. Su habilidad era sobresaliente. Entonces Armando decidió comprarle un piano de verdad. La maestra de música confirmó su excepcional talento.

—Papá, cómprame uno de esos globos —dijo Gabriel una tarde en el parque. La sangre se heló dentro de las venas de Armando.

—¿De qué color lo quieres? —preguntó mirando extrañado los ojitos de cristal.

—Ese papá, el rojo —contestó el niño señalando el globo rojo.

El padre compró el globo y lo puso enfrente de Gabriel, quien extendió sus manitas para agarrarlo. Armando decidió llevarlo de inmediato al doctor, quien después de examinar los ojos de vidrio, dijo al ilusionado viudo que lo que él relataba, no podía ser. Las prótesis nunca le darían la visión al niño.

—¿Entonces cómo explica lo del globo? —preguntó al médico.

—Quizás escuchó a otro niño pedir lo mismo —contestó el galeno.

—Sí, tal vez eso fue lo que pasó —concluyó Armando saliendo entristecido del consultorio. De camino a la casa se detuvo en la lavandería a recoger la ropa que había dejado en la mañana. Luego fue al supermercado a comprar los comestibles. Estaba callado, distraído. Gabriel lo seguía agarrado de su mano. Cuando terminaron se dirigieron al carro para regresar a la casa. Armando encendió el vehículo y continuó dirigiéndose a la intersección.

—¡Papá, detente!

Armando apretó el freno saliendo de su marasmo. Un camión que venía del otro lado no se detuvo al cambiar la señal del semáforo. El padre, nervioso, aparcó el carro y sacó a Gabriel del asiento de atrás. Lo sentó sobre el baúl mirándose en los ojos de cristal y le pareció ver una chispa en el fondo de ellos.

—¿Por qué estás tan triste, papá?

—Pensé que podías ver.

—Es que puedo verte.

—¿Qué más quisiera yo?

—Tienes el pelo negro, los ojos color de miel y la sonrisa más sincera del mundo. Estás vestido con unos vaqueros, una camisa verde y botas.

—¿Qué es esto? Explícame, hijo, porque nada entiendo —suplicó Armando a punto de sollozar.

Gabriel estiró sus brazitos rodeando el cuello de su padre.

—Es que tengo un secreto, papá —dijo bajito apoyando su carita en el hombro de Armando —. Mamá me habla al oído y me dice lo que ve.

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funeral

Gabriel.4

Le parecía increíble estar viendo a su Gabriela acostada dentro de un féretro. Hacía solo dos noches dormía con él, en su cama, su tibio e inmenso vientre pegado a su espalda. Su pelo rojo, su cara pecosa, ahí se miraba tan relajada. No se acostumbraba a la idea de no volverla a ver, de acariciarle jamás. Levantó el velo que cubría la caja y acarició su rostro frío, deshabitado, sin vida. Esto no tenía sentido. Se supone que estuvieran celebrando el nacimiento de Gabriel. No entendía, no comprendía nada. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Alguien podía venir y darle alguna razón que justificara esto?

Todo lo veía borroso. Armando caminaba como si estuviera en una nube. Sus pies no tocaban el suelo. El maldito olor a muerte, a rosas, claveles y lirios le entraba por las narices y le revolcaba el estómago. A Gabriela le gustaban los girasoles, inquietos, palpitantes, llenos de vida. Como ella. Se sentía mal, enfermo. Estaba hastiado de la interminable fila de amigos, conocidos y familiares con caras sombrías, gafas de sol y vestiduras negras. Algunos venían solo por curiosidad, para ver la madre del niño sin ojos, que la prensa amarilla había publicado como si se tratara de un fenómeno de circo.

¿Qué lo sentían? Vanas, vacías, insulsas palabras de pésame. ¿Por qué mejor no se iban todos? ¿Por qué no lo dejaban despedirse a solas de su amiga, de su compañera, de su mujer?

—Voy a llevarme al niño —advirtió Lila acercándose peligrosamente.

La voz chillona de su suegra lo sacó de sus pensamientos. Volteó a mirarla con ganas de vomitarle en la cara.

—¿De qué hablas? —respondió alelado.

—Que voy a llevarme al niño. Vivirá conmigo.

—Lila, esto no está en discusión. Gabriel es mi hijo y se queda conmigo.

—¿Cómo vas a ocuparte de él? Es un niño con problemas… Seguro que es tu culpa que lo sea.

—¿Mi culpa?

—Sí, siempre pensé que eras malo para mi hija. Seguro tienes algo mal en tus genes.

—Lila… Cállese. No sabe lo que dice. Terminemos con esto ya. No es el momento.

—¡Es el momento! —dijo la mujer alzando la voz.

La gente que atiborraba la funeraria miraban la escena y murmuraban. Armando escuchaba los murmullos como si los hicieran desde un altavoz. Lanzó una mirada de odio a Lila y se marchó, dando la espalda a aquella horrible mujer que siempre soportó, solo por amor a Gabriela.

—¡Te llevaré a la corte, Armando! ¡No dejaré a mi nieto contigo! —gritó mientras el viudo se alejaba.

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Gabriel.3

Pasaron las horas más largas de su vida. Armando caminaba de un lado para otro en la sala de esperas, sin poderse sentar. Cada vez que se abría la puerta, esperaba que le informaran que todo había terminado, para poder volver a respirar. Tenía una serpiente venenosa anudada en la boca del estómago. Lo que más lo desesperaba era ese sentimiento de impotencia, de no poder hacer nada. Hubiera querido echar el tiempo atrás y acompañar a su mujer a todas las citas prenatales. Si hubiera ido, seguro que se habría percatado de que algo no andaba bien. Si hubiera estado con ella. Si le hubiera demostrado lo mucho que la amaba.

La madre de Grabriela tomó un avión en la madrugada y llegó como a las nueve de la mañana. Entró como loca a la sala de esperas y en un segundo interrogó al yerno. Armando solo sabía que habían tenido que operar a su esposa, que se había puesto muy mala y nada sabía del bebé.

—¿Pero cómo que no sabes nada más? —preguntó la suegra impertinente—. Seguro que no has preguntado a quién debes.

—Doña Lila, es muy poca la información que me han dado —respondió el criticado Armando —. Estoy aquí desde la madrugada y es todo lo que me han dicho.

Para salir del desesperante interrogatorio, inventó que tenía que buscar un café, ofreciéndole uno a ella, se alejó rápido. Hubiera querido marcharse para siempre, pero no podía irse de allí sin su esposa y el bebé que tanto habían esperado.

Se abrió por fin la puerta, llamándolo. La suegra quiso entrar, pero el médico fue muy específico en que solo el esposo podía entrar. Una vez en la oficina del médico, este le ofreció sus condolencia. La criatura había nacido pero con un defecto congénito: anoftalmía.

—No entiendo —dijo Armando con exprensión confundida.

—En otras palabras, su hijo no tiene ojos.

—¿Cómo es eso? ¿Acaso este defecto no salió en ninguno de los exámenes que se le hizo a mi esposa? ¿No lo pudieron detectar antes?

—Lamentablemente, no lo pudimos detectar. No sale en los estudios porque la cuenca del ojo está ahí. Por alguna mutación no se desarrollaron los ojos.

—¿Cuándo puedo ver a mi esposa? ¿Ya vio al niño? ¿Cuándo puedo verlo?

—De eso también quiero hablarle —dijo solemne el galeno—. Ella no soportó la cirugía. Estaba muy débil y perdió mucha sangre. Hicimos todo lo posible…

—¿Todo lo posible? —gritó—. Me entrega a mi mujer muerta y a un niño ciego. ¿Cómo se supone que voy a continuar mi vida?

El médico le dio una palmada en la espalda. Indicó con un gesto a la enfermera que lo dejara solo por unos minutos. Cuando salieron del despacho, un grito desgarrador retumbó desde adentro y se escuchó por el pasillo.

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Gabriel.2

Armando entró a urgencias a toda velocidad. El chirrido de las gomas del carro se escuchó hasta la recepción. El guardia de seguridad salió macana en mano, esperando que algún maleante tirara un cuerpo lleno de balas frente al hospital. Cuando vió a un pobre hombre que se bajó temblando, corrió en su ayuda. Abrió la puerta, le quitó el cinturón a Gabriela y la tomó en los brazos. La mujer se había desmayado.

—¿Qué pasó? —preguntó el guardia.

—No sé. Veníamos para acá, estábamos hablando y de repente perdió el sentido —respondió Armando.

Un escolta que miró la escena desde adentro venía corriendo con una camilla. El guardia depositó a Gabriela en ella. Una enfermera salió también y se adelantó para avisar al médico. Abrieron las puertas de par en par para dejarlos pasar. Armando los seguía por instinto, idiotizado, confuso.

—Espere aquí, por favor —ordenó el galeno.

Él obedeció y enseguida se echó a llorar. Tenía la espalda pegada a la pared y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo con sus rodillas dobladas. Ni se acordaba de que le dolía el pie. Algo no estaba bien. Es más, algo estaba muy mal. Unos minutos después salió una enfermera llamando a la familia de Gabriela Suárez.

—Soy… soy yo —respondió con voz temblorosa, temiendo lo peor. Se levantó del suelo rápidamente y se acercó a la mujer.

—¿Qué relación tiene con ella?

—Es mi esposa.

—Venga —dijo indicándole el camino hacia su oficina—. Necesito que firme unos documentos.

—¿Qué pasa con ella?

—Es urgente practicarle una cesárea.

—¿Por qué? ¿Despertó?

—No puedo darle información, señor. El doctor vendrá en unos momentos a explicarle.

Y el doctor vino. Y le explicó, pero él no entendía nada. Solo sabía que Gabriela y el niño estaban en peligro de vida o muerte y que era necesario intervenirla quirúrgicamente.

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Gabriel

Gabriela sintió una punzada en el vientre. Prendió la luz de la lámpara al lado de su mesa de noche y miró la hora. Las tres de la mañana. Sintió deseos de orinar y se levantó lentamente. Su enorme vientre le dificultaba salir de la cama. Cuando pudo ponerse de pie, se rompió la fuente.

—Es hora —dijo nerviosa, agarrándose la barriga—. ¡Armando, despierta!

Armando cayó sentado en la cama. Se había preparado para este momento un millón de veces. Ensayaba con Gabriela a diario desde que ella había entrado en el noveno mes de embarazo. Tenía la maleta con todo lo necesario para ella y el bebé, preparada al lado de la puerta del garaje. En el celular tenía guardados los números de teléfono de la madre de Gabriela y del doctor a cargo del embarazo, de manera que con solo un comando verbal se comunicaba. Todo estaba listo. Nada podía salir mal. Pero estaba nervioso, agitado. Comenzó a vestirse rápidamente. No encontraba las llaves del carro. Gabriela agarró una toalla para secarse las piernas.

—¿Tienes contracciones? —preguntó.

—No, siento un dolor parecido al de la menstruación —respondió ella.

—Bien, vamos a calmarnos —dijo caminando de un lado a otro de la habitación buscando las llaves—. ¿Necesitas algo?

—Dame el abrigo. Solo voy a cambiarme la ropa interior.

Armando buscó el abrigo mientras ella se cambiaba. Pensó que las llaves podían estar abajo. Tomó a Gabriela de la cintura y bajaron las escaleras con cuidado. Las llaves estaban encima de la mesa del comedor. Tomaron la maleta y salieron por la puerta del garaje. Él la ayudó a subir al carro, asegurándola con el cinturón. Dio la vuelta corriendo y subió también.

—El celular… —dijo buscando en los bolsillos—. ¡Ah! —exclamó frustrado.

Se bajó del carro y entró a la casa. Miró el cargador enchufado, pero el celular no estaba conectado. Subió las escaleras corriendo. Lo encontró sobre la mesa de noche. Bajó de dos en dos los escalones con sus piernas largas pero se torció el pie cuando llegó al último escalón.

—¡Puñeta! —gritó dando un par de brincos de dolor. Respiró profundo y salió cojeando.

—¿Qué te pasa?

—Me torcí el puñetero pie —respondió cabreado—. ¿Llamaste al doctor?

—Armando, no tenía el celular.

Mortificado le pasó el móvil y encendió el vehículo.

—¿Tienes contracciones?

—No, todavía no.

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Adivinanza

Culo de gallina

boca de mierda

a que se imaginan

quién es la excreta.

Palabras sin sentido

puro delirio

lengua defecada

me tiene hastiada.

Un sin razón

del extranjero

hace ocasión

qué desacierto.

Su nombre Trampa

su mente insania

su insignia el hampa

nazi descansa.

La Casa Blanca

ya tiene llagas

tiene urticaria

de raza aria.

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