A nadie le vale

Que se mueran, que se jodan, no son nuestra responsabilidad.

Que se queme, se derrita, qué importancia tiene para la humanidad.

Las naves zarparon de un mundo desconocido a otro mundo extraño.

Se encontraron en medio del camino iniciando la muerte y la destrucción.

Nadie sale ganando en esta empresa, solo sangre y devastación.

El indio gritó reclamando justicia,

El negro levantó sus manos harto, pidiendo morir.

Muchos emigraron buscando justicia y hoy no se la dan a nadie.

El mundo está cansado de tanto sufrir.

La amazona desaparece, sus cultivos y animales también.

Los glaciares se derriten, ¿a dónde irá a parar el agua?

Dorian ha enloquecido, ya no sabe a dónde va.

En pedacitos de hielo las osas abrazan a sus hijos sin esperanza.

En la corriente del río los cuerpos sin vida desaparecen.

Los padres se echan al río o al mar, mejor es morir que no hacer nada.

El agua y el fuego acaban con la Tierra y el millonario dice busquemos otro planeta.

Pues, a nadie le importa, a nadie le vale…

24 de Julio de 2019 es el día en que la generación del “Yo No Me Dejo”, marcó historia.

Mejor contado, imposible. Anthony Evans, estuvo allí, un joven valiente de mi tierra borincana.

Evans Dice

Es un día histórico para Puerto Rico y para nosotros, la juventud. Este día representa cómo un pueblo se indignó y se cansó de la clase política. Hicimos renunciar al mayor y máximo líder político del país. Hicimos que el Gobernador renunciará. Hicimos que Ricardo Rosselló Navares se diera cuenta que el mismo pueblo que le dió el impulso, se lo quitó. Hoy presentó su renuncia, la cual será efectiva en Agosto dos, a las cinco de la tarde.

Puerto Rico se dió cuenta de cómo el Gobernador y su “gabinete” nos cogía de pendejos. Cómo el mismo indicó, guys. Nos dimos cuenta de cómo nos hicieron sufrir en Irma y María. Nos enseñaron su falta de valores, compromiso y seriedad. Nos enseñaron que más interesan unos que muchos. María destapó la venda que muchos tenían en sus ojos sobre el país y despertó al que estaba dormido.

Puerto Rico…

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Un día normal

14 de febrero de 2018, estamos peor que nunca. Siguen las matanzas en lugares donde la gente debería estar segura. La Asociación Nacional del Rifle (NRA) tiene la sangre de todos los muertos en sus manos. Ahora tienen dinero en sus bolsillos, pero el karma que les espera es supremo.

melbag123

Es un día normal,

camino a la escuela

veo al chico que me gusta

y me da una tarjeta.

Sonrío.

Uno como cualquier otro,

repaso la lección que impartiré

hoy,

y escribo en el pizarrón

«Página noventa y tres».

Un día soleado,

jugaré al futbol con mis amigos

al salir a las tres:

mi vida es maravillosa.

Me río de mi novio,

14 de febrero:

Día del amor…

quiere hacerlo conmigo

por primera vez…

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Se oyen mil disparos!

Y me echo al suelo,

texteo a mi madre,

«Hay un tiroteo»

¡Voy a morir hoy!

¡Todo se termina!

Pratatatatá, pratatatatá…

Mi vida comienza,

no quiero morir.

¿Dónde estás mamita?

Tengo mucho miedo.

Pratatatatá, pratatatatá…

¿Dónde está mi niño?

Le ruego que diga,

es la luz de mi vida

y solo tiene catorce años.

Pratatatatá, pratatatatá…

¡Tengo derecho a tener armas!

¡Tengo derecho a defenderme,

lo dice la Constitución!

Mi…

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Ricky, ¡renuncia!

Estoy orgullosa de mi gente. De mis jóvenes, de mis viejos, de mis artistas, de la comunidad LGBT+, de los unionistas, de los estudiantes, de los abogados, en fin, de mi pueblo. Mi alma llora porque no puedo estar con ustedes, Dios sabe cuánto deseo estar allí y de algún modo estoy, porque «mi corazón se quedó frente al mar». Nunca me fui.

Es la primera vez que veo algo así y agradezco a la vida darme la oportunidad de ser testigo de este ¡Basta! Aquí se acabó la mezcla. Mi pueblo se respeta y sigue en pie de lucha. Ya no nos podemos rajar, esto sigue hasta que se acabe.

Desde lejos los amo, los acompaño, los abrazo, estoy con ustedes. ¡Soy de una raza pura, pura rebelde! ¡Boricua hasta en la luna!

Receta sensual

Pedro y Rebeca se conocieron siendo cocineros de un restaurant muy importante en la gran manzana de Nueva York. Todavía se encontraban en la escuela de artes gastronómicas y deseaban, más que nada, convertirse en chefs de renombre internacional. Querían llevar la comida latinoamericana a otra dimensión y que fuera reconocida en todas partes del mundo. Tenían tantas cosas en común, que era natural que se enamoraran entre ollas y cuchillos. Pasaban las horas mirándose a los ojos e imaginando deliciosas recetas con el sazón y gusto criollo que tanto se degustan en las Américas y el Caribe.  

Algunas de los platos los ensayaban con un grupo selecto de clientes sin que se diera cuenta el dueño del restaurant, pues les interesaba saber qué pensaban sobre los sabores, pero no querían dejarlas allí, sino que las querían para el restaurant que ansiaban poner cuando se graduaran. Iban guardando sus secretos en un computador y en un libro grandísimo, por si se perdía la copia electrónica. Pasaban horas en sus experimentos, entre besos y arrumacos, porque estaban seguros de que el amor era el ingrediente principal en cualquier cocina.  

Los jóvenes vivían de un solo sueldo, el otro lo guardaban íntegro y ya tenían una importante suma. Lo suficiente como para emprender su negocio. Con mucha ilusión buscaron el local. Consiguieron uno bastante amplio en la esquina de la calle principal, de un barrio muy concurrido, en el que no había un solo restaurant que ofreciera el menú que ellos habían preparado. Pedro se hizo cargo de pintar, poner tablillas y colocar los equipos en su lugar. Rebeca se encargaba de buscar las mejores cotizaciones de los proveedores y de los suplidores que vendían los productos más frescos del mercado.  

Todo estuvo perfectamente organizado y llegó el gran día de la inauguración. El menú era simple, elegante, fácil de leer. Contenía la lista de todos los platos, especificando los ingredientes por si algún comensal era alérgico a alguno de ellos. Las mesas estaban vestidas con manteles blancos, las servilletas eran de tela —blanca también— y los cubiertos de stainless steel, muy limpios. En el centro, un arreglo de flores de sencillas violetas.  

—Buenos días —saludó el mesero a los primeros comensales—. ¿Puedo traerles algo mientras examinan el menú? 

—Sí, por favor, agua —dijo la mujer. 

—¿Embotellada? 

—No es necesario, del grifo está bien —contestó el marido. 

—Enseguida se las traigo, señores —respondió el camarero yéndose a buscar el agua. 

—Oye, ¿pero por qué eres tan tacaño? —reclamó la mujer. 

—¿Agua embotellada? ¿Sabes lo que cargan por agua embotellada? Mejor compro vino.  

—¿Y por qué no pediste vino? 

—Porque tú pediste agua. 

—Está bien… No voy a dañar el momento por un vaso de agua, o vino —concluyó ella mientras leía el menú. 

El mesero regresó y puso los vasos de agua sobre la mesa.  

—¿Ya están preparados para ordenar? 

—Pues yo quiero mofongo con camarones. 

—Cielo —interrumpió la mujer avergonzada—, no hay mofongo en el menú. 

—Bueno, pero si este es un restaurante latino, ¿cómo es que no tienen mofongo?  

—No tienen, ¿vas a seguir insistiendo? 

—¡Pues eso es lo que me apetece! —dijo el hombre levantando la voz. 

Pedro que estaba en la cocina con Raquel escuchó al hombre discutiendo. Enseguida salió y con mucha cortesía preguntó que estaba sucediendo. 

»Yo quiero comer mofongo con camarones enchilados. No me apetece nada más. ¿Lo puede preparar o no? 

—Claro que sí, señor. Enseguida lo voy a preparar personalmente para usted. Y usted señora, ¿que desea? 

—Creo que me animo a probar lo mismo. Quisiera apreciar su sazón. 

Pedro fue a la cocina y le dijo a Rebeca sobre la orden especial. Él se dispuso a preparar el mejor mofongo con camarones enchilados de toda su vida. Agarró el pilón y la maceta, y mientras más machacaba el plátano y las especies, más recordaba cuando le hacía el amor a su adorada Rebeca. En su mente estaba fijo el movimiento cadente de sus caderas y sus sabrosos olores. Machacaba y machacaba solo pensando en ella. La joven por su parte, se ocupaba de acariciar los camarones, limpiándolos bien, usando los mejores y más frescos ingredientes en su guiso, recordando las palabras picantes de su esposo cuando estaban a solas. De vez en cuando se cruzaban sus miradas y sonreían maliciosos. Sí que había pasión en todo lo que hacían aquellos dos chefs.  

Tan pronto estuvo listo, Pedro y Rebeca salieron con sendos platos a servirle a esta primera pareja que había entrado al restaurante.  

—Espero que les guste —dijo Pedro.

—El postre corre por la casa —anunció Rebeca. 

Una vez se quedaron solos, los esposos degustaron el plato de mofongo con camarones enchilados más delicioso que habían probado en su vida.  

Al siguiente día, apareció en el New York Times, una impresionante reseña sobre el nuevo restaurante latino, que la pareja —quienes no eran esposos sino columnistas de arte culinario— habían publicado. De más está decir, que Pedro y Rebeca lograron gran éxito y al día de hoy cuentan con una cadena de cincuenta y dos locales, en los que el plato principal es el mofongo con camarones enchilados.  

Mofongo puertorriqueño con camarones enchilados 

El mofongo es un plato típico de Puerto Rico. En otras partes del Caribe también lo preparan, aunque con distinto procedimiento y le llaman de formas diferentes: fufú, mangú, tacacho, bolón de verde, machuquillo, cabeza de gato. Llega a América desde África Occidental con los africanos que llegaron a las colonias españolas del Nuevo Mundo1.    

En Puerto Rico se hace usualmente con plátano verde, conocido también como el plátano macho. Se fríe y se machaca en un pilón, que es un mortero de madera.  

Se puede acompañar con carnes, pollo, o productos del mar, que se pueden poner al lado, o rellenándolo. Aunque también puede servirse solo con caldo de pollo. En Puerto Rico, también lo hacemos de yuca, malanga, yautía o panapén —fruto del árbol del pan— o, una combinación de yuca, plátano maduro y verde (trifongo).  

En mi casa, mi madre lo preparaba cuando teníamos una cena especial. Los puertorriqueños que vivimos en los Estados Unidos, hemos traído la receta con nosotros y al comer el delicioso mofongo, recordamos tiempos mejores con nostalgia. 

Receta (rinde 4 porciones) 

Necesitas un sartén de freír y un pilón. 

Ingredientes: 

4 plátanos verdes (plátano macho) 

1 libra —0.45 kilogramos—de chicharrón (piel del cerdo frita)  

3 dientes de ajo machacados 

4 cucharaditas de aceite de oliva 

2 tazas de aceite de freír 

Instrucciones: 

1.  Pon a calentar el aceite en un sartén para freír. 

2.  Pela los plátanos y córtalos en rodajas diagonales de 1 ½ pulgadas de grosor. Los pones en agua de sal por 15 minutos. Los escurres y secas antes de echarlos al sartén, que ya deberá tener el aceite caliente. 

3.  Pon la temperatura entre media-baja y cocínalos alrededor de 12 minutos, volteándolos a medio tiempo. Verifica que estén cocidos, puedes hacerlo con un tenedor.  

4.  Retíralos y comienza a machacarlos en el pilón, agregando un poco de ajo machacado y pedacitos de chicharrón.  

5.  Usando tus manos o el mismo pilón vas haciendo medias esferas. 

Camarones (gambas) enchilados 

Ingredientes:  

2.5 libras (1 kilo) de camarones 

1 cebolla 

5 dientes de ajo machacados 

3 chiles picantes 

1 tomate maduro 

1 lata de puré de tomate 

1 hoja de laurel 

1 cucharada de salsa inglesa 

Sal y pimienta al gusto 

Preparación: 

  1. Limpiar los camarones para extraer las tripas con cuidado de no remover completamente la cáscara. 
  2. Freír los camarones a fuego medio para que estén bien cocidos. 
  3. Añadir la cebolla picada, los ajos machacados y los chiles picados. 
  4. Aparte agregue el puré de tomate, la hoja de laurel, la cucharada de salsa inglesa y el tomate maduro con 1 ½ taza de agua y déjela hervir.  
  5. Cuando la salsa tenga consistencia, agregar los camarones y los deja cocinar 5 a 7 minutos más, según espese la salsa.  

Para servir esta delicia, puede poner el mofongo en medio del plato y los camarones alrededor, o servirlos encima. ¡¡¡Buen provecho!!!

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Receta incluída en el libro grupal: «Delicious II», Editorial Fleming.

Un amor incondicional

pixabay.com (CCO)

            Lalo era el menor de seis hijos. Era el único varón. Su padre Gonzalo se dio tremenda borrachera el día que nació proclamando al niño «el gran macho» de la familia. Amaba a las niñas, pero Lalo era su predilecto. Era que Lalo cumpliría con la obligación de todo varón: dar continuidad al apellido Lizarde. Lo veía crecer tan saludable y robusto que las babas se le salían de tanto amor. Tanto era su orgullo que guardó y guardó dinero de las ventas de sus productos agrícolas para mandar a buscar un caballo para su Lalo. Cuando llegó el caballo fue una novedad en Ipagüima. Muy pocas personas podían darse ese lujo, pero para Gonzalo nada era demasiado para su niño. El caballo era una preciosura. Blanco con pintas negras y Lalo decidió llamarlo «El Pinto». Pasaba las horas montado en su corcel cuando llegaba de la escuela y a toda hora. Como era el varón no tenía ninguna responsabilidad doméstica y así creció mimado entre tanta mujer.

          —Quiero irme a Tierra Grande —anunció un buen día Lalo a su padre. Había cumplido los dieciocho años y quería ser independiente, fue la explicación que le dio a su descorazonado padre. Gonzalo que no decía que no a ninguno de sus caprichos, no tuvo otra alternativa que preparar a su adorado retoño para la vida en la urbe. Hasta comprendió los deseos de independencia y se puso en sus zapatos cuando tenía la misma edad. Reunió todos sus ahorros, los puso en manos de Lalo y lo vio partir un sábado en la mañana en el único avión que iba y salía de Ipagüima.

        —Vengan muchachos les invito a mi apartamento —decía un Lalo desconocido para Ipagüima. Este vestía pantalones de colores brillantes y apretados en las nalgas y polos muy ajustados. Se maquillaba la cara por las noches con colorete y labial rojo y usaba zapatos de tacón para salir con sus «amigas» a pasar el rato. Caminaba contoneando sus caderas y sacudiendo el pelo que ahora llevaba largo y de un color rojizo subido. Era sin duda libre en Tierra Grande. No tenía que aparentar lo que no era.

        Lalo llevaba un sufrimiento hondo en el alma y era no poder satisfacer los deseos de su padre. Amaba a Ipagüima, pero no podía volver. No podría soportar que su padre se avergonzara de él. No podría aguantar que lo señalaran en la calle. Hasta que se mudó a Tierra Grande había vivido una gran mentira escondiéndose en los roperos de sus hermanas para ponerse sus ropas y zapatos. María —la menor— conocía su secreto y se lo llevaría a la tumba de ser necesario. Era su cómplice y su consejera, lo más que extrañaba de la isla. Ella y su traje violeta. Es que era muy bonito con encajes y cintas blancas que terminaban en lazos. Muy femenino. Una vez por poco Gonzalo lo agarra vestido con el traje violeta. Cuando venía por el pasillo modelándolo a María esta le dio tal empujón que cayó enterrado en el armario y así se escapó de que el padre lo viera. Por eso tuvo que irse de Ipagüima. Sabía que en algún momento lo descubrirían y la verdad mataría a su padre.

         Tocaron la puerta. Lalo miró a su compañero dormir plácidamente junto a él. Eran las once de la mañana del sábado. ¿Quién podría buscarle tan temprano? Se estiró y se sentó en la cama. Siguieron tocando un poco más fuerte. Lalo se pasó la mano por la frente y se peinó hacia atrás. Se levantó lentamente y miró nuevamente a su compañero. «¡Es tan lindo!», pensó. Fue arrastrando los pies hacia la sala y se dirigió a la puerta. Agarró la perilla y abrió. Gonzalo Lizarde en persona estaba frente a él. Lalo tembló. Temió lo peor. ¿Cómo iba a avisarle a su compañero que se escondiera? ¿Cómo se escondería él?

         —Lo sé todo Lalo. Sé quién eres y lo que haces —dijo Gonzalo con la voz tan suave que Lalo jamás hubiera podido imaginar escuchar—. Por eso te fuiste de Ipagüima. ¿Tenías miedo del mundo? ¿Tenías miedo de mí?

         —Padre, ¡perdón! Yo no sabía quién era entonces pero ahora lo sé. Esto es lo que soy —contestó mirando hacia el suelo compungido.

         —¿Y crees tú que lo que dices que eres te hace diferente al hombre que engendré? Eres mi hijo Gonzalo Lizarde. Te vi nacer y crecer. Te amé y te amaré no importa cómo te veas por fuera—. Gonzalo abrió sus brazos tan anchos como pudo y arrulló a su Lalo como cuando era un niño.

        Lalo volvió con su padre a Ipagüima. Hubo fiesta en su casa y sus hermanas le prestaron sus vestidos y zapatos, aunque el traje violeta siguió siendo su preferido. Gonzalo y Lalo caminaban con orgullo por las calles de Ipagüima y nadie se atrevía a hacer un comentario del hijo más amado. Cuando envejecieron los padres, Lalo se hizo cargo de ellos porque todas sus hermanas ya estaban casadas y tenían muchos compromisos con sus hijos y familias. Él se hizo cargo de ellos hasta que dejaron de respirar.

      Nunca se conoció un padre más orgulloso de su hijo en Ipagüima ni a un hijo que cuidara a su padre con más amor.

  Obra registrada Derechos de Autor 

La mujer de la pintura

Recalentadito. Espero que lo disfruten.

melbag123

        Federico y yo terminamos después de seis años de relación. Nunca nos pusimos de acuerdo cuando nos casaríamos ni hacia dónde viajar para la luna de miel. Ya estaba cansada de esperar a que se decidiera.  Lo mejor que podía hacer para sobrevivir esta triste etapa de mi vida era pasar la página.  Sencillamente estaba perdiendo el tiempo. Como no es lo mismo sufrir en San Antonio que en Barcelona me hice del primer boleto hacia la Cataluña. No me encantaba viajar en avión, pues los espacios pequeños me causaban agorafobia, pero no tenía otra forma de trasladarme a esta ciudad con la rapidez que deseaba desaparecer.

        Solo me faltaba el hotel. Busqué unas cuantas opciones en uno de esos lugares en línea —donde te informan el precio y los comentarios de los que ya pasaron por la experiencia—, hasta que di…

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¡Piratas! (Y final) la carta de Awilda Castillo y los 512 firmantes

La lucha en contra de la piratería no termina. Está de parte de los lectores decir NO también. El sentimiento de Awilda es el de todos los escritores que hemos sido victimizados con esta vil práctica. Nunca voy a claudicar.

Barcelona / j re crivello

Tal vez los quijotes modernos no
deban ya existir. Son y somos incomprendidos. Se percibe esa lucha como una pérdida
de tiempo. Una razón no existencial. Cada vez hay más malos, más amigos de
vivir en los límites de la Ética. Ayer lo planteaba en mi artículo, tal
vez sería mejor que todos nos convirtiéramos en malos.
En frágiles que
no se comprometen y arrebatan a los demás su trabajo, su orgullo, su decencia.
En estos días de la cruzada quijotesca que emprendí tal vez lo que más me ha
molestado es los emails de compañeros que consideraban que era una empresa
perdida.

Con esta carta de Awilda
Castillo, escritora y persona que vive la dura realidad de Venezuela dominada
por un cobarde aupado en la mentira cierro esta campaña pero seguirá abierta en
la plataforma
. A los 512 magníficos que han firmado en change.org les
digo: ¡Gracias!…

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Mi Niña Amada

Para mi mami en el día de su cumpleaños. Bendiciones, madre querida.

melbag123

Sentada a tu lado

con tu mano en mi mano,

escuchando el silencio

de tus palabras sin voz,

de tu presencia ausente

quisiera reclamarte,

para que regresaras

como fuiste en el pasado.

Hoy te miro a los ojitos

y por un segundo veo,

una luz que me responde

y me atrevo a preguntar,

—Madre di, ¿me reconoces?

Una sonrisa ilumina tu cara:

—Sí, tu eres mi niña amada.

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