El silencio de los inocentes

Publicado en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

Rosa se había quedado a vestir santos. A los cuarenta y cinco años, después de que murieron sus padres a quienes con tanto fervor había cuidado, decidió irse a trabajar a la escuela del barrio. No le hacía falta el dinero pues había heredado la casa y una pequeña fortuna, los suficiente para vivir cómodamente el resto de su vida, pero igual se aburría en su casa sin hacer nada. Ella se había diplomado de maestra en su juventud, pero debido a la enfermedad de sus padres no había podido ejercer. Como nunca se casó ni había tenido hijos, trabajar con niños para ella era una gran ilusión.

El primer día de trabajo, le notificaron que enseñaría el segundo grado. Felíz se dispuso a enfrentarse con los niños que por un año entero estarían a su cargo. La directora de la escuela la llevó a su salón de clase, el…

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royalfoodgdl

Zarzamoras, leche y miel

Zarzamoras, leche y miel,

seguro es un buen batido,

para el que no está abatido

y no le pica la piel.

Un vaso de rica mezcla

que me incendia los sentidos.

Me revienta la cabeza

y no encuentro explicación.

Tres días de cama entera

con hielo y medicación,

llena de preocupación,

le pregunto al buen doctor.

¿Qué es lo que a mi me envenena?

—pregunto con desespero.

Esto es una gran alergia

eso dice el resultado,

esto no es una comedia

haz mente que te has tragado.

Zarzarmoras, leche y miel,

qué trago tan poderoso.

Mi estado no es nada honroso

vomito hasta la hiel.

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El genio malo

Luego de ganar el segundo premio en la competencia de “Qué bonito es mi blog” que auspiciara Junior, he publicado este poema, como parte de mi premio. Pueden verlo también en https://juniorprimero.wordpress.com/2016/08/11/el-genio-malo/comment-page-1/#comment-5504 y de una vez darse un paseo por el blog de este querido amigo. Saludos!

Junior

Cada semana me hundo

dentro de tus ojos negros,

buscando en ellos recuerdos,

memorias que están perdidas,

en lo recóndito de tus anhelos.

Me doy paso con palabras,

con fotos y melodías,

al lóbrego laberinto

que roba tus remembranzas.

Acaricio tu pelo oscuro,

que la blancura respeta

¡Oh, Dios! ¿Qué yo más quisiera,

devolver lo que el genio malo

de tu cabeza borró?

Caminarte de vuelta por la vereda,

en la que te estás extraviada.

Por favor, toma mi mano,

no me dejes olvidada.

Cuéntame cuentos de antes,

háblame de nuestra historia,

dime que hay Dios en el cielo

y que hay amor verdadero.

Bésame con tus consejos,

que no tengo quién me guie.

No te olvides de mi nombre,

no me olvides, madre mía.

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mamiyyo

Mi nombre

—¿Quién soy yo? —pregunto.

—Mi hija.

—¿Y cuál es mi nombre?

—Melba Gisela Gómez Acevedo —contesta con actitud de triunfo, al poder recordar mi nombre completo.

La abrazo, la aprieto, nos reímos juntas. ¡Qué dulce es mi nombre en tus labios, madre! No sé que voy a hacer cuándo no lo recuerdes. Mientras tanto, te lo pregunto cada vez que te veo, para grabar tu voz en mi memoria y acariciarla en mis recuerdos. 

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Apocalipsis.12.final

Entusiasmados con esta gran victoria, dejamos el pueblo acompañados de nuestros amigos de batalla. Llevamos con nosotros todas las armas que estaban en la armería. Aunque no disparamos un solo tiro esta vez, no estábamos seguros de qué nos depararía el destino.

—¿Qué me ibas a decir? —pregunté a Leonardo.

Él se quedó callado por un momento, como midiendo sus palabras.

—Todavía no estamos en un lugar seguro —contestó.

No insistí. Supongo que era mejor no presionarle. Tal vez lo que dijo fue en un momento de mucho nervio y ahora estaba arrepentido. De cualquier manera no dije nada más. Recorrimos un largo camino. Paramos en las gasolineras que encontramos y tomamos lo que nos hacía falta en ellas. Cuando tuvimos hambre, nos detuvimos en los mercados vacíos y comimos. Cuando tuvimos sueño, nos quedamos en los hoteles desiertos y hasta el otro día. Así estuvimos viajando cerca de un mes. No encontramos a nadie.

—Hay una comunidad en Nebraska —dijo Miguel—. Deben ir a establecerse allí.

—¿Nebraska? —preguntó Leonardo extrañado—. Nunca he ido allí.

—Ahora irás —ordenó Miguel—. Allí se están reuniendo las personas que como ustedes han sobrevivido a los ataques de este ejército. Llegan de todas partes. Es justo en medio de los Estados Unidos, una planicie preciosa a la que llamarán Paraíso. 

—¿No hay más personas en el resto del mundo más que las que están allí? —pregunté.

—Sí —contestó Miguel—. En América del Sur también hay una pequeña comunidad. En Europa, en Asia y en Africa hay varios grupos. No son muchas las personas y nunca se encontrarán, ni tendrán comunicación con ellos. Quédense en su lugar. No se afanen por conquistar otras tierras u otros mundos. En cada Paraíso tendrán todo lo que necesitan, techo, comida, seguridad. No les hace falta nada más. Ustedes nunca verán la muerte. No se enfermeran, no tendrán dolor, ni envejecerán.

Dicho esto, Miguel se iluminó, se elevó al cielo y desapareció. Hasta pudimos ver sus alas por primera vez. Lloré anticipando la tristeza que su ausencia me causaría. Me sentía muy apegada a él. Leonardo obedeció y nos dirigió hacia Nebraska. Tal como lo dijo nuestro ángel, había una comunidad en el lugar. Cerca de mil personas entre las que ya estaban y las que seguían llegando, se iban acomodando cerca del río Platte. Poco a poco fuímos conociéndonos unos a otros y sus historias eran muy parecidas a las nuestra. Habían huído de sus casas luego de un gran apagón, un ángel les había acompañado y habían librado grandes batallas con ejércitos gigantescos sin soltar un solo tiro. Luego el ángel les había señalado este lugar en donde vivirían para siempre, por toda la eternidad.

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Han pasado unos meses desde que llegamos aquí. Tenemos una vida apacible, no nos falta nada. Hemos contruído nuestras viviendas, apoyándonos entre todos. Buscamos los materiales en las ferreterías abandonadas y vamos haciendo nuestras casas una a una, con los suficiente para estar a gusto.

Leonardo es el líder, pero escucha las opiniones de la comunidad y las decisiones se toman en consenso. Somos un pueblo organizado. Hacemos expediciones a lugares vecinos para recoger libros para los adultos y juguetes para los niños. Para divertirnos, de noche nos reunimos y hacemos cuentos. Aveces hacemos obras de teatro.

No envejecemos. Los niños no crecen. Tenemos suficiente comida sin tener que trabajar demasiado. De la tierra crecen las plantas sin tener que sembrarlas o regarlas. El río nos da suficientes peces de sabores deliciosos. Los árboles ofrecen frutos dulcísimos. Solo tenemos que recoger para la comida del día. Nada de acumular para después. Tampoco nos hace falta dinero.

Los animales se pasean entre nosotros sin temor a ser maltratados o puestos en cautiverio. No existen razas, clases sociales, ni religiones. No hay diferencias ni prejuicios.

Estoy casada con Leonardo. Al fin se decidió y aunque no me dio las mil razones de por qué me ama, sé que lo hace. Algún día me gustaría tener un hijo para llamarlo Miguel.

Aveces camino hasta la orilla del río, sola, para contemplar el sol cayéndose entre los árboles, en ese horizonte que ahora siempre es azul. No hace frío ni calor. Siempre hay agua suficiente. Aveces se me antoja pensar en lo que era el mundo que conocí y lo que ahora es. Y no puedo dejar de preguntarme, si con la inmortalidad nos llegó la perfección. Si al adquirir este cuerpo perpetuo habrá muerto dentro de nosotros la envidia, el odio, el deseo de grandeza, la necesidad de hacer guerras. Si en este paraíso no vamos a sucumbir a la tentación, a la codicia, a la avaricia, al desamor. Si es que esta nueva humanidad, libre del mal, perdurará eternamente.

Esta vez, ¿lo vamos a hacer bien?

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Agosto 21: Mis voces by Melba Gomez

Esta es mi participación en el agosto de J re. Ha sido un honor para mi estar en sus páginas.

Barcelona / j re crivello

d665173ea31cc658ada17293cab7f1adGracias Melba por esta colaboración, me has situado en mis frágiles límites. -j re.

Mis voces by Melba Gomez

—¿Qué pasó? —pregunto—. Te veo preocupado.

—Es que sentí que alguien me perseguía cuando fui al mercado —contesta mi esposo.

—¿Qué te hace pensar que te persiguen? —insisto.

—No lo sé. Sentí que me miraban raro.

—¿Estás escuchando voces otra vez?

Algunas veces me pregunto cómo debe ser sentirse perseguido todo el tiempo. Escuchar una voz que te reclama, que te juzga, que te ordena. Debe ser terrible tener miedo siempre. Vivir el horror de una eterna persecución, condenado a una existencia de sobresalto, mirando atrás por si alguien viene a hacerte daño. Buscar y no ver a nadie cuando escuchas las voces. Ignorar las cosas que te dicen.

Así vive una persona que padece esquizofrenia. Luchando por tener una vida normal. Obligado a confiar en las personas que le dicen…

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PROlimpics

Juegos Olímpicos

Que haya Paz durante los Juegos Olímpicos. Que prevalezca el espíritu olímpico. Que exista hermandad entre estos jóvenes, aunque sean de naciones enemigas. Que todos los atletas pasen el mejor tiempo de sus vidas. Que ganen los mejores. Amén.

Pd. A mis atletas de mi Puerto Rico, mucha suerte.

Bendiciones para todos.

proyectil

Apocalipsis.11

Una calma tensa invadió el lugar. Por alguna razón todos estabamos listos para una batalla que un niño de tres años nos había anunciado. ¿Qué tenía esta criatura que le seguíamos como si su palabra fuera un decreto? Habían pasado cincuenta minutos desde que Miguel pronosticó que un ejército se dirigía hacia nosotros y que estaría aquí en una hora. Estábamos apertrechados con municiones, pero muertos de miedo.

Leonardo sacó unos binoculares de la armería y subió hasta donde yo estaba. Miró al horizonte y pudo ver un gigantesco ejército dirigiéndose hacia nosotros.

—Esto te lo voy a decir bien rápido. Si salimos de esta, te voy a dar un montón de razones por la cuales te amo —dijo estampándome un beso en la boca. Luego bajó corriendo a la calle —¡Ya vienen! —gritó.

—Dice que te ama —recalcó Miguel sonriendo y luego se fue detrás de él.

El viejo Juan todavía estaba sentado en su tractor en el medio de la carrretera. Leonardo le hizo señales de que se acercara al principio de la calle. Él obedeció como buen soldado. Una vez allí escuché la voz de Leonardo que gritaba:

—Juan, sube la palanca del tractor. Desde ahora es un poderoso tanque de guerra.

El viejo obedeció de nuevo y subió la palanca del tractor que ante nuestros sorpendidos ojos se convirtió en un tanque colosal. Cuando los primeros vehículos blindados del ejército enemigo se acercaron, Leonardo dio la órden de disparar. Entonces nuestro tanque descargó un proyectil que en un santiamén destruyó los tanques que venían en avanzada. Los vehículos que venían detrás se detuvieron. De ellos salieron cientos de hombres que se ponían en alerta y parecía que habían decidido continuar a pie, poco a poco.

Cuando vimos esta primera prueba de lo que Miguel nos había anunciado, nuestro ánimo se levantó. Rosa, Rosalinda y Azul brincaban emocionadas en la azotea de enfrente, alzando sus armas al aire en señal de victoria. Aunque era precipitado cantar victoria por supuesto, en nuestro interior así nos sentíamos.

Leonardo dio la orden otra vez, con igual resultado. El proyectil acabó con los hombres que venían a pie. Unos hombres, que al parecer dirigían el ejército, y que yo alcanzaba a ver desde mi lugar, hablaban y corrían de un lado a otro, como buscando de dónde venían los proyectiles. Usaban binoculares y parecían buscar en el firmamento. Se miraban confundidos, pues no veían a nadie. Luego, al parecer, uno de ellos dio una órden a los que venían a caballo para que se acercaran.

En eso una nube muy negra se posó encima de lo que quedaba del ejército, que aún era enorme. Parecía que no tenía final. Una intimidante muchedumbre de combatientes marchaba hacia nosotros, amenazante. Desde las azoteas dónde estábamos, se divisaban hombres a caballo, y otros a pie. El terror se apoderó de nosotros. Hasta ahora habíamos tenido suerte, pero nuestra naturaleza humana flaqueaba ante el poderoso enemigo.

De repente comenzó a caer granizo, únicamente sobre ejército. Unas bolas enormes de hielo golpeaban a los hombres. Estos se ponían los brazos en la cabeza para protegerse y corrían buscando resguardo. Los caballos se alzaban, relinchando asustados, tirando los soldados que tenían montados en sus espaldas. Una tormenta de rayos y truenos siguió al granizo, hasta que un relámpago golpeó un árbol y se encendió un fuego que consumió las descomunales huestes que nos amenazaban. Los pocos combatientes que quedaron huyeron despavoridos, sin escuchar las órdenes que sus capitanes les daban.

Bajamos de nuestros puestos, admirados de que ganamos la batalla, sin disparar un solo tiro.

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Apocalipsis.1o

—¿Qué te pasa? —pregunté mientras rompíamos la puerta de la armería.

—Tengo miedo —contestó Leonardo, como en secreto.

—No entiendo. Parecías tan seguro hace un momento.

—Eso aparento, pero por dentro estoy asustado. Vamos a morir.

—Pero Miguel dijo…

—¿Miguel? ¿De verdad crees todo ese sin sentido que habla esa criatura?

Lo miré a los ojos. No teníamos muchas alternativas en este momento.

—Tengo que creer —dije.

—Bien, entonces también vas a disparar.

—¡Nunca he disparado! Soy incapaz de matar a una mosca.

—Si crees en lo que dice ese niño estrafalario, entonces tienes que ir a la batalla.

Entramos en el depósito de armas y sin más, Leonardo nos dio una a cada uno, incluyendo a los niños, menos a Miguel.

—Tenemos que apostarnos en lo alto de los edificios.

—Trae el tractor que está en la parte de atrás —dijo Miguel.

—¿El tractor? —preguntó Leonardo escéptico—. ¿Qué se supone que vamos a hacer con un tractor?

—Yo lo traigo —dijo el viejo Juan y salió a buscarlo con la premura de un soldado que recibe una orden.

—Vas a imaginarte que es un tanque de guerra —contestó el niño.

—Imaginarme… —repitió entre dientes.

Subí con el arma al techo de uno de los edificios en la calle principal, desde dónde se podía ver la entrada del pueblo. Rosa subió con Rosalinda y Azul al techo de otro que quedaba casi enfrente. Graciela y Lucas estaban en la azotea de uno de los inmuebles del centro. Juan, el viejo, estaba en el medio de la calle montado en el tractor. Abel estaba al final de la calle, escopeta en mano.

Leonardo caminaba de un lado al otro con un rifle y una pistola al cinto, mirando hacia donde nosotros estábamos para impartir instrucciones, haciéndonos señales. Miguel iba detrás de él dando saltitos.

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Apocalipsis.9

—Todo lo que ustedes conocieron, no fue. A ustedes los gobiernos le inventaron que habían pasado veinte siglos y que estamos en el siglo veintiuno. No han pasado veinte siglos. No ha pasado siquiera uno. La historia es mentira. No existieron los dinosaurios, ni los visigodos, ni los vikingos. No hubo era glacial, ni oscurantismo, ni Renacimiento. Aristóteles, Sócrates y Platón nunca existieron. No se descubrieron las Américas, ni hubo un hombre llamado Cristobal Colón. Todo lo que era, es lo mismo que es. Ustedes no tuvieron abuelos. Solo son primera y segunda generación de habitantes de esta Tierra. ¡Es tan fácil creer lo que otros les dijeron! Cualquier cosa que aparece en la televisión, la gente la cree. Si aparece en Wikipedia, es ley. Los libros de historia y los documentos históricos, son producto de un programa computadorizado. La creación está en la internet. Lo único que verdaderamente existe, es lo que recuerdan. Antes de abrir sus ojos, no había nada —dijo Miguel.

A todos se nos pusieron los pelos de puntas. ¿Cómo que todo era mentira? ¿Cómo que el mundo que conocíamos no existía? Comencé a sentir temor de Miguel. Lo peor es que lo que decía, era como una respuesta a todas mis dudas.

—¿Pero es que este niño es un demonio? —reventó Leonardo—. Yo estoy seguro de todo lo que creo y no creo. En este momento, lo único que debe preocuparnos es que viene un ejército y que estará aquí en una hora.

—Si digo esto, es porque tú, Leonardo, tienes que vestirte con ropas de líder y llevarnos a una victoria en contra de este ejército —contestó Miguel.

—¿Y cómo crees tu que con este ejército —dijo Leonardo señalándonos a todos—, voy a ganarle a un ejército que nos tiene rodeados?

—Porque estoy yo —respondió el niño muy seguro.

Juan, el viejo, se levantó de su asiento.

—La verdad es que yo no conocí a mi abuelo —dijo—. ¿Qué tal que este niño dice la verdad?

Un silencio tenso arropó la habitación.

—Al final de la calle hay una armería. Tal vez debemos prepararnos para la lucha —continuó el viejo, que por más viejo, era más sabio y nada tenía que perder.

—Entonces, ¡vamos! —dijo Leonardo.

Observé bien su cara y noté que algo en él había cambiado.

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