Dalana Trick y la Casa Rosada (4)

      Tal y como ella esperaba, después de llevar una vida licenciosa durante los años universitarios, Dalana se graduó con honores, gracias a una donación sustanciosa que su padre hizo a la institución. Por falta de experiencia laboral, se fue a trabajar al bufete de su padre quien era el único que la soportaba. Por un tiempo el abogado esperó que su hija pasara el examen de la reválida, pero como la nota de pase no la podía comprar, decidió montarle un negocio de bienes y raíces para que se aprendiera a sostenerse por sí misma.

            —Intenta que te guste este negocio, porque no te voy a mantener más —anunció el padre, quien esta vez puso sus actos donde la palabra. Dejó a su hija sin apartamento y sin coche. Le pagó el hotel por un mes y le advirtió que cuando terminara el mes, ya no habría nada más.

            Dalana vio que el dinero se acababa y su tiempo en el hotel también, por lo que decidió comenzar a esforzarse en el negocio. Algunos, que creían que todavía contaba con el apoyo de su padre y querían congraciarse con él, comenzaron a hacer negocios con ella. Como le iba bien, comenzó a diversificar sus negocios. Ya no solo tenía su compañía de bienes y raíces. También empezó a invertir en textiles, empresas de moda, diseñadores, perfumes y concursos de belleza. En sus viajes de negocios a Europa, conoció a un príncipe —con derecho al trono detrás de diez y ocho parientes—, pero que ella consideró útil para su estilo de vida. Ella tenía dinero y él un título de la nobleza. Para sus estándares era la perfecta combinación.

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Dalana Trick y la Casa Rosada (3)

         Dalana terminó el colegio con pésimas calificaciones, pero como su padre contribuía económicamente con una de las universidades, su entrada estaba asegurada. Con auto nuevo y un apartamento lujoso, comenzó su vida universitaria. Allí sí tendría amigos, pues muchos estudiantes no tenían tantos recursos como ella y estarían a sus pies por solo la oportunidad de estar a su lado. Dalana compraba sus amigos para mal tratarlos. Ninguno se atrevía a llamarla por el odiado sobrenombre —Dalana Trick—, pero los que la conocían de toda la vida sí se atrevían. Entonces además de narcisista, se volvió vengativa y utilizaba a sus «esclavos» —como les llamaba a sus nuevos amigos—, para llevar a cabo los más crueles desquites. En una ocasión en la que estaba en la fiesta de la sororidad, Dalana mandó a echar éxtasis en una bebida y se la dio a tomar a una de sus conocidas de la que quería vengarse. Cuando la muchacha estaba drogada, la hizo desvestirse y salir desnuda por todo el campus, tomándole vídeos y fotografías. Después lo subió al Internet en dónde todo el mundo —incluyendo los padres de la joven intoxicada—, la vieron. Cuando la muchacha supo lo sucedido mientras no tenía conciencia, no pudo soportarlo y se quitó la vida.

            Dalana fue al velorio y hasta habló de las virtudes de la muchacha. 

            —Es una pena que haya acabado tan mal —dijo para recordar el incidente de su desnudez publicada secándose una lágrima fingida con un caro pañuelo. 

            Todos sabían que Dalana odiaba a la muerta, que sus palabras eran un acto de hipocrecía y su cómplice a pesar de estar arrepentido, no se atrevió a acusarla porque también quedaría implicado. Esa y muchas otras barbaridades hizo, Dalana. Mala y cruel. Su corazón estaba nublado de odio y falsedad, pero lo peor era que no sentía la menor pizca de remordimiento.

Continuará…

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Dalana Trick y la Casa Rosada (2)

         Dalana tenía un maestro de literatura que era de origen africano. A pesar de que el profesor tenía un doctorado en la materia, la muchacha no lo respetaba solo por el color de su piel. Un buen día en el que no había hecho su tarea, para evitar el mal rato y tener que —como siempre—, inventarse una excusa, fue a la dirección del colegio acusando al educador de que le había tocado sus partes íntimas y le dijo al director que si no lo despedía llamaría a su padre para que demandara.

            —Mi padre se quedará con todo, incluyéndolo a usted —amenazó.

            El director —que conocía muy bien a Dalana—, no perdió ni un segundo y de inmediato llamó al padre de la joven.

            —No voy a dejar que su hija me intimide —dijo con autoridad—, si es cierto que el profesor cometió ese acto en contra de su hija, se tomaran las medidas necesarias, pero si no, entonces la expulsaremos sin más.

            Cuando Dalana se dio cuenta de que su plan no funcionaba, tomó sus cosas y se fue con su avergonzado padre. Sin embargo, las cosas no se quedarían así. El hombre también estaba cansado de la mala actitud de su hija y a pesar de que intentaba de que su comportamiento mejorara, ella cada vez se portaba peor. Mientras ella pensaba que se había salido con la suya, sus padres habían decidido enviarla a un internado de monjas, reconocido por su rigurosa disciplina. Tal vez de este modo —pensaban—, la muchacha sería más considerada.

            Nada más lejos de la verdad. Cuando Dalana arribó al nuevo colegio, su fama la precedía. Los compañeros le habían apodado «Dalana Trick» y ya no podría deshacerse del sobrenombre. Ahora se sentía más sola que nunca. Se reían y se burlaban de ella. El hecho de que su padre fuera abogado no la ayudaba en absoluto y tuvo que optar por mantener la calma hasta graduarse. Entonces se iría a la universidad, en la que tendría por fin libertad. No importaba si no hacía sus tareas pues su padre le compraría el título de todos modos. Sabía que por el estatus social al que su familia estaba acostumbrada, tener un hijo sin título e inútil era algo que su padre no iba a permitir.

Continuará…

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Dalana Trick y la Casa Rosada (1)

Dalana era una niña, digamos, de inteligencia limitada. Su padre un abogado prestigioso en una ciudad muy moderna, la había matriculado en un colegio carísimo con el fin —de que al menos—, si se codeaba con la crema y nata de la sociedad algo bueno se le pegaría. Pero Dalana tenía muy malos modales. Era ruda, mentirosa y cruel. Nadie era lo suficientemente bueno como para ser su amigo o amiga, por lo que siempre estaba sola. Sus compañeros de clase no la necesitaban pues también eran muy ricos y la muchacha no tenía ningún atractivo como para que se interesaran en ella. Veían con horror como maltrataba a los que eran diferentes y preferían mantenerla a distancia.

Dalana era mala hasta con los de su familia. En una ocasión le pidió a su padre que le regalara un caballo y este le pidió que sacara buenas notas y entonces lo tendría. Su hermana menor apareció una tarde con un cachorro y pidió a sus padres que se lo dejaran tener. El padre aceptó, pues la niña era muy aplicada en sus estudios, recordándole que sería responsable del animalito, alimentarlo, limpiarlo y todo lo demás. Dalana estaba furiosa, porque, aunque trataba de sacar mejores calificaciones no lo lograba. Esperó que su hermana se durmiera una noche y le dio a comer al cachorro un pedazo de carne con veneno. En la mañana cuando la otra niña despertó y encontró al perrito muerto, lloró desconsolada por una semana, mientras Dalana se escondía para ocultar su siniestra sonrisa.

Continuará…

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Imagen sacada de la red

¿Dónde estás Mel?

Me he levantado hace un rato y pasé a mirar mi buzón de mensajes. Me he encontrado con esta belleza. Un poema  que me ha dedicado mi querido amigo Poetas Nuevos. Me ha hecho llorar y sonreír. Y agradezco de todo corazón esta atención. Tenía que compartirlo. Gracias amigo. Un beso. 
Poema dedicado:
Eres el mar
que rodea a tu madre,
a veces te haces ovillo
junto al amado,
quien te desenreda
para verte feliz,
de un salto al reverso
eres autora destacada.
Pero, dónde estás Mel,
acaso los personajes
te raptaron,
tendremos que hacer
otra colaboración,
para sacarte entrelíneas.
Entonces llegas con tu sonrisa,
– ojos achinados decimos acá –
escribes una carta y vuelves
a tus tierras natales,
respiras profundo,
eres mar y alegría,
por un segundo piensas en inglés
– take you time –
– be nice –
– fly away –
– again U.S.A. –
– oh my godness –
Vas al doctor,
hasta los personajes y sus letras
te acompañan, ahora eres tú,
quien vive un drama, pero nada,
alegría de vivir y muchas ganas,
a esta boricua no la dañas,
su corazón está encargado
al de arriba – se da de alta –
vuelve a escribir y vive el día a día.
Aquí no ha pasado nada.

Se fueron

El segundo grupo de golondrinas que nació en el portal de mi casa se fue. Eran preciosas. Tenían una rayita en la cara como los indios cuando se pintan para ir a la guerra. Pensé que se quedarían por más tiempo y no les tomé una foto, como lo hice con las otras. Fui tan tonta que no me di cuenta que ya se irían. Cuando llegué ayer en la tarde una estaba sobre el faro de la entrada mirando a las demás volar. Creo que me estaba diciendo adiós y no lo supe. En la mañana cuando fui a buscarlas, ya se habían ido.

Las extraño ya. Supe desde que llegaron que se irían. Igual me pasó con mis hijos. Mientras estaban en casa no aprecié la alegría que me daban. La casa se llenaba de sus risas y yo miraba la vida suceder, pero no lo tuve en cuenta. Al menos no como debí. Llegaba cansada del trabajo, me consumían los quehaceres y no vi como se me iban, como no vi partir a mis golondrinas. De pocas cosas me arrepiento en la vida. Esta es una de ellas.

Cuando lleguen las próximas les haré una foto. No ignoraré sus trinos alegres en la mañana y cuando les llegue el momento de partir, les diré hasta luego. Les dejaré saber que siempre pueden volver, porque esta es su casa.

Lluvia

          Es el verano de 1974 y no deja de llover en Bayamón, un pueblo cercano a San Juan, Puerto Rico y que aún conserva su nombre indígena. El lugar está rodeado de montañas que desde lejos parecen estar cubiertas por una alfombra verde. Anita tiene doce años. Todavía es juguetona, no sabe de amores, aunque está bastante desarrollada para su edad. Tiene una muñeca rubia, de pelo platinado y ojos azules. Es tiesa y está vestida de azul marino. La niña ya está aburrida de jugar con ella. Enciende el televisor en blanco y negro. Quisiera tener uno a colores, pero no hay dinero para comprarlo. De todos modos, están pasando una vieja película de Pedro Infante. La mira por un rato hasta que él le da un beso en los labios a Marga López. Suspira. Apaga el aparato. Prefiere las películas del Zorro o las de Robin Hood. «Es más interesante mirar a los espadachines», piensa.

            Mira por la ventana y la lluvia cae a cántaros. El jardín de doña Carmen está repleto de rosas amarillas. Las observa con apreciación, son muy bonitas. La yerba está alta y verdísima. Los pájaros se están bañando, bebiendo y aleteando en los charcos de la carretera que brilla como el charol. Un pequeño arcoíris se forma resultado de la lluvia que cae desde el alero de la casa y los débiles rayos del sol que se asoman tímidamente y vuelven a desaparecer cuando otra nube se descarga. Parece que se rompió un tubo en el cielo.

            Suena el teléfono. Le había pedido una extensión a su papá para su habitación —es negro, aunque lo quería rojo—, así es que corre hasta allá para tomar la llamada. Es Blanca su mejor amiga del colegio y que vive al cruzar la calle. Siempre andan juntas. Tal vez porque viven cerca, porque se conocen desde el jardín de infancia, o simplemente porque son las más altas de la clase.

            —¿Qué haces? —pregunta Blanca.

            —Ay… estoy aburrida —contesta Anita.

         —Yo también pero mi abuela no me va a dejar salir con esta lluvia —dice la otra.

            —¿Qué hace tu abuela?

            —Está dormida.

            —Entonces puedes salir, boba.

            —Es que después me regaña.

            —¿Y qué? ¿Qué estás haciendo de todos modos?

            —Pues aquí, aburrida… ¡Bah…! Espera, deja ver si mi abuela sigue dormida y salgo.

            Las dos cuelgan. Anita sale al balcón a esperar a su amiga. La ve salir abriendo el portón despacio y solo un poquito, luego se desliza suavemente entre el breve espacio. Cruza corriendo. Está lloviendo tanto que llega empapada a pesar de la corta distancia entre las dos casas.

            —¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —pregunta a la otra.

            —Pues ya estás mojada —dice Anita saliendo y tomando la mano de su amiga—. ¡Ven!

            Las dos niñas salen corriendo, mojándose bajo la tibia lluvia de Bayamón. Se bañan en los chorros del desagüe de los techos de las casas vecinas. Brincan en los charcos, se llenan los zapatos de barro negro, se ríen a carcajadas.

            —Me estoy meando.

            —Yo también —grita la otra riendo y se sienta en la alcantarilla—.  Mea aquí, en el chorro de la calle. El agua te enjuaga el pantalón. No vas a apestar.

            El vecindario se llena con las risas de las niñas.

            Carmen —la vecina de las rosas amarillas—, sale, las ve y sonríe. Se acuerda de cuando era niña y bailaba bajo la lluvia. Siempre ha llovido tanto en Bayamón. Es bueno ver que todavía las niñas tienen inocencia. «A estas dos les va a dar tremendo catarro», piensa. Mientras las observa se acuerda del estribillo de la canción de Chuíto el de Bayamón y canta.

            —Yo me tomo el ron, la cerveza fría, yo me tomo el ron, la cerveza fría, porque en Bayamón, Mon, llueve to’los días. Maldita quebrá’ siempre está crecí’a, maldita quebrá’ siempre está crecí’a, porque en Bayamón, Mon, llueve to’ los días.

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Imagen sacada de la internet. Música: «Yo me tomo el ron», Chuíto el de Bayamón.

Sequía

Arte y denuncia

De nuevo el verano de San Antonio. Caliente, seco. Gris, nublado. Ni una gota de lluvia. La yerba seca grita por agua, pero las nubes se niegan a regalar un poco de lo que guardan en sus úteros. Están ahí, haciéndose de rogar y cuando se les escapa un poco, ni siquiera toca la tierra, se evapora en los cielos. Los pájaros buscan agua, pero los bebederos están carentes de líquido. No hay nada que beber. Los árboles, los pocos que todavía quedan en pie, se desmayan intentando dar su sombra. Un polvo rojizo baila con el viento y las rosas —las rosas siempre son generosas aunque tengan espinas—, visten de colores la tierra árida de este desierto urbanizado.

Casas y casas, eso hemos sembrado. No importa que el señor residente de la Casa Blanca diga que el calentamiento global es cosa de los chinos. ¿Qué sabe de nada ese…

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Amada mía

La vida es un suspiro,

nacemos con el aliento de Dios.

Suspiramos cuando nacemos,

cuando nos enamoramos,

suspiramos.

Cuando vivimos suspiramos

al lado de nuestra compañera.

Y cuando morimos,

suspiramos en nuestro último

aliento.

Tú eres mi suspiro de vida.

Gracias por estar a mi lado

y compartir mis suspiros

de amor.

Regalo de cumpleaños por

Javier Ordeín

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DANNY, MI AMOR, MI DESPEDIDA.

Acompañamos a Silvia “serunserdeluz”, en este dolor tan grande.

serunserdeluz

Mi amor, amor de mi vida, te amo y siempre te amaré, en la eternidad, como te lo dije muchas veces, este post no lo vas a ver, pero es mi manera de despedirme de ti de forma cercana.

Perdóname si fui cruel la última vez que hablamos, tú también lo fuiste. Qué triste que así haya sido. Pero tu alma sabe, desde donde está, que me arrepiento, me arrepentí muchas veces y estuve esperando inútilmente que me llamaras o escribieras. No podías, estabas herido, en coma.

Como me decías: “hay 52,000 razones por las que no me comunique, no pienses lo peor” pues mira, sí fue lo peor de lo peor y también decías: “las malas noticias viajan rápido, si me pasa algo te enterarás de inmediato”, tampoco fue así, si me hubiera enterado que estabas en coma, hubiera ido a verte, hubiera estado ahí para bendecirte y decirte…

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