Votación 6 para antología

Salto al reverso hace votaciones cada quince días para seleccionar las obras que serán publicadas en la Antología de este año. Agradezco todas las personas que me honraron con sus votos  en las votaciones #5. Quedé empatada con mi querido amigo Blacksmith. Ahora han comenzado las votaciones #6. Les invito a que lean y miren las obras de arte de mis compañeros. Esta vez no participo, pero sus votos son muy apreciados.

SALTO AL REVERSO

2543171151_91c12e36c6_b «Cherries», por Benson Kua (CC BY).

Resultados de la votación 5

Hola a todos. Continuando con el proceso de selección de obras para la antología, cerramos la votación 5. Más información aquí: Antología.

Para consultar las bases completas, hagan clic aquí: Votaciones para la antología.

Gracias a todos por votar. Los resultados son los siguientes.

¡Felicidades a los ganadores!

Poesía 5

Poesía 5

Plasticas 5

Los ganadores de la votación deberán llenar un formulario de permisos de publicación (que les será dejado en su entrada ganadora en breve). Si no lo hacen antes del 10 de abril, su obra no será incluida en la antología y se destinará ese espacio a la entrada que haya ganado el segundo lugar en las…

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Otra persona desaparecida en Tierra Estella.

Una muy triste noticia. Ojalá esta niña regrese pronto a su hogar, sana y salva.

El Desgranante

Desde el martes día 21 de marzo nada se sabe sobre el paradero de Noelia González, una joven vecina de Lerín y de 18 años de edad. Su desaparición ya ha sido denunciada en las dependencias de la Policía Foral. Se ruega a quien pueda aportar algo de información que lo comunique a las autoridades […]

a través de Otra persona desaparecida en Tierra Estella. — ESTELLA NOTICIAS

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Virgo a la venta

      Caminaba despacio entre toda esta gente de abolengo con mi mejor sonrisa —la que tanto le gustaba a mi esposo—, Don Eduviges Montes de Villaseñor, el Gobernador del Estado. Me preparé para este momento toda la vida. Tomé clases de modelaje, inglés y otras artes que me serían útiles en el futuro, según me aseguró mi madre. Al menos —las de modelaje—, me sirvieron para que llevara ese vestido dorado, ceñido a cada curva de mi cuerpo y que enseñaba mis tetas, las que mi marido mostraba con orgullo a sus correligionarios y amigos. Me repugnaba cuando me agarraba por la cintura como trofeo de feria y presumía de mi belleza y juventud. Como si no tuviera rostro, todos me miraban fijamente al pecho, lo que invariablemente provocaba una erección a mi querido Eduviges quien me sacaba de la fiesta para darme un par de estocadas por el culo en par de minutos. No duraba más. Me reventaba tener que limpiarme ese embarre asqueroso. Tardaba más en asearme que lo que duraba el acto, pero ya me había acostumbrado. Retocaba el peinado y el maquillaje y salía del baño como si nada hubiera pasado, mientras el Gobernador se paseaba ufano para que todos vieran que todavía podía follar.
                                                                                      ###
     Eduviges tenía setenta años y mientras más lo miraba más asco me daba. Su vientre era tan grande que el pantalón solo le servía debajo de la barriga. Sudaba como cerdo, sobre todo cuando «hacíamos el amor», aunque él no usaba precisamente esas palabras, era más prosaico cuando estábamos en la cama o en donde me cogiera. Era un viejo libidinoso, con todo y que me tenía, andaba manoseando a cuanta muchachita se encontraba por el camino. Supongo que a ellas también las habían entrenado para usar sus encantos, ya que todos en la ciudad conocían sus debilidades tanto como las conocía mi padre.
     Mi madre me crio peinando mis rizos dorados con un cepillo de cerdas suaves todas las noches. Desde niña me acostumbró a usar cremas en todo el cuerpo, porque la piel hidratada de mantenía más joven. Me bañaba con agua fría, para que las carnes no se me aflojaran. Me dijo que mi virginidad era lo más valioso que tenía y me aconsejó que no la perdiera con nadie que no pudiera pagar su importe.
    —Es una pieza de negociación, niña —decía muy seria—. Puedes salvar el patrimonio de la familia.
     Jamás entendí exactamente lo que era la «virginidad» de la que mi madre hablaba. Cuando busqué información en línea, la respuesta no era muy alentadora. Leí, «virgen es la mujer que no ha tenido relaciones sexuales». Esa explicación no me ayudaba mucho. La otra respuesta — la científica— especificaba que era «la ruptura del himen de la mujer de cualquier modo». Cualquier cosa que fuera una ruptura —pensé— debía causar un dolor terrible. Así es que con esos datos me fue más fácil guardar la maravillosa joya que nos sacaría a todos de la más terrible bancarrota.
     Cuando cumplí trece años, mi padre me llevó a un rodeo en el que iban a estar muchas personas importantes, incluyendo al señor Gobernador. Mi madre puso especial atención a mi vestimenta. Me puso unos vaqueros apretados, unas botas adornadas con diseños de color turquesa y una blusa ceñida. Había heredado el inmenso busto de mi abuela y según mi mamá era un atributo al que las mujeres siempre debíamos sacar partido.
      Tan pronto me vio el lujurioso Gobernador, se acercó para verme de cerca.
    —¡Qué hermosa jovencita! —dijo mirándome de arriba abajo, mientras mi padre, como un pendejo, le reía la gracia al anciano decrépito.
     —¡Ve, hija! —insistió el viejo—. Busca el caballo que quieras y diviértete. Es más… —dijo mientras llamaba a uno de sus lame botas—. Tráele el Pegaso a la niña —ordenó—. Seguro que estará encantada con él.
      La semana siguiente una camioneta arrastraba el transporte de Pegaso hasta mi casa. Era un regalo. La bestia era hermosa, era cierto, pero no me agradaba quién lo enviaba.
     —Está rete bonito ese animal —insistió mi madre quien se daba cuenta de mi disgusto—. Debes subirlo y pasear un rato. Después de todo ahora es tuyo, como lo será todo lo del Gobernador.
         —¿Cómo que todo lo del Gobernador será mío? —pregunté confundida.
       —Sí, mi amor. El Gobernador quedó tan impactado con tu belleza que ha pedido tu mano a tu padre.
        —¡Madre, no quiero casarme con ese vejestorio!
       —Marta, la vida es así —dijo despacio—. Las mujeres tenemos que sacrificarnos por la familia. Tú has tenido mucha suerte de que este hombre tan poderoso se haya fijado en ti y hasta haya pedido tu mano en matrimonio. Otras, solo reciben unos cuantos dólares por su virginidad y luego a paseo.
       —No puedo creer que me estés diciendo esto…
     —Yo también tuve que aceptar la voluntad de mi padre, hija. Tu papá era de una familia de abolengo, pero no tenían dinero, y la mía, tenía dinero, pero no linaje, por eso se empeñaron en unir las dos familias. Pero cuando murieron nuestros padres, mi pusilánime marido, perdió la poca herencia que nos dejaron. ¡Solo tú puedes salvarnos de la ruina!
    No se habló más. Dos meses más tarde me casaba con el Gobernador, vestida de blanco como una verdadera virgen. La crema y nata de la sociedad se encontraban en la iglesia y la ceremonia estaba amenizada por el grupo de música norteña de moda. Yo solo sentía horror por la dichosa ruptura de mí himen y en cuánto me dolería cuando el viejo barrigón se me tirara encima. Los demás hombres hacían bromas subidas de tono sobre el evento y mi padre achantado sonreía.
     Cuando acabó la celebración, Eduviges se quedó fumando un puro en el balcón y me dijo secamente que subiera a la alcoba y me desnudara. Mi madre me había puesto en la maleta una bata virginal —de las que se usan en las noches de boda—, me la puse y esperé. Una hora después el hombre entró en la habitación borracho, sudado y apestoso.
     —Te dije que te desnudaras —dijo.
     —Es que mi madre…
     —¡Tu madre al carajo! Ahora eres mi propiedad.
    Dicho esto, se me acercó y de un tirón me rompió la bata. Me empujó a la cama y me apretó los senos. Como un salvaje comenzó a chuparlos y a morderlos sin importarle que me hacía daño. Yo casi vomitaba de asco. Se agarró el pene y lo batió hasta que obtuvo una erección. Me haló hacia él para que lo pusiera en mi boca. Cuando vio que estaba dando arcadas, me tiró de nuevo, se subió sobre mí y en un par de estocadas acabó con mi dichosa virginidad. Sentía su sudor repugnante sobre mi cuerpo y entre mis piernas un líquido pegajoso. Él se levantó de la cama y salió de nuevo. Sentí alivio.      Al rato regresó —aún más borracho—, y repitió la operación. Me sentía humillada, despojada de todo mi orgullo, pero no lloré. Desde ese mismo momento comencé a odiar a mis padres y al marido que me impusieron.
                                                                            ####
     En estos cuatro años que he estado casada Eduviges dejó de atacarme, salvo en las fiestas cuando quería demostrar que seguía perfectamente saludable y capacitado para violarme. Mientras, no se quedaba en el rancho. Prefería irse a la ciudad a pagar por la virginidad de otras niñas. Me acostumbré a salir a cabalgar a Pegaso, cuando lo hacía me sentía tranquila.
    En esa época llegó Ramiro, el encargado de las caballerizas. Lo miraba desde la ventana bañando a los caballos sin camisa y sentía que se me enchilaba la sangre. Imaginaba su vientre plano sobre el mío «haciendo el amor», de verdad. Esa mañana me puse unos pantalones cortísimos y una blusa amarrada sobre el ombligo. Salí descalza hasta donde estaba Ramiro.
       —¿Ya bañaste a Pegaso?
      —Sí, señora —contestó observándome, sintiendo que se le encandecían los sentidos       —¿Quiere salir ahora?
      —Quiero… Pero no quiero ir sola.
    Ramiro que llevaba un tiempo observando a la mujer del Gobernador, no se hizo de rogar. Se puso la camisa, buscó a Pegaso y a otro caballo. Me ayudó a montar, poniéndome su mano en la nalga. Me estremecí, pero no me quejé. Cabalgué hasta un lugar en donde sabía había una casucha abandonada. Me bajé del caballo y sin mediar palabra entramos y por muchas horas dimos rienda suelta a nuestros deseos. Desde ese día buscábamos la hora de encontrarnos a solas. Le confié todo lo que había sufrido, cómo mis padres la vendieron y cómo el viejo me violaba.
     —Tengo que deshacerme de mi marido, de mi padre y de mi madre —confesé entre lágrimas desesperadas.
Ramiro guardó silencio, tan largo que pensé que había dicho demasiado.
     —Yo te ayudo —dijo finalmente.
Me sentía segura pues tenía un aliado. Conspiramos para matar a la gente que me destruyeron la vida. Esperamos una fiesta de esas en las que Eduviges acostumbraba a forzarme a tener sexo. Enviamos una canasta con un vino envenenado que se tomaría el viejo panzón y que compartiría con mis queridos padres. Yo tomaría una copa, pero no lo bebería. Todo salió exactamente como lo habíamos planeado.
      Lloré amargamente durante el velorio. Insistieron en que dijera algunas palabras.
    —He perdido a los seres más importantes de mi vida. Lucharé porque el asesino pague con la propia.
     Las gentes gritaban enardecidas pidiéndome que ocupara el puesto de mi esposo. Sería la señora Gobernadora y haría lo que le viniera en gana. Por fin sería libre, todo lo demás sobraba.
      En ese mismo momento la Policía llegaba con una orden de registro y allanamiento a la cabaña de Ramiro. Encontraron oculta entre sus ropas una botella que contenía el mismo veneno con el que asesinaron a mi familia. Lo condenaron a muerte por magnicidio.

Actividad 13. Taller de escritura Fleming Lab

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La niña que fui

Reconozco a la niña que fui

con la misma sonrisa alegre,

entonces no tenía penas

ni nada que me atormentara.

Recogía flores de alelí

otras veces azucenas,

se las regalaba a mi madre

y la besaba en los labios.

Era capaz de cruzar las montañas

solo con el pensamiento,

siempre fui una soñadora

viviendo la vida — curiosa.

Desde ya bailaban historias

de justicia en mi razonamiento,

fueran ogros o princesas,

encantados o dragones,

el malo nunca triunfaba.

Tenía un abuelo mulato—

dicen que un chino mezclado—

que me hablaba de la luna

y de un labrador burlón

que por reírse de ella

se lo llevó secuestrado

y desde entonces la mancha

que veíamos en el astro

era el pobre agricultor

que se quedó allí pegado.

Tuve amigas y muñecas,

una infancia muy feliz,

con una dosis perfecta

de buenos y malos ratos,

que a madurar me ayudaron

y a poder sobrevivir.

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Votación 5 para antología

Hola a todos. Tenemos votaciones para la Antología de Salto al reverso. En estas votaciones participo con “De regreso a la isla”. Les pido su voto y que participen con los demás compañeros también.

SALTO AL REVERSO

4552277923_f921822e69_b «Book sale loot», por Ginny (CC BY).

Resultados de la votación 4

Hola a todos. Continuando con el proceso de selección de obras para la antología, cerramos la votación 4. Más información aquí: Antología.

Para consultar las bases completas, hagan clic aquí: Votaciones para la antología.

Gracias a todos por votar. Los resultados son los siguientes.

¡Felicidades a los ganadores!

Poesía 4

Relato 4

Plásticas 4

Los ganadores de la votación deberán llenar un formulario de permisos de publicación (que les será dejado en su entrada ganadora en breve). Si no lo hacen antes del 27 de marzo, su obra no será incluida en la antología y se destinará ese espacio a la entrada que haya ganado el segundo lugar en las votaciones.



Votación 5

Las obras que entran en la siguiente votación son las siguientes:

Poesía

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El carnicero

Diana y Eloísa partieron de su aburrido pueblo en provincia llenas de ilusiones.  Desde niñas todo lo habían hecho juntas. Fueron a la misma escuela, conocían a los mismos amigos, hasta le dieron el primer beso al mismo muchacho. Ahora se dirigían a la ciudad, inscritas en la academia de la policía. Claro que la idea había sido de Diana que era la más osada. La otra siempre había seguido las directrices de la primera pues según ella era mejor india que vaquera. Sentía una gran admiración por su amiga y ya que esta había decidido largarse del pueblito, ella no quería quedarse sola trabajando como dependienta en la carnicería.

            —¿Sabes a qué hora llega el tren a San Cristóbal? —preguntó Eloísa mientras colocaba su equipaje sobre el asiento.

            —No estoy segura, déjame ver el boleto —contestó Diana—. Aquí dice que llegamos a las 18:40.

            —¿Tan tarde? A esa hora estaré muerta de hambre —protestó Eloísa.

            —Podemos comer algo en el tren.

            —Eso no es comida. No me gustan los sándwiches.

            —Pues eso es lo que hay. Y mejor tragas algo porque cuando lleguemos no vamos a tener mucho tiempo para descansar antes de iniciar el entrenamiento —dijo Diana acomodándose en la butaca. La otra se reclinó en la de ella durmiéndose enseguida.

            Las jóvenes llegaron a San Cristóbal a la hora exacta que estimaba el boleto. Al salir de la estación las esperaba un policía quien tan pronto las vio se bajó de la camioneta para recibirlas.

            —¿Diana Zapata? ¿Eloísa Valle? —preguntó confirmando los nombres que veía en las fotografías de los expedientes que llevaba consigo.

            —Sí, somos nosotras —contestó Diana adelantándose.

            —Vengan por aquí —dijo señalando la camioneta.

            Las muchachas se quedaron esperando a que el oficial las ayudara con sus maletas, pero él no hizo ni el intento. Ellas entendiendo que de ahora en adelante se tendrían que manejar solas, tomaron cada una la suya y la pusieron en la parte de atrás. Luego se subieron, una en el asiento del pasajero y la otra en la parte de atrás.

            Viajaron en silencio por unos treinta minutos hasta llegar a un lugar rodeado por una alambrada. Desde afuera se podía observar una docena de edificios de varios pisos con una plaza en común alumbrada por unos faroles.

            —¿Esta es la academia? —preguntó Diana.

            —Así es —respondió el policía.

            —Más bien parece una cárcel —susurró Eloísa en el oído de su amiga—. Tengo hambre —dijo dirigiéndose al oficial.

            —A esta hora lo único que hay en la cafetería es café. Pero no se los recomiendo porque no van a poder dormir y a las cuatro en punto tienen que levantarse, vestirse y dejar las literas arregladas. A las cuatro y treinta deben estar en la pista para correr. Luego desayunan.

            Después de que el hombre revisara sus cosas, las condujo a su habitación. Las muchachas estaban tan cansadas que tan pronto se acostaron se durmieron. Tal y como les había indicado el oficial, el entrenamiento empezó a la hora dicha. Iban a ser seis meses intensos, que debían soportar si querían lograr éxito en sus planes.

            Las jóvenes se graduaron de la academia sin problemas, Diana con honores. Fueron asignadas a la misma comandancia, pero como era la costumbre, le adjudicaron un compañero—varón experimentado—a cada una. Les advirtieron que el crimen había aumentado en la ciudad en los últimos dos años desde que habían aprobado una ley en la que cualquiera podía comprar armas de fuego.

             A Diana y a Eloísa les habría gustado más trabajar juntas, pero las reglas eran las reglas. A sus compañeros —Prieto y Salazar, respectivamente—, no les hacía mucha gracia tener que trabajar con ellas, pues pensaban que en caso de emergencia tendrían que protegerlas primero, lo que los ponía en desventaja frente a los criminales.

            Una noche en las que Diana estaba de turno, llamaron desde el control para que atendieran una situación doméstica. Los policías llegaron a una casa en la que todo estaba a oscuras. Sacaron sus armas y se aproximaron cuidadosamente. Cuando iban a tocar la puerta, estaba entreabierta. Prieto terminó de abrirla empujándola con el pie. Un olor fétido invadía la atmósfera. Diana se adelantó y buscó el interruptor para encender la luz. El cuerpo decapitado de una mujer se encontraba en medio de la estancia. Las paredes estaban manchadas de sangre. Todo indicaba que la muerta había intentado escapar sin lograrlo. La cabeza no estaba por ninguna parte. Llamaron al forense. Mientras esperaban, aseguraron la escena del crimen.

            Al otro día la amiga comentaba sobre lo sucedido durante el desayuno. Diana notaba que su amiga estaba muy callada.

            —¿Qué pasa que no dices nada?

            —No sé si decirte —comentó Eloísa—. Prometí a Salazar que guardaría silencio, pero a ti no puedo ocultarte nada —pausó—. Me dijo que le gusto.

            —¿Ajá?

            —¡Que a mí también me gusta!

            —¡Pero es casado, Elo! No te vas a meter en un lío de esos y menos en el trabajo.

            —Lo sé amiga… Mi razón me lo dice, pero el corazón es embustero.

            —Bueno, piensa bien lo que haces. Y si no puedes resistirte, pide que te cambien con otra persona.

            Eloísa no dijo nada más. Durante la ronda, Salazar y ella se apartaron de la carretera para hacer el amor. Luego él le recordó que no debía comentarlo con nadie. Eloísa le dijo que tenía que parar para ir al baño. Cuando estaba adentro, Salazar recibió la llamada de control para atender una situación doméstica. Cuando llegaron al domicilio indicado, se encontraron con el mismo cuadro. Una mujer decapitada en una casa a oscuras.

            En la comandancia comenzaron a especular que tal vez se trataba de un asesino en serie. La prensa, que siempre era indiscreta, comenzó a transmitir la noticia de que andaba un criminal cundiendo de pánico a las mujeres que vivían en el área.

            Una noche en la que estaban los cuatro de turno, se juntaron para tomar café. Prieto se quedó en la patrulla esperando cuando recibió una llamada del centro. En este caso la dirección le era conocida. Desde el carro hizo un gesto a Diana para que se acercara.

            —Diana, acabo de recibir una llamada sobre una situación doméstica.

            —¿Otra vez?

            —Sí… —respondió nervioso—. Es la dirección de Salazar.

            —¡Vamos!

            Hizo una señal a Eloísa de que tenían que irse. Enseguida se subió al auto y encendieron la sirena. En efecto era la casa de Salazar. Las luces estaban apagadas y como la vez anterior sacaron sus armas y procedieron cautelosamente. Prieto se quedó en la puerta y le dijo a Diana que buscara, porque no había ningún cuerpo visible. Ella subió las escaleras y cuando llegó a la recámara matrimonial se encontró con un cadáver sin cabeza en la cama. Gritó para que su compañero subiera.

            —¿Y ahora? ¿Quién le dice a Salazar? —preguntó Diana.

            —Yo lo haré. No te preocupes.

            Cuando estaban asegurando el perímetro, Salazar y Eloísa llegaron.

            —Escuchamos en el radio de la patrulla… —dijo ella.

            —Es una equivocación, ¿verdad? —preguntó Salazar.

            —No lo sé —respondió Prieto—. El cuerpo está como los otros.

            —¿No tiene cabeza? —gritó el esposo angustiado.

            —Cálmate, Salazar —dijo Eloísa—. Todavía el forense no ha dicho quién es.

            Salazar no podía contener el llanto. Era cierto que tenía problemas con su esposa, pero de eso a quererla muerta había un gran trecho. Para los detectives él era el principal sospechoso. Aunque tenía su coartada porque estaba trabajando, los forenses determinaron que el homicidio había ocurrido antes de la hora que se había reportado a su trabajo.

            Al otro día, la teoría del asesino en serie tomaba fuerza. En un lugar en la ciudad alguien miraba las noticias comiendo sesos ahumados.

            Diana estaba dispuesta en desentrañar el asunto. Prieto estaba tan interesado como ella porque quería ayudar a Salazar. También ellos se habían graduado juntos de la academia.

            —Esto no lo hizo Salazar —declaró.

            —No lo conozco muy bien, pero algo me dice que no.  Aunque…

            —¿Aunque?

            —Aunque nada… No me hagas caso.

            Los dos se concentraron en los reportes de autopsia de las tres víctimas. Todo apuntaba a que se trataba de un asesino en serie, pues las tres mujeres tenían rasgos en común.  Eran delgadas, enfermizas, todas amas de casa. Seguramente al encontrarse con el criminal no opusieron demasiada resistencia. Una cosa llamó la atención de Diana, pero no quiso decirle a Prieto. Él lo notó.

            Diana llegó al apartamento que compartía con Eloísa más temprano que de costumbre. Se suponía que ella estuviera durmiendo pues tenía turno esa noche. Abrió el refrigerador buscando algo de comer. Abrió un envase, pero sintió un asco terrible cuando vio una carne muy extraña y con muy mal olor. «Esto debe estar podrido», pensó. Iba a echarlo en la basura cuando escuchó la voz monótona de Eloísa.

            —Te he dicho que no te comas mi comida.

            —No me la voy a comer, voy a tirarla. Está podrida — dijo Diana. 

            Entonces la vio parada frente a ella con un objeto en la mano, como si estuviera en un trance. Eloísa la atacó con el objeto dejándola inconsciente.

            Diana despertó atada a una silla, en una casa abandonada y a media luz.  No sabía cuánto tiempo había transcurrido. Eloísa estaba sentada frente a ella con un cuchillo cimitarra y una sierra.

            —Con que eres tú —dijo mirando a su amiga con lástima—. En el reporte de autopsias dice que quien decapitó a las víctimas usó herramientas propias de carnicero. Me pasó por la mente, pero no quise pensar que eras tú. ¿Por qué haces esto?

            —No sé. Tal vez me cansé de que fueras mejor que yo y siempre tengas lo que quieres. He visto cómo te mira Prieto, con admiración, con amor. Mientras yo, me he conformado con ser tu sombra, con ser la amante de Salazar.

            —¿Por eso mataste a su esposa? ¡Elo, estás mal! Sabías que lo acusarían a él…

            —Sí, se lo merece. Y tú también mereces desaparecer. Todos piensan que el asesino es un hombre. Nadie piensa que es una mujer…

            Un ruido se escuchó tras ella. Eloísa miró y vio un gato corriendo. En su distracción, un hombre saltó agarrándola por el cuello desde la parte de atrás. Ella trató de soltarse, pero el otro era más fuerte que ella. Mientras esto sucedía, un hombre soltaba los nudos de las sogas de Diana. Eran Prieto y Salazar.

            —Por favor, déjenme hablar con ella —rogó Diana.

            Eloísa estaba poseída. Cuando Salazar la soltó corrió con el cuchillo para matar a su amiga. Un disparo seco la detuvo.

Actividad 11: Taller de Literatura Fleming           

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Vívido

    Cansada de preguntar quién deseaba acompañarla a Italia, Ángela decidió hacer el viaje en solitario. Su destino, Viterbo y Roma. Estaba fascinada con la historia de Olimpia Maidialchini Pamphili, la mujer que tuvo tanta influencia durante el papado de Inocencio X. Quería recorrer los lugares que ella había transitado. Sentir lo que ella vivió construyendo la fortuna de la familia más poderosa de su época. ¿Sería cierto que era la amante del Papa? ¿Sería cierto que asesinó a sus peores enemigos? Sin pensarlo mucho sacó su boleto de avión, reservó una habitación en Viterbo para la primera parte de su viaje y partió.

            Llegó exhausta. Sabía que sería difícil adaptarse al cambio de hora. Eran las siete de la mañana cuando estuvo en su destino. Cuando el coche la dejó en la entrada del hotel se sintió transportada al siglo XVII. Su fachada tenía el aspecto medieval que ella tanto admiraba. Al entrar al vestíbulo se decepcionó un poco pues el decorado era muy moderno para su gusto. Hasta pensó que el edificio había perdido el encanto.  Un joven muy guapo de pelo rizado, ojos negros inmensos y piel cobriza le recibió con una amplia sonrisa. Le habló en italiano, pero al darse cuenta de que la muchacha no entendía, trató en inglés y luego en español. Al registrarla le entregó una tarjeta electrónica para abrir la puerta de la habitación aumentando de esa manera el desencanto de la joven que esperaba una llave antigua. Tan pronto entró en su cuarto miró una moderna cama, igual a la de cualquier hotel del mundo. Se acercó a la ventana para abrir las cortinas y fue entonces cuando tuvo la vista que había anhelado. Una gran cantidad de estructuras medievales se podían observar desde donde estaba. La campiña, los árboles de olivo, los castaños de los que hablaban los libros estaban allí, tal y como ella los imaginaba. Suspiró contenta y se lanzó a la cama sin desvestirse. 

            Durmió varias horas. Cuando despertó la habitación estaba a oscuras.  Se rascó el antebrazo. Algún mosquito la había picado. Se levantó despacio, tanteando. Se dio un golpe con algo que estaba en el suelo. Pensó que era la maleta. Buscó el interruptor con las manos sin encontrarlo. Las paredes estaban húmedas y frías. Se acercó de nuevo a la ventana.  Lo único que veía eran las estrellas y un cuarto de la luna. Estaba hambrienta y buscó la salida. En la pared —al lado de la puerta— había una antorcha encendida. Le causó risa la ocurrencia de la gerencia del hotel. Seguro que intentaban dar una experiencia medieval a sus invitados. Tomó el hachón y siguió hasta donde estaba el elevador. La luz no era suficiente y no lo encontró, por lo que optó por unas escaleras para bajar a la recepción. Necesitaba encontrar en dónde comer.  Moría de hambre.

            Cuando bajó no encontró a nadie. Caminó y sospechó que había ido a parar a una habitación distinta a la recepción. Acercó la antorcha a las paredes y eran de piedra. Sintió frío. En el centro del cuarto había una mesa rústica de madera con una canasta llena de pan. Se acercó para tomar un pedazo de la hogaza y entretener las tripas. De nuevo sintió una picadura en la pierna. Levantó su falda para rascarse. «¿Una falda? ¿Cuándo me cambié de ropa?», pensó. Le extrañó la cantidad de material que tuvo que remover para encontrar su piel debajo de aquella saya. Decidió buscar la salida, a ver si encontraba un alma.

            —Olimpia —dijo una voz tras de ella—. ¿Qué haces levantada a estas horas?

            Sabía que el hombre le hablaba en italiano, pero por alguna razón lo entendía perfectamente.

            —Padre —contestó ella—. No quiero ir al convento.

            Entonces se sorprendió. No solamente entendió el idioma, sino que podía hablarlo.

            —Ya te he explicado que no tengo para tu dote. Deberás ir al convento como es la costumbre.

            —No creo en la costumbre. Me casaré.

            Salió de la habitación empujando una pesada puerta de madera. Se encontró de nuevo en el lujoso recibidor del hotel. Las luces hirieron sus ojos. Una muchacha le habló, pero no la entendió. Mediante señas le preguntó dónde podía comer. Ella le señaló la puerta por donde acababa de salir. «Quizás estaba todavía dormida cuando bajé hasta esa cocina», se explicó caminando de nuevo hacia ella.

            —Doña Olimpia —una mujer vestida de falda larga y delantal le mostraba un faisán que tenía en la mano—, ¿cómo quiere que lo cocine?

            —Asado, con viandas y verduras —contestó—. Recuerda poner en la mesa el mejor vino y frutas. El cardenal Pamphili regresa de Madrid esta noche. ¡Todo debe estar perfecto!

            Dicho esto, caminó hasta otra habitación. Molesta miró hacia la calle llena de mierda de caballo y moscas. Los mercaderes vendían sus productos, voceando, volviéndola loca con el escándalo. El olor a podrido y a excremento también la sofocaba. Apenas podía caminar con tanta ropa. Sentía el corsé apretando sus carnes. Otra picada y mortificada buscó salir de allí. Mientras se rascaba salió al patio lleno de carruajes. Los hombres hicieron silencio de inmediato al verla.

            —¿Por qué se callan? —inquirió.

            «Estos italianos están bien raros», se dijo. Observó los coches con interés. «¡Qué bien conservados están después de tantos siglos!», concluyó. Dio un paseo por las calles de barro y piedra. Se admiró de lo bien que estaba ambientado todo en la época renacentista. Los disfraces de los hombres, mujeres y niños parecían reales. Hacía bastante calor y decidió regresar al hotel para darse un baño. Caminó hacia el elevador y entró en su habitación. Puso a llenar la bañera y fue a mirar por la ventana.

            —Señora —una voz conocida la sacó de su contemplación—. Traje el agua que pidió.

            —¡Pero esa agua no es suficiente para un baño! —respondió fastidiada.

            —¡Señora! Recuerde que bañarse en tina puede dejarla ciega —aseguró la mujer.

            —¿Ciega? ¿Estás loca? Mira, ¡vete! —dijo sacándola a empujones.

            Confundida por la falta de higiene que parecía ser la costumbre en este lugar, se desnudó. Tomó un paño que encontró, lo humedeció y se dio un baño de gato. Salió, volvió a bajar las escaleras y encontró una gran mesa aliñada con toda clase de manjares. Hambrienta corrió a ella y tomó unas aceitunas que le parecieron deliciosas. Enseguida entró un hombre vestido con el disfraz de la época y le anunció que el Papa Inocencio estaba listo para la cena.

            —Está bien, está bien —dijo sin poder evitar una carcajada.

            La puerta se abrió y entraron varios hombres, uno vestido como el Sumo Pontífice de la pintura de Velázquez. «Esto sí que es realismo», pensó. Esperaron que el solemne hombre se sentara a la cabeza de la mesa y todos lo hicieron después.

            —Olimpia, hay demasiados rumores que no favorecen al Vaticano. Creo que tendrás que permanecer aquí. Ya no eres bienvenida en Roma.

            —¿Ah?

            —Dicen que sacas ventaja de tu relación conmigo, utilizas el tesoro para tus fines, que vendes tus influencias. ¡No conviene! ¡No conviene!

            —¿Pero qué dices?

            El Papa se levantó y salió con los demás hombres. Ángela se quedó sentada tranquilamente hasta terminar de comer. Luego se paró para rascarse la espalda. «Bueno, pero que muchos insectos hay aquí», dijo mientras salía del comedor.  

            —Madre —dijo un hombre muy guapo que la esperaba en la estancia—. El Santo Padre acaba de fallecer.

            «Esto se pone cada vez mejor… Voy a seguirle el juego», se dijo.

            —¿Y qué se supone que haga?

            —Hay que enterrarlo.

            —Se supone que eres el hombre de la familia…

            El supuesto hijo se fue sin decir más. Ella decidió que ya era tarde y que era mejor que se fuera a dormir. Se retiró a su habitación con su cómoda y moderna cama. Se quitó la ropa y volvió a acostarse. En medio de la noche se levantó pues el cuerpo le picaba. Como la primera vez no encontraba el interruptor y supuso que la antorcha estaría afuera, al lado de la puerta. Allí la encontró y caminó por el pasillo buscando un espejo pues le ardía la cara. Cuando encontró uno, alumbrando se miró. El reflejo de una matrona le sorprendió. Una mujer desconocida la veía desde el espejo. Se tocó la cara y el reflejo hizo lo mismo. Notó que unas ampollas llenas de pus cubrían el rostro de la anciana.

            —¡Señora! —gritó una mujer—. ¡Está contagiada!

            —¿Contagiada de qué?

            —¡No! Por favor, no se acerque… ¡Tiene la peste! —dijo la mujer corriendo lejos de Ángela.

            Ella sintió náuseas y un mareo terrible. Como pudo regresó a su cama y allí perdió el sentido. Cuando abrió los ojos una fiebre terrible la abrazaba. Miró sus brazos llenos de ampollas purulentas. Recordó que la peste era transmitida por las pulgas. Seguro que esas eran las picaduras que sentía desde que llegó. El hotel tenía que ocuparse de encontrarle un médico o llevarla a un hospital. ¡Qué mal servicio! Ya le daría una mala puntuación cuando tocara la crítica.

            Miró alrededor buscando un teléfono para llamar al vestíbulo, pero se encontró en una habitación de piedra: sola y moribunda.

Actividad 12: Fleming Taller de Literatura

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Tráfico humano

Arte y denuncia

atrafico

Una mujer se aborrece a sí misma. Tomó la decisión más horrible que una madre puede tomar. La vida de un hijo sobre la otra. Miró a los dos y sacrificó a la hija. A su niña hermosa de dos años. Perdió de cualquier modo, porque le quitaron al varón y nunca lo volvió a ver. Ni siquiera sabía si vivían. Llorando sobre una cama su desventura, se preguntaba por qué el varón y no la niña. No había justificación a su acto.

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 —Amina, ven —escuchó la voz de su madre como en un sueño.

—Voy, mami —contestó.

Caminó dando pasos pequeños, con los brazos abiertos para hacer balance. Entró a una habitación donde una mujer estaba acostada en la cama, a medio vestir. Un hombre la acariciaba y la pequeña Amina intentó regresarse, pero el hombre se levantó rápidamente de la cama y la cargó.

—Es hermosa tu…

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De regreso a la isla

Publicado en Salto al reverso

SALTO AL REVERSO

aisla

Ya es hora de que regrese a la isla. Allí donde está mi vida. Donde descansan mis sueños de niña y los despojos de mis abuelos. Quiero regresar y andar por el pueblo con un traje de primavera rosa, descalza sobre la hierba. Deshojar las margaritas hasta tener la respuesta que espero. ¡Me quiere! Oler las azucenas impregnando el ambiente zarandeado por el viento del Caribe.  Quiero caminar por la playa, sentir la arena fina haciéndole cosquillas a mis dedos e ir a la orilla, mojarme los pies y mirar al sol de frente, aunque me queme las retinas. Quiero llenar mis ojos de la inmensidad del mar, de ese azul inolvidable que me persigue de noche cuando estoy dormida. Mi isla, mi terruñito.

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Yo me impuse este castigo. Yo me enredé en este karma. Yo abandoné mi cuna, la hamaca en la que me mecieron cuando apenas caminaba…

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