En el Despacho

       Son las tres de la tarde. Genaro deja caer la cabeza sobre las manos, se las pasa por la frente estrujándose los ojos. Luego se pasa los dedos por el pelo, de adelante hacia atrás. Suspira. Se siente agobiado. Mira a su alrededor y hay pilas y pilas de expedientes que parecen moverse a voluntad,  del grupo de los trabajados, al grupo de los por trabajar. Genaro está seguro que ya había trabajado el de Martínez Perea pero no, sigue ahí.«Ese caso es un dolor de cabeza», piensa.

     Cierra los ojos, le arden. Se quita los anteojos y los limpia pensando que ve nublado porque están sucios. Se los coloca de nuevo pero sigue viendo igual. Cierra los de ojos de nuevo, los aprieta y de repente ve una imagen borrosa luego un relámpago. Algo así como cuando la imagen de un televisor tiene interferencia y escucha un zumbido. Se queda quieto. No siente dolor ni ninguna molestia, solo el olor inconfundible del pacholí. Abre los ojos, mira alrededor escudriñando cada rincón para ver si las empleadas han puesto alguna veladora, pero no hay nada que pueda despedir ese olor tan familiar. Será el recuerdo del pacholí, pero le parece tan real. Frunce el ceño extrañado.

     La secretaria abre la puerta sin tocar. Se molesta. La mira con ojos centelleantes pero contesta con gran amabilidad a la pregunta que esta le hace. Ella se va. «¿Por qué, por qué no puede tocar la puerta?», se pregunta. Estira los brazos y la espalda y siente cuando le truenan. Vuelve a cerrar los ojos y de nuevo el olor, la imagen borrosa y el relámpago. Ahora el último dura más, el zumbido se escucha más alto, podría decirse que ensordecedor. Genaro se desmaya, o al menos eso cree.

     La imagen borrosa empieza a verse más clara, es una mulata con senos enormes. Son redondos con pezones oscuros y erectos que a él le dan deseos de chupar. Ella lo llama, le ofrece los pezones y le enseña la lengua moviéndola como hacen las serpientes. Él la mira cuando se pasa la lengua por los labios y vuelve a ofrecerle los pezones. Como está tan aturdido ante la visión no puede moverse, entonces ella se agarra las dos y se las pone en la cara. A Genaro le huele a mujer bañada en pacholí, siente su piel caliente y de nuevo el relámpago.

     Abre los ojos, siente frió y su camisa está sudada. Se toca para saber que está despierto. Se levanta azorado y va a la puerta. La abre y mira hacia afuera: a la derecha y a la izquierda. Escucha al socio hablando en el teléfono. Las impresoras funcionando. El olor de esmalte de una de la secretaria arreglándose las unas sin ser vista. Decide no llamar a nadie. Cierra la puerta de nuevo y cuando mira hacia atrás ahí esta la mulata. En vivo y a todo color. Está sentada sobre el escritorio con las piernas abiertas, llamándolo. Se sobresalta. No sabe que hacer ni que decir. ¿Si la secretaria vuelve a abrir la puerta sin tocar qué va a hacer?

    Mira a la mulata y se recrea en lo que ve. Tiene el pelo largo, negro y rizado. La piel morena, pareja y sedosa. Los pechos monumentales, el vientre perfecto, las caderas rellenas, las piernas hermosas. Decide acercarse a la mujer consciente de que cualquiera puede entrar en cualquier momento. Siente que la cremallera le va a explotar, hace mucho que no tenía una erección como esta. La toca, se marea de gusto y siente el orgasmo. Mira a la mujer, a los ojos para agradecerle pero los tiene vacíos. El siente que cae como en un precipicio dentro de ellos y se sumerge.

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