El Infierno

Miró el botón electrónico para bajar el cristal de la ventana del carro. Luego la manecilla para abrir la puerta. Le parecía que las había mirado una y otra vez. Le encantaba su Ford Explorer del año en la que toda la familia viajaba cómodamente y segura. Bajó la vicera, abrió el espejo mientras se encendía su luz para mirarse y verificar que no se le había corrido el rimel y que el pelo y el maquillaje estaban en su lugar. Se acomodó el pelo un poco más. Al lado tenía a su esposo. Lo miró por un momento y se sintió orgullosa de tenerlo a su lado tan guapo y cautivador. El estaba asegurando el cinturón de seguridad, levantó los ojos y le sonrió. Ella volvió a sentir que había vivido ese momento más de una vez. Volteó. Susana y Ángel estaban jugando en la parte de atrás. Susana estaba terrible y Ángel no se queda atrás. Susana atravesaba los terribles dos y Ángel ya tenía cuatro pero igual era un niño hiperactivo. No había manera de sentarlos en su asiento de seguridad. Ya le habían advertido varias veces del peligro de dejar a los niños sueltos en el asiento de atrás. Ella insistía en que estaban suficientemente seguros entre los asientos y las bolsas de seguridad. Después de todo su marido era un excelente chófer. ¿Qué podía pasar?

Pronto inicio la marcha y doblaron a la izquierda. Ella adoraba los viajes en auto. Ni siquiera le molestaban los juegos de los niños ni los gritos. Se ensimismaba en el paisaje. Vivía entre el campo y la ciudad. Siempre pasaba por una casa antigua que ella deseaba para sí. Estaba ajada pero a ella se le hacía que era capaz de hacerla brillar mejor que en sus mejores tiempos. Era amplia con un balcón alrededor. Sus tejas azules brillaban con los destellos de luz sobre ellas. Gozaba la casa de un patio enorme y se veía a lo lejos un establo con tres o cuatro caballos que en la distancia se podían distinguir. Tenía unos sillones en el balcón que se le antojaban perfectos para una relajante conversación con su esposo tomando una limonada. Un tractor antiquísimo rojo de tres ruedas enormes en el espacio del lado servía como un recuerdo de que todavía estaba en el campo. Adelante una construcción de casas modernas todas a mitad. Se veían los obreros a lo lejos afanosos como hormiguitas colocando vigas por aquí y por allá debajo del sol hiriente. Nada más de verlos se le achicharraba la piel y le faltaba el aire. Agradecía a Dios por su trabajo de aire acondicionado.

Luego había un terreno cercado con muchas gallinas que a ella le parecían gallinas locas. Habría querido contarlas pero no le dio tiempo por la velocidad del carro pero eran más de cincuenta. Le parecían graciosas viéndolas picar el suelo en busca de alimento. También había un perro grande en el terreno, seguramente para vigilar que nadie entrara a robarse las gallinas locas. Unos segundos más tarde vio una casa grande de piedras color terracota en la que miró a una niña de unos doce años llevar a pastar unas cabritas. A veces ve a la niña, otras sólo las cabritas. Trató también de contar las cabritas pero el carro iba muy rápido y no le dio tiempo. Debían ser cerca de veinte o veinticinco. De nuevo otra construcción de casas modernas también a medias y otros obreros afanosos colocando los materiales bajo el sol picante.

Todo parece una repetición para ella. Se acercan al semáforo que tiene la luz amarilla encendida y se da cuenta que su esposo no se detiene, ni siquiera reduce la velocidad. Lo mira y ve que el tiene una mano agarrándose el pecho y la mira con los ojos desorbitados de horror. Ella mira rápidamente a su derecha e izquierda y ve un camión de dieciocho ruedas que viene a toda marcha por su lado del carro. Ella se dobla hacia su esposo y trata de frenar el carro con la mano pero era tarde. El impacto del camión es fatal. La camioneta se vuelca y ve los cuerpecitos de sus hijos volar por encima de su cuerpo y estrellarse una y otra vez hasta volverse una mása amorfa y sangrienta.

Miró el botón electrónico para bajar el cristal de la ventana del carro. Luego la manecilla para abrir la puerta. Le parecía que las había mirado una y otra vez. El infierno es la ocurrencia sucesiva del mismo error eternamente.

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