La Negrita

Abby Ford no tenía conciencia. Realizaba su trabajo sin empatía alguna por el dolor de los demás. Decía que después de treinta años trabajando como enfermera había aprendido a no sentir compasión. Al fin y al cabo, nadie sentía compasión por ella. Su vida era un libro abierto. Todos sabían que se había casado con un hombre treinta y cinco años mayor que ella a quien le había dado un infarto y que le esperaba solo en su casa. Según ella, cada día tenía que ir a limpiar el excremento que dejaba por doquier pues se negaba a que alguien que no fuera Abby lo atendiera. Le llamaba a cada hora para intentar preocuparla y para verificar que estuviera en el trabajo. Abby prácticamente vivía en el asilo estirando las horas, inventando obligaciones para no tener que enfrentarse a su realidad apestosa a orines y excrementos. Todavía conservaba a sus cincuenta y tres años algo de la belleza que hizo que él se enamorara y por eso desconfiaba de ella. Por eso no quería que nadie lo atendiera. Ella para torturarlo se hizo algunas cirugías; una para estirarse el rostro y otra para aplanarse el vientre. Se cortó su pelo rubio para darle volumen y lucir joven. Comenzó a maquillar sus ojos azules y a vestir más juvenil para completar su venganza. Cuando el viejo le preguntaba si tenía un amante, se reía burlándose y le juraba que a nadie tenía más que a él.

Abby era el terror de sus subalternos. Parecía un fantasma que aparecía a cualquier hora. No dormía. No tenía hora de entrada ni de salida. Controlaba, dominaba todo. Sabía todo lo que pasaba, como se hacía y quien lo hacía. Exigía explicaciones de todo y a todos. Parecía un pulpo controlador que acaparaba con sus tentáculos toda las operaciones del lugar. Nadie sabía más que ella. Creía que sabía tanto como un médico. Se enfrascaba en acaloradas discusiones con los galenos hasta el punto que alguno había renunciado a continuar rindiendo servicios al asilo.

Una madrugada aborrecida del hedor Abby decide irse al asilo. Aparca su vehículo, un Mercedes Benz deportivo rojo, frente al edificio de columnas blancas adornadas con guirnaldas de geranios. Se había tirado encima lo primero que encontró, un pantalón negro y una blusa blanca ancha que disimulaba sus curvas. Agarra su bolso enorme, se baja del Mercedes y camina hasta la puerta. Echa la llave y abre la puerta de cristal. Desde el recibidor desde donde se pueden observar tres largos pasillos inmaculados mira uno a uno y no ve a nadie. Camina hasta el comedor que queda al frente del recibidor y está vacío. Sus ojos azules comienzan a centellear y mira su reloj Cartier preguntándose dónde estaría el personal que se supone estuviera de turno. De repente una niña negrita sale corriendo. Sale de un cuarto y se mete en otro rápidamente. Tiene alrededor de tres años, el pelo trenzado con cuentas de colores. Viste un trajecito de cuadritos rojos y verdes y una cinta en la cintura blanca. Lleva zapatitos negros con calcetines blancos.

—¿Qué hace esta negrita a esta hora de la madrugada aquí? —se pregunta condenada. Entra en la oficina de recepción y llama por el intercomunicador al personal. Nadie contesta. Tira el micrófono molesta y sale de la recepción y camina hacia el pasillo del centro donde había visto a la niña. Una mujer negra sale entonces de una de las habitaciones del pasillo y camina hacia ella. Tiene su pelo grifo despeinado, sus ojos enormes parecen salir de su órbita, la nariz chata y los labios muy anchos. Una mujer enorme, gordísima, mucho más alta que Abby. Apesta a sudor y tierra mojada. La mujer parece no verla y sigue sin mirarla. Abby se voltea y la sigue, llamándole. La toca por el hombro, la mujer voltea la cabeza por un segundo pero continua sin hacerle el menor caso.

»Amelia, Amelia. Niña ¡ven! —llama la mujer. Abby siente escalofríos.

—Señora —Abby trata de llamar la atención de la mujer—, por favor, ¡deténgase! ¿Qué hace aquí a esta hora?

Sigue. Sale la negrita de nuevo y se ríe. Ríe muy alto y comienza a dar vueltas alrededor de Abby. Da saltos y la mira mientras sigue dándole vueltas. Abby mira su rostro desfigurado; un ojo fuera de la cuenca, la nariz apachurrada, los dientes afuera. La negrita le grita, su voz es eso: un grito sin palabras, horripilante, desgarrador en el silencio de la madrugada. Todo le da vueltas. Abby busca con sus ojos por si ve algún subalterno pero no hay nadie, solo pasillos vacíos y lúgubres. La mujer regresa y la mira, esta vez con los ojos encendidos en rabia. Abby siente miedo.

—¿Dónde está mi niña? ¿Dónde está mi Amelia? —pregunta con ira la mujer negra, acercándose amenazadora.

—¡No sé quién es su niña, señora! —grita Abby sintiendo el terror que le recorre la espalda, la nuca,el cerebro—. ¡No sé quien es su niña! —dice entre sollozos, cerrando los ojos.

—¡Tú la mataste! —grita la negra abriendo la boca y acercándose para tragársela.

—Amelia Parker era una joven Afroamericana de treinta y cinco años con incapacidad intelectual profunda y que estuvo a cargo de Abby —explicó la administradora del asilo al psiquiatra—. Amelia falleció de un infarto durante el sueño hace varios meses. Es todo lo que sé —dijo.

—Parece ser que esa muerte le afectó mucho y tiene remordimientos. Solo repite ese nombre, Amelia Parker —observó el psiquiatra.

—¡Qué lástima! Una mujer tan eficiente. ¿Podría verla? —preguntó la jefa.

—Sí, claro. Acompáñeme —Caminaron por los blancos pasillos del hospital de enfermos mentales en el que se escuchaban los desgarradores gritos de angustia y desesperación de quienes lo habitaban. El psiquiatra le indicó a la jefa la puerta y ambos miraron por la ventana de cristal de la habitación con pisos y paredes acolchonados para que Abby no se ocasionara daño. Allí estaba con una camisa blanca de mangas largas con los brazos cruzados al frente y amarrados a la espalda.

—Denle más de este medicamento, hay que mantenerla dormida. Amelia Parker es un problema: muerde, es una salvaje. Hay que darle algo para que no despierte —hablaba como dando ordenes a alguien invisible. De repente adquiría una expresión de terror y el miedo se reflejaba en su rostro—. Noooooo, lo siento. No quise envenenarla. Fue un accidente. Perdón, perdón, perdón —gritaba, mientras la negra le mordía y le arrancaba poco a poco los pedazos de su cuerpo.

5 comentarios en “La Negrita

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