La Princesa Al Reves

Una princesa vivía en un país color verde, lleno de árboles centenarios y de arbustos multicolores. Flores de pintor paleta y de olores diferentes perfumaban los aires con aromas deliciosos que alborotan los sentidos de los que allí vivían y los que visitaban. De día sus cielos azules claros y azules profundos de noche, se adornaban con estrellas plateadas que con destellos iluminaban los ojos negros de nuestra princesa y le hacían soñar con otras dimensiones de ensueño. Su país era pequeño, una maqueta perfecta, llena de riachuelos frescos y piedras de diversas formas. Unas ranitas chiquitas con un extraño cantar orquestaban en las noches las más dulces melodías sustituyendo las nanas de los niños al dormir. El agua de su tierra era dulce, era salada, no necesitaba nada para que su piel fuera lozana. No hacia frío ni calor en esa tierra Cristiana, donde hacía mucho tiempo había vivido el indio, el español, y el mulato y se había criado para siempre una raza que no bajaría la cabeza por nada. Rodeaba la tierra el mar, el hermoso mar de la princesa, el que ella iba a mirar siempre que el corazón le dolía y allí frente a él se llenaba los ojos de azul, azul turquesa, azul marino y en el intenso azul lanzaba todas sus cuitas y al darle la espalda al mar sentía que le abrazaba la brisa. Ese mar, le parecía ahora lleno de sirenas que de lejos la atraían con su canto y de allá de otros mundos la seducían gritando que había más de lo que ella siempre había conocido. Ya no era suficiente hacer castillos de arena, ni dibujar su nombre en la orilla, ni caminar en la suave arena, tenía que caminar otras sendas, recorrer otros mundos, llegar a donde no había llegado, conocer lo no conocido. Era simple la princesa, pero muy altiva también, como cualquiera nacido en la tierra del Edén y sus alas que crecían ya no encontraban lugar en su tierra pequeñita para extenderlas poder. Su tierra le parecía que no podía contener la pasión que abrigaba su rebelde corazón. Cerro los ojos la princesa, no escucho razones ni a nadie y dejo su tierra noble para emprender su aventura por tierras maravillosas donde podría volar y extender grandes sus alas en la gran inmensidad.

Llego a tierras extrañas en un ave de acero la princesa en sus ropas bordadas de hilo fino y muy pronto sintió, que se moría de frio, no solo por el ambiente sino porque la gente la veía sin mirarla como si no existiera. Solo se fijaban ella si es que abría la boca para reírse de ella pues hablaba muy gracioso, sería una tonta pensaban, -Que hablar tan ordinario, de que jungla habrá llegado este ser tan diferente-. Miraban su tez morena, su pelo largo azabache, y sus ojos profundos que siempre miraban de frente. -Por qué no baja los ojos, eso hacen estas gentes-. No podían comprender a las princesas soberbias ni a los hijos del Edén. Tampoco que el que no debe y tiene su mirada limpia no tiene por qué esconder sus ojos. Así fue, como la princesa tuvo que iniciar una aventura nada espectacular en busca de aquellos sueños que las canciones engañosas de las sirenas le anunciaron.

Hola, soy una princesa-dijo buscando trabajo en un mercado cercano que le atrajo por los múltiples colores-yo se recoger flores olorosas, mirar el cielo azul, contar estrellas, clasificar perfumes, comprar ropas de seda, escoger de las de hilo fino …- Whaaaaat? Peerrrdooooonnnnnn, mira mi’ja….I am sorry, but I guess your experience is not useful in this place.- Pero señor, déjeme explicarle-le decía la princesa toda estirada y sin perder la compostura-yo también se hacer castillos en la arena y dibujar mi nombre…-Nina, ¿pero en que arena piensas tu hacer los castillos? Aquí no hay playa por lo menos en dos horas y media…Go, sweetheart, estas muy bonita, pero I’m so sorry, no vas para ningún lado…-¿Cómo que no hay playa? ¿Cómo que no hay mar, si yo lo veía desde el ave todo el tiempo desde el cielo cuando venía? ¿Dónde está el mar? ¿Dónde está mi mar?-Y así se fue pensando en su azul, azul turquesa, azul marino, azul intenso, azul siempre su azul.

La princesa era obstinada y regresó al siguiente día – Señor…-You? Again?- Si, mire Señor. Yo soy una princesa. Yo ordeno. Yo hago que la gente obedezca, yo les digo lo que tienen que hacer y me hacen caso.- Really?- Si, de verdad, Señor, yo le enseño.-Corrió la princesa por la calle arriba y abajo. Miraba a las personas que pasaban y les mandaba que se detuvieran. La miraban como si estuviera loca. Su vestido de hilo fino, su pelo suelto, sus palabras que no entendían. Algunos se reían, otros la miraban con lástima, ninguno le hizo caso. La princesa se detuvo, se compuso y se tragó su fracaso. Regreso y le dijo al mercader-Lo que pasa es que no me entienden. De otro modo habrían obedecido. El hombre miró a la princesa y con compasión sonrió-Go home girl, you are not made for this country.-¿Cómo qué? I’m not made for this country? I am a Princess and I will show everybody who I am-.

Al próximo día la princesa se levantó de madrugada y se fue a un parque donde había muchos árboles frondosos y multicolores. Hacia un frío terrible, que con su traje de hilo fino apenas resistía. Pero, la princesa era necia y a nadie escuchaba. Paso horas buscando ranitas chiquitas de las que cantaban la canción extraña con que dormían a los niños en el Edén y que sustituía las nanas. Pensaba, que si las encontraba las podía vender al mercader.-Son muchas, son miles. Si logro encontrarlas tendré mucho dinero y tal vez podré comprar el mercado y sabrán que soy una princesa-. Estuvo buscando hasta que amaneció y no encontró ninguna.- ¿Por qué no encontré ninguna?, son tantas…

-La princesa decidió buscar en los libros- Ranitas que cantan…ranitas con canciones…ranitas…-La princesa encontró su respuesta. Encontró en unos libros dibujos de ranitas muy familiares para ella, de grandes ojos, largas patas y describían un canto tan particular que sustituía las nanas con que dormían a los niños y supo que solo estaban en un lugar del mundo, en su tierra, en su Edén. Que tonta había sido. Sus ranitas eran únicas en el mundo y ella no lo sabía. Lloró, lloró mucho la princesa porque estaba tan inmersa en sus sueños y en los cantos de sirena que pensó que nada tenía y que lo que tenía no era suficiente y no le intereso su realidad. Allí donde se moría del frio del cuerpo y del corazón la princesa de repente extraño su Edén, sus colores, sus olores, sus sonidos, todo lo que invocaba sus sentidos. Ella lo había tenido todo, había sido la princesa del Edén y se convirtió en la princesa de nada.

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