La Creación

Augusta era escritora. Aporreaba su modernísima máquina de escribir Brother De Luxe Modelo 1968 que acababa de comprar con la ilusión de que le atrajera las musas pero no salía de la página que contenía su nombre: Augusta Conrado.

Augusta era una mujer confundida en su tiempo. Había participado en la quema de sostenes en Nueva York hacía unos meses sólo por curiosidad. Se infiltró en un grupo de mujeres feministas para compilar material que pudiera utilizar en alguno de sus escritos. Mientras que las furibundas feministas quemaban los “instrumentos de tortura” que incluían los sostenes, rulos, zapatos de tacón, pestañas postizas y ejemplares de las revistas de Playboy y Vanidades, Augusta las observaba pensando que ella no estaba dispuesta a entregar sus herramientas de seducción tan fácilmente. A ella no le parecía que embellecerse era una tortura ni una humillación. Por el contrario era un deber para sí misma y para el mundo que la rodeaba, especialmente los hombres. Veía la liberación femenina desde otra perspectiva que no era precisamente esta. Para ella significaba libertad de sentir, de expresarse, de pensar —usara sostén o no—, porque la bendita prenda no determinaba su capacidad ni su habilidad.

En cuanto a la escritura estaba segura de que no quería escribir sobre temas de la actualidad. Nada de la guerra de Vietnam, ni de los asesinatos de los hermanos Kennedy, ni del de Martin Luther King. No deseaba involucrarse en el discurso del Movimiento de los Derechos Civiles ni en la anárquica existencia de los Hippies. Los años sesenta eran tan convulsos, una era sin control y a ella le gustaba el orden, el principio y el fin de todas las cosas. Por eso le gustaba escribir. Le gustaba iniciar una historia, crear una cadena de eventos más o menos lógica, llegar a un clímax y un final ya fuera feliz o no, pero final.

A Augusta le gustaba crear personajes con vidas normales; interesantes, humanos pero no tan complicados. Se sentaba por horas frente a su aparato con la ilusión de que algo o alguien saltara de su imaginación y se plasmara en el papel adquiriendo vida propia en un soplo divino, el de ella la Creadora. Viendo que pasaban las horas, los meses y los días y que nada le inspiraba empezó a espiar las noticias locales e internacionales con la esperanza de que alguna idea surgiera de su búsqueda.

Así estuvo por varias semanas hasta que en unas noticias locales apareció la nota en la que indicaba que unos hombres habían secuestrado un avión que salía de Nueva York con destino a Puerto Rico y se lo llevaron a la Habana, Cuba. Le pareció una historia fascinante. ¡Un secuestro aéreo! Había que tener valor para atreverse a semejante cosa. Finalmente había encontrado su héroe. Se llamaría Armando. Al fin le llegaba la musa. Tenía la trama, el argumento. Armando acompañado de otros dos hombres pero él se robaría el avión por necesidad, porque estaba amenazado, porque tenía que llegar a la Habana a rescatar a su amada que era presa del régimen y le habían dado un plazo para completar la entrega. La amada se llamaba Alicia y era cubana, él no. El la había conocido mientras estaba de turista y se hospedaba en el Hotel Varadero.

Alicia era muy joven, de pechos alegres y caderas abusadoras. El moría por su cuerpo y haría cualquier cosa por no perderle, inclusive un acto que le expusiera a la muerte.

—¡Alto, Augusta! —dijo Armando. Augusta miró su cuartilla extrañada de lo que acababa de escribir.

“¿Cómo que alto? Armando no me puede hablar”,  pensó.

—Claro que puedo hablarte—, continuó como si fuera en automático el texto. Las letras se adherían al papel a voluntad sin que Augusta interviniera—. Acabas de hablar de la muerte. Ya me habían contado que te gusta asesinar a tus personajes— protestó Armando.

—No es que me guste asesinarlos o condenarlos a la muerte, es que me parece el final lógico—, dijo y se sorprendió discutiendo con su propia idea. Se levantó de la silla espantada. Sus manos ya no estaban en las teclas y todavía algo continuaba escribiendo. Armando parecía haber cobrado vida y se estaba comunicando. No deseaba morir. Después de todo Augusta no quería escribir sobre la guerra ni sobre magnicidios. ¿Por qué no podía poner un final feliz a su historia? Augusta luchó por varios días con sus ideas. Podía sentir el dolor de Armando al sentirse condenado a muerte sin derecho a apelación. Como escritora sabía que tenía el poder de Dios sobre la vida y la muerte de su creación. Tenía en sus manos la vida y la muerte de Armando.

—Por lo menos hazme un juicio —exigió—. No me condenes a muerte sin darme el derecho a defenderme.

Augusta pensó que Armando tenía razón. Entonces se dispuso a concederle un juicio. Algo sencillo, sin complicación. Tenía que presentar su defensa ante ella, sin intervención de abogados ni testigos. Armando tendría que presentar su defensa ante Augusta.

—Está bien —dijo Augusta—, tendrás el juicio y yo seré tu juez.

Sin perder el tiempo y sabiendo que su vida dependía de ello, Armando se preparó para presentar su caso. Avisó a Augusta que estaba listo y fijó la fecha para iniciar el proceso con toda formalidad. Ese día se sentía muy ansioso. Todo dependía de él. No habría un abogado a quien culpar de su fracaso. No habría testigos que se pusieran nerviosos o que fueran extorsionados o comprados. Por su parte Augusta se había preparado para escuchar los argumentos de Armando objetivamente.

—Conocí a Alicia en el Hotel Varadero el 12 de febrero de 1968 —comenzó Armando—. Yo había ido a Cuba con unos amigos burlando el embargo. Nos habían dicho que habían mujeres preciosas en la Habana. Desde que la vi me volví loco por ella. Decidí casarme lo antes posible y llevarla a los Estados Unidos conmigo. No sabia que era hija de un militar muy importante en la Habana que tenía enemigos dentro del propio partido por ser un favorecido del régimen. De alguna manera sus enemigos se enteraron de mi relación con Alicia y me secuestraron junto con ella. Sabían que yo era extranjero y que trabajaba para una compañía que tenía contratos con el gobierno americano y si sabían de mi viaje a Cuba no sólo perdería mi trabajo sino que me iban a acusar por violar el embargo. Me liberaron pero se quedaron con Alicia y me dijeron que sólo le darían la libertad si me robaba el avión y lo llevaba a Cuba. Me dijeron que si no lo hacía iban a asesinarla. No fue mi intención que el piloto falleciera durante el secuestro. Un pasajero se alteró, el piloto trató de intervenir y saltó sobre mi. Me asuste y disparé —concluyó Armando con voz entrecortada, casi un susurro, abochornado.

Augusta leyó atentamente la exposición de su argumento y por varias días no llegó a ningún veredicto. Concienzudamente pesó la prueba que consistía sólo en la credibilidad del testimonio de Armando. El era su creación. ¿Sería capaz de mentir? No, no lo era. Al menos el Armando que ella había creado no mentía, pues así lo había hecho: sincero, honesto. Pero su acto. Su acto era una ofensa gravísima que tenía que ser castigada no importaban las razones. Augusta lo sabía. Pero, ¿cuál sería el castigo? ¿La pena de muerte? Decidió investigar. Sabía que había pena de muerte en Nueva York. Pero el crimen no ocurrió en Nueva York, sucedió en el espacio aéreo entre La Gran Manzana y Cuba. ¿Qué ley aplicaba en ese espacio aéreo entonces? ¿Aplicaban estas leyes al mundo alterno de las creaciones de la imaginación de Augusta?

Augusta se esforzaba por ser un juez justo para Armando pero su cabeza estaba llena de dudas. Después de todo tal vez habría sido más sencillo escribir de los asesinatos recientes, de los derechos humanos o de los hippies. Ninguno de estos temas requería de ella una decisión, pues ya el Altísimo los había resuelto o estaba por resolver. Era sólo cuestión de exponer su opinión. Miró la hoja de papel en blanco con el peso de la decisión que estaba a punto de tomar. Como Dios sintió arrepentimiento pero no por haber creado al hombre sino por tener que destruirlo. Armando era víctima de las circunstancias pero también había tenido parte en su propia desgracia. El había cambiado una vida por otra en su acto de amor: la de Alicia por la del piloto. La del piloto por la de él.

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