El Sueño De Un Americano

Mack O’Brian es la epítome del hombre perfecto en los Estados Unidos. Caucásico, heterosexual, protestante y joven. Está sentado mirando su televisor de diecinueve pulgadas que tiene trece años —se lo regaló su maestra de matemáticas de séptimo grado—, y que sólo tiene los canales locales que se reciben por una antena improvisada y cuya imagen se ve borrosa. Mack está preguntándose por qué tantos indocumentados cruzan la frontera buscando el sueño americano.

«¿Qué es él sueño americano?», se dice. Siente los muelles del sofá hediondo en donde está sentado. Mira alrededor de su mísera casa móvil.  Ve botellas y latas de cerveza tiradas por dondequiera. Una pequeña mesa con patas de aluminio, una vieja silla y un catre remendado completan sus mobiliario. Sobre la mesa una lata de sopas Campbéll’s abierta, un plato sucio y una cuchara. En el fregadero una olla pequeña y algunos platos y vasos que sabrá Dios cuantos días llevan allí. El lugar está sencillamente asqueroso y él no siente el más mínimo deseo de asear. Mack no cuestiona su miserable existencia. Tiene veinticinco años y lo poco que tiene se lo dejó su madre al morir de cáncer de pulmón. La pobre fumaba tanto más que por vicio por justificar un descanso de quince minutos dos veces en su doble jornada de dieciséis horas de trabajo.

Mack a duras penas había terminado la secundaria. No sabía quien era su padre. A los nueve años comenzó a fumar mariguana con sus amigos del vecindario. A los doce consiguió un «trabajito» llevando paquetes que le daba un tipo que le pagaba muy bien—cinco dólares por paquete—, y lo detuvieron. La policía le dijo que era una mula y que los paquetes contenían droga. Su madre fue a buscarlo a la delegación desesperada y avergonzada. Escuchó con la cabeza agachada el sermón de cómo ser una buena madre, que debía estar más al pendiente de su hijo y tener mejor comunicación con él. Mientras escuchaba se rompía la cabeza pensando quien la iba a ayudar a cuidar a su hijo mientras estaba en sus dos trabajos. La miseria que ganaba en uno solo no le daba ni para pagar la renta, mucho menos para comer.

Desde que Mack nació no se había juntado con ningún otro hombre, la primera experiencia fue suficiente. No contaba con nadie. Ella no tenía padres ni familiar alguno en la ciudad. No sabía donde estaba él padre de Mack y a su familia tampoco podía pedirle ayuda, al cabo nunca creyeron que el niño fuera de él. En el proceso judicial, por ser tan joven a Mack lo dejaron bajo custodia de su madre. Ella, quien era el único sostén del hogar apenas pudo cumplir con las condiciones de la corte y él enseguida volvió a la calle y a sus amigos.

Iba a la escuela como parte de los requisitos de la probatoria y la verdad que allí lo hacía muy bien. Era inteligente, creativo, ingenioso pero también se enfurecía fácilmente y pasaba gran parte dél tiempo en la dirección. La consejera escolar trabajaba con él para aplacar esa ira incontenible y sus esfuerzos funcionaban aunque no por mucho tiempo. El volvía al aula mostrando una destreza tan excepcional para los números, tanto que la maestra hasta pensó que era digno de un reconocimiento y así se lo hizo saber. Al muchacho se le hinchó él pecho de orgullo, de emoción. Nunca antes alguien le había reconocido.

Mack llevó con entusiasmo y excitación la invitación de la ceremonia de reconocimientos a su mamá y ella prometió que haría lo posible por ir. Cuando pidió permiso en él trabajo el dueño del bar le dijo que si faltaba la despediría. Ella suplicó y le explicó lo importante que era para su hijo que ella estuviera con él en la ceremonia. Nada pudo hacer cambiar la decisión del mezquino empleador y así tuvo ella que explicarle a Mack que no podría ir con él. Esa noche mientras la madre trabajaba, Mack rompió de furia y frustración sus cuadernos y la invitación mientras lloraba sin consuelo. Al siguiente día no fue a la escuela, ni al siguiente, ni al siguiente. Llamaron de la escuela y de la juvenil se presentaron buscándole. Mack se encontraba tirado en su catre dormido. La noche anterior había estado bebiendo con sus amigos. La madre contestó la puerta y cuando él oficial probatorio preguntó porque él muchacho no había ido a la escuela ella mintió diciendo que había estado enfermo. El oficial preguntó si lo había llevado al doctor. Ella dijo que no, que no tenía dinero para llevarlo.

        —Debo notificar al tribunal de este incidente. Una de las condiciones de la probatoria de Mack es que vaya a la escuela todos los días. Lleve a Mack al doctor y envíeme él certificado médico para evitar tener que comparecer al tribunal —dijo el oficial.

Eso hizo inmediatamente la madre temiendo que todo se complicara y perdiera más tiempo de su trabajo. Mack regresó a la escuela sin ánimo ni interés, sólo iba para cumplir con las condiciones de su probatoria pero era mejor cumplir que volver a la cárcel. Al verlo tan desanimado su maestra quiso animarlo regalándole un televisor. Mack agradeció el gesto de su maestra y se esforzó por mejorar en la clase. Ella fue la única persona que jamás creyó en él. Cuando pasó para secundaria no tuvo quien le apoyara. Iba a la escuela sólo por cumplir. Sus notas eran deficientes y mostraba poquísimo interés en todas las materias excepto matemáticas. A nadie le importaba pero él quería honrar a su maestra, la única que confió en él. Tuvo algunos pleitos con otros estudiantes pero nada que pudiera afectar su probatoria.

Cuando acabó la escuela se decidió a buscar empleo. No tenía ropa decente para presentarse a una entrevista de trabajo. Decidió ir a la tienda del Ejercito de Salvación para conseguir una muda. Allí compró una camisa de manga larga blanca que le costó tres dólares, un pantalón negro que le costó cuatro, y unos zapatos de cuatro dólares cincuenta centavos. El empleado le regaló una corbata y calcetines negros cuando supo que estaba buscando empleo. Salía en las mañanas con su hoja de vida con la ilusión de que podría ayudar a su madre y que ya ella no tendría que tener dos empleos para sufragar todos los gastos del hogar. Iba al centro de empleos y se sentaba frente al computador a llenar solicitudes electrónicas pero no cualificaba para muchas posiciones. Ese sistema de buscar trabajo era difícil pues no tenía la manera de que le vieran la cara, de que pudiera hablarles y decirle lo mucho que necesitaba el trabajo, de que pudiera mostrar lo bueno que era para los números. Dependía sólo de lo bien que él pudiera llenar los papeles. Pasaban los días y crecía su frustración. Finalmente contestaron su aplicación y le citaron para entrevista. Se acicaló lo mejor que pudo y se puso su camisa blanca con su corbata, pantalones y zapatos negros.

Cuando llegó al lugar de entrevista era en un almacén oscuro en un cuartucho en la parte de atrás. El entrevistador era un hombre blanco, de baja estatura, gordo, con él rostro curtido y colorado. Estaba sudado y vestía una camisa a cuadros, un pantalón de mezclilla y zapatos deportivos. No hizo muchas preguntas.

—¿Estás dispuesto a trabajar horas extras y sábados y domingos?

—Sí señor, claro que sí —contestó Mack asustado.

 —Pues tienes que levantar cajas y manejar el equipo de carga. Si te interesa el trabajo tienes que presentarte la semana próxima con el jefe de almacén —dijo el gordo

—Sí señor, me interesa. Aquí estaré la próxima semana —dijo con entusiasmo.

Salió de la entrevista muy contento y fue corriendo a decírselo a su madre. Ella lo abrazó y sonrió cuando él le dijo que podía dejar su segundo trabajo.

—Tienes que recibir tu primer cheque, hijo, dijo y se echo a reír llena de alegría contagiada con la alegría de su hijo.

El lunes Mack se levantó temprano y se puso su ropa de trabajo camisa blanca con corbata, pantalones y zapatos negros.

—¿Pero de qué andas disfrazado? —le dijo un viejo que trabajaba en el almacén.

—Es que no estaba seguro que debía ponerme —contestó Mack —. Es mi primer trabajo.

—Espera tengo un «overall» por ahí más o menos de tu tamaño.

Mack se lo puso y se presentó con el jefe de almacén. El jefe era un hombre negro, alto, muy flaco, con la cara arrugada como de haber estado muy expuesto al sol. Nada amigable se acercó a Mack y le señaló una pila de cajas y una máquina.

—¡Muévelas! —ordenó sin preguntar si sabía hacerlo o no. Inmediatamente se marchó.

Mack se quedó confundido pero se subió a la máquina y miró los botones. Poco a poco empezó a manejarla hasta que consiguió mover las cajas. Pasaron los días y Mack se dio cuenta de que él jefe de almacén era un déspota y que maltrataba a los empleados. Maltrataba al viejo que le ayudo él primer día de trabajo diciéndole que era un bueno para nada y que ya era tiempo de que se retirara. El viejo no podía retirarse todavía aunque estaba enfermo porque estaba esperando él tiempo de jubilación para tener derecho a su compensación por retiro. El negro era abusivo, pendenciero e irrespetuoso. Mack se mordía la lengua para no contestarle.

El viejo le aconsejaba que no le hiciera caso pero cada vez se le hacia más difícil, como cuando empezó a hacer comentarios soeces a la secretaria dél almacén. La veía llegar en las mañanas y le echaba piropos que hacían arder la cara de la muchacha y la de los hombres que los escuchaban que sentían su vergüenza. Nadie se atrevía a enfrentarle. El hombre administraba con mano de hierro y todos le tenían terror. Todos menos Mack. Una noche Mack se había quedado más tarde para terminar de colocar unos sacos de cemento cuando observó salir a la secretaria. Ella se despidió de él. Cuando estaba por subir a su automóvil vio como él jefe de almacén se le atravesaba al frente. Ella le preguntó si se le ofrecía algo, él le contestó con una obscenidad y se le abalanzó encima. Mack se bajó corriendo de la máquina agarró al jefe por él hombro y le propinó un puñetazo que lo dejó sin sentido. La secretaria estaba muy asustada pero agradecida por haber intervenido. El hombre no despertaba y llamaron a la policía.

Cuando llegó él oficial de la policía resultó ser él mismo que había arrestado a Mack cuando era adolescente y también era amigo del jefe del almacén. Mack fue arrestado y acusado de asalto agravado. A pesar de que la secretaria declaró a favor de éste lo único que consiguió fue perder él empleo ya que él jefe inventó que ella y Mack se habían puesto de acuerdo para robar él almacén y por eso estaban allí tan tarde. Dijo que los había descubierto y que por eso Mack lo había agredido. Mack recibió una sentencia de cinco años en los que sólo recibió visitas de su madre y de la secretaria quien se convirtió en su mejor amiga.

También conoció a Cristo. Se dice que Cristo vive en la cárcel de Bexar County. Todo el que entra allí le conoce y Mack no fue la excepción. Así leyendo la Biblia pasó gran parte de su estadía en prisión. Un día su amiga llegó para anunciarle que su madre estaba muy enferma. Se había desmayado en su empleo y cuando fue al hospital le diagnosticaron cáncer de pulmón. Mack suplicó al Cristo que lo había salvado que también salvara a su madre pero no sucedió así. Su madre falleció enseguida.

—Tu madre dejó un seguro para ti —le comentó su amiga—. Yo lo podía cambiar porque tu estás aquí. Usé una parte para el saldo de la casa móvil y el resto lo guardé en una cuenta para cuando salgas.

Mack le comentó lo del dinero al evangelista que visitaba la cárcel quien le convenció de que aportara él dinero para la causa.

—El Señor sabrá recompensarte cuando salgas —le dijo posando sus manos sobre la cabeza de Mack quien creyó en la palabra del Creador.

Sin pensarlo llamó a su amiga y le pidió que cancelara la cuenta y le entregara el dinero al pastor. Cuando se cumplió el termino de su condena y salió a la calle fue directo con el ministro para que le ayudara a conseguir un trabajo. El evangelista se desentendió y no le quiso atender. Entonces Mack se dio cuenta de que lo habían utilizado igual que utilizaban al Cristo. Mack se refugió en su casa móvil y en su amiga. Unos meses después le llegó una niña y la mujer hastiada de esperar por un cambio lo abandonó. Mack se cansó de buscar trabajo.  Nadie lo empleó por su expediente criminal. Aprendió a vivir con poco y se conformó. Su medio de transporte una vieja bicicleta con el sillín roto y remendado. Al frente una canasta con un letrero ya borroso escrito con marcador que decía: “Mack Delivery” y su número telefónico.

Sentado frente a su televisor de diecinueve pulgadas viendo las noticias que anuncian que ciento cincuenta y siete mil niños de Centro América han llegado solos a la frontera Mack se pregunta para qué vienen a los Estados Unidos.

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