¿Cómo fue?

Conchita se mira al espejo de la visera del auto. Se retoca los labios ya color rojo y se arregla con los dedos la melena larga y espesa teñida de rojo. Decide bajarse y se pone unos zapatos de tacones de seis pulgadas rojos también. Lleva una falda negra tan ceñida al cuerpo con la que apenas puede caminar y que en conjunto con los zapatos más bien parece que va haciendo malabares. Lleva una blusa blanca una o dos tallas más pequeña y los senos parece que le van a explotar. Va para la guerra,  se dice, y hay que llevarse todas las armas.

Entra en una sala llena de gente. Todos se ven asustados o al menos preocupados. No ve ninguna cara familiar. Se sienta en el banco de atrás desde donde puede divisar a todos; los que están, los que entran y los que salen. Mira el reloj impaciente hasta que lo ve entrar acompañado de su abogado. Conchita está sola pero no le importa, tiene las de ganar.

Llaman el caso y Conchita llega hasta su podio trastabillando por causa de los zapatos. Lo mira, a él y al abogado con aire triunfante de arriba a abajo como quien mira a un gusano y se ríe de soslayo, burlona. Vuelve la cabeza desafiante y su melena achiote fluye trás de ella. El juez escucha la prueba y como ella anticipa gana.

El la ve salir de la sala con sus labios rojos, su melena roja, sus zapatos rojos, su falda ceñida y su camisa apretada, y se pregunta cómo carajos  esa mujer le gustó algún día.

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