¿Casada?

Pues sí. Aida estuvo casada alguna vez, la verdad creo que varias veces. No sé muy bien porque yo no soy entremetida y sólo lo deduzco de lo que ella misma me ha contado. De lo que estoy segura es de que estuvo casada con un gringo de ojos azules inmensos que parecía un venado enfocado en la noche por una luz brillante. El hombre era más blanco que “Powder” y tenía la cabellera como la del dios “Thor”. Ella misma todavía se pregunta qué le vio, pero le atribuye su ceguera, a una terrible calentura insatisfecha. Cuando se divorció se enteró, de que el hombre trabajaba para la agencia de inteligencia federal y a ella se le pegó la idea de que el hombre era espía. Pensándolo bien sabe Dios y de ahí le viene el hábito de fisgonear a la Aida.

Pero volviendo al gringo, él había estado casado con una coreana antes que con Aida, y ésta lo había abandonado con dos hijos, un niño y una niña a los que Aida llamaba Satanás y Lucifer. Y no es que Aida fuera de mal corazón, es que las criaturas se las traían. Lucifer estaba preñada de un ganguero a los quince años y Satanás tenía un caso en la juvenil por haber entrado en la noche a su escuela a robar computadores.

Resulta que Aida no había conocido a la coreana hasta el día del paritorio. —Nunca te dejes vencer por la lástima —decía. Cuenta que Lucifer rompió la fuente como a las once de la noche, del mismo día en que se mudaron a la casa nueva. Aida, que parecía un espantajo, esmorusada y molida, salió corriendo como ameritaba la ocasión. Cuando vio a Lucifer muerta de miedo y retorciéndose a las primeras contracciones, se compadeció y convenció al gringo de que la muchachita necesitaba a su madre en un momento como ese. El gringo que no entendía nada de las cosas de mujeres, se dejó llevar por la compasión de Aida y llamó a la coreana, quien luego de muchos ruegos accedió a llegarse hasta hospital. Pasaron tres horas antes de que apareciera la mujer.

Eran alrededor de las tres de la mañana cuando se presentó la diosa madre coreana, vestida con un traje blanco de hilo, zapatos de tacón, el pelo recogido agarrado con peinetas de nácar y maquillada con un lápiz labial muy rojo. La mujer brillaba tanto que se parecía a Yunjin Kim con todo y reflectores encima. Aida que parecía un esperpento, se sintió como cucaracha albina y humillada salió de la habitación hasta que acabo el evento.

Como Aida nunca engancha los guantes, agarró su actitud de-a mi no posterga nadie- y corrió al salón de belleza para lucir fabulosa en el próximo encuentro con la coreana. Luciendo como la Jennifer Lopez, Aida fue a visitar a la parida al día siguiente, pero la coreana no estaba por todo aquello. Y como obra del mismísimo Lucifer (el de verdad), la muchachita que le pide que se quede con ella esa noche para cuidar a la bebita. Aida que tiene el corazón blandito y se le salían las babas por la recién nacida, aceptó sabiendo que sería una larga noche recostada en el sillón.

Unas voces que la despiertan en la mañana. Aida siente la boca seca y las babas bajándole por el cachete. Abre los ojos y allí como la Venus de Nilo, estaba mirándola burlona la coreana.

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