Periodista

—¡Qué no, que no soy lesbiana! —explicaba Aida a Conchita—. Es que si lo fuera lo diría tranquila. ¿Qué de malo tiene si me gustaran las mujeres? Pero ese no es el caso. Yo nada más curioseaba, porque ese culo bomba no podía ser de verdad.

—Pues entonces Aida, tienes que buscarte una forma de “curiosear” con menos peligro. ¿No te bastó con el asunto del chino, ni el del palenque, y ahora con la negra del culo bomba? Un día de estos te parten la madre…

—Pues tienes razón mi Conchi…habrá que buscar la manera de seguir mi vocación…

Tomando en serio esta vez su situación,  ya que le dolían sus costillitas rotas, Aida tomó el toro por los cuernos y decidió ingresar a la universidad nada más y nada menos, que a estudiar Periodismo para de este modo fisgonear, huronear, entremeterse, curiosear, husmear, cotillear, murmurar y chismear, todo profesionalmente y con licencia. Loca de contenta inicio el curso escolar, sentándose por supuesto en el último asiento, cosa de poder enterarse de lo que sus compañeros hacían o decían y así ir entrenándose para la profesión que era la vocación de su vida.

El profesor era un bombón de rico. Daba gusto coger clase con aquel muñeco. En la primera clase hablaba del honor de ser parte del cuarto poder y ella lo escuchaba blah, blah, blah, porque estaba más interesada en sus labios carnosos y sensuales que en el bendito poder. Al final de la clase, el bombón rico dio la primera asignación. El primer trabajo de periodismo investigativo. ¡Qué emoción! Había que entrevistar a un político sobre cualquier tema. El muñeco les otorgó a nombre de la Universidad un carnet provisional para poder llevar a cabo la tarea periodística. Aida como todos sabemos, es muy aplicada en materia de investigaciones y le hacía mucha ilusión ir, sin temor a terminar en un enredo,  a averiguar la vida de alguien con credencial y todo. Hizo una llamada al Ministerio de Salud y consiguió enseguida una entrevista con el mismísimo Ministro lo cual la llenó de orgullo. La verdad que esto de la credencial trabajaba que era una maravilla.

Llegó el gran día de su primera asignación. Se vistió muy profesionalmente con una falda negra, blusa blanca y zapatos negros. Agarró su libreta de apuntes y llegó quince minutos antes a la cita señalada. Se anunció creyéndose Oriana Fallaci, entregándole su tarjeta de presentación a la secretaria del Ministerio. Las tarjetas las había hecho imprimir para presumir.

—El Ministro está un poco atrasado. ¿Si no le importa esperar?

«¡Joder, claro que me importa!», pensó, pero con una actitud muy profesional sonrió amablemente y  tomó un asiento. Una hora más tarde, todavía estaba esperando cada vez más encabronada. Meneaba las piernas, taconeando nerviosamente. Dos horas y media mas tarde,  cuado ya estaba sin uñas,  la secretaria le anunció que el Ministro había llegado y que estaba dispuesto a atender su entrevista.  Aida, que estaba frenética con la espera, entró a la oficina del Ministro y fuera de sí preguntó:

—Señor Ministro, ¿qué hay del rumor de que usted tiene relaciones con una jinetera cubana?

—¡Seguridad! —gritó el Ministro. Enseguida dos mastodontes vestidos de guardias civiles entraron y agarraron a Aida por los brazos, llevándola por el aire hasta que la tiraron a la calle. De esta manera terminó Aida, su prometedora carrera periodística, sin entender que le molestó tanto al Ministro, si ella tenía licencia para preguntar.

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