El Policía

Al encontrarse con aquel pimpollo de policía frente a ella y sabiendo que estaba toda espeluzada y azul por el sofocamiento sufrido adentro de la burka, Aida quiso convertirse en pitufa, volverse enana y desaparecer. Pero no tenía remedio, tenía que darle frente a su destino y desnudarse-metafóricamente hablando-contándole toda la verdad al oficial.

Le contó que ella había sido víctima de un vil secuestro y cuando la encontraron en el alero del Ritz, no estaba tratando de suicidarse sino de escapar a su terrible destino. Pues para hacer la historia corta, el hombre que había quedado absorto y anonadado ante la singular y sublime belleza de Aida, le ofreció su protección y hasta un abrazo para que ella pudiera llorar en su pechito. El policía también se brindó a llevarla al hotel donde ella se estaba quedando, y mientras iban de camino, el hombre que recibe un llamado del despacho en el que le requieren que vaya urgente a un domicilio donde se había reportado una disputa doméstica. El policía que tenía que acudir al llamado con prontitud le pregunta a Aida si le importa acompañarlo.

—Nooooo, para nada. Cumpla, cumpla con su deber oficial —dijo Aida toda excitada.

Los cielos se habían abierto para Aida. Hasta podía escuchar una música angelical como confirmando una profesía. ¿Cómo no se le había ocurrido que ser parte del cuerpo policíaco podía ser el camino para completar sus ideales? Ya Aida se imaginaba siendo detective indagando, preguntando, averiguando, persiguiendo, rastreando…todo, todo lo que ella deseaba en la vida y con las credenciales que le autorizaran para ello. Nadie se iba a interponer esta vez entre Aida y sus sueños.

Cuando llegaron al domicilio de la disputa doméstica, el policía le dijo a Aida que esperara en el carro y se fue a cumplir con su deber. Aida que no estaba dispuesta a perderse el espectáculo, se bajó del auto y se fue a gatas hasta llegar a una de las ventanas de la casa, que ella calculó le darían una buena perspectiva del lugar. Poco a poco se fue asomando por la ventana, hasta estar segura de que nadie la veía fisgoneando. Pudo ver a un hombre todo arañado en la sala de la casa, a una mujer con las greñas revueltas y varios hematomas en la cara, llorando en la cocina. Su macharrán policía, estaba en la puerta y aparentemente había pedido permiso para entrar e indagar sobre la denuncia. Tomó asiento y empezó a hablar con el hombre. Aida no escuchaba nada, sólo veía lo que pasaba.

De pronto, vio a la mujer de la cocina, que salió cuchillo en mano corriendo hacia el pimpollo.  Aida no tuvo más remedio que salir corriendo de su escondite a avisarle que le iban a dar una estacada. El hombre que se vira, ve la mujer casi encima de él y la agarra por los brazos para someterla. Ella se retuerce como fiera endemoniada y lucha para soltarse de la llave. El marido que le brinca encima al polizonte a puñetazos y Aida…¿Qué iba a hacer Aida? Lo que cualquiera hubiera hecho…  Se le monta a caballo al marido para quitárselo de encima al pimpollo. Lo muerde, lo hala por el pelo, le da una llave china-que la aprendió cuando el asunto aquel del chino. En fin, se luce con mil y una habilidades que ni ella sabía que tenía.

El pimpollo boquiabierto ante tal despliegue de sagacidad, destreza y pericia, pide refuerzos y diez patrullas llegan en menos de lo que canta el gallo y toman control del desmadre. Aida termina condecorada por el Cuerpo de Policía Municipal de Madrid, aunque el romance con el pimpollito no duró mucho.

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