Cuentos de Ipagüima

Ipagüima, la isla a la que los conquistadores perdonaron y no le cambiaron el nombre. Tal vez porque era tan pequeña no se tomaron la molestia de nombrarle un santo. Entre ellos la llamaban la Isla Verde. Y es que todo en la isla era verde. Los llanos, los montes y la sierra eran una alfombra de terciopelo verde. Entre sus mil tonalidades lo único que rompía la monotonía eran las flores con sus diversísimos colores y las cuatro esquinas en donde el mar se juntaba con el cielo en un azul perfecto e indomable. No hacia frío ni calor pues una eterna primavera la arropaba y los rayos de sol no quemaban sino que eran tibios y llenaban de energía a los pobladores de tan peculiar islita. Olía siempre a café y a caña de azúcar. En Ipagüima se tomaba café en la plaza religiosamente tres veces al día y allí todos se ponían al día de los chismes caseros, nacimientos, muertes y cualquier otro acontecimiento que fuera de interés mientras los niños jugaban alegremente. Nadie se metía en la vida del prójimo. Los problemas domésticos se resolvían en casa. Ahora sí, si alguien estuviera maltratando a un niño, una mujer o un viejo todo el peso de la justicia le caía encima. Mejor le hubiera sido no haber nacido pues la carga de palos y latigazos apenas le dejaría con vida.

La isla era tan pequeña que recibir el correo y viajar era cosa de una vez a la semana. Los servicios públicos se administraban con muy pocos profesionales y empleados. Era suficiente con el médico,una enfermera, la maestra y dos policías. No había cartero. Cuando llegaba el correo llevaban el paquete de cartas a la cafetería de Don Julio y allí la gente pasaba a ver si tenia alguna y de paso la recogían. Tampoco había bomberos. Si había fuego cada uno agarraba un cubo y en comunidad acababan con el incendio. En la isla había doce coches que trajeron en un barco hacía como diez años donados por un millonario que tuvo un accidente en su avioneta y fue rescatado por los isleños. Como agradecimiento mandó los coches que el gobierno usaba para transportar a los pobladores de un lado a otro de la isla y así ganar un dinero adicional para las arcas del estado. La moneda que se usaba en Ipagüima era la misma que se usaba en Tierra Grande y llegaba a la isla con la venta de productos agrícolas que se enviaban en el avión del sábado. El mercado local corría con un único empleado y vendía productos importados carísimos que muy pocos pobladores podían adquirir. Casi todo el mundo tenia un huerto casero, varias gallinas y una vaca para tener suficiente para comer.

Aún así Ipagüima era una república con todas sus letras. Su Presidente no cobraba un centavo por administrar y más bien era consejero de asuntos económicos y financieros de los pobladores de Ipagüima. Y ellos le escuchaban y lograban hacer prósperos sus huertos y ahorrar para cuando había escasez. El poco dinero que recibía el Presidente también era producto de la venta de sus cosechas en Tierra Grande. El vivía como los demás pobladores sin lujos y gozando de las bellezas que su bendecida isla le brindaba. Entre todos los pobladores arreglaban los caminos para que los carros pudieran transitar y construyeron un hospitalito donde el médico podía atenderlos en caso de enfermedad. Había dos iglesias: una Católica y una recientemente introducida llamada “Del Apóstol de Cristo”. Cada una quedaba en un extremo de la isla y tal vez sus dogmas y doctrinas eran las únicas causas de división verdadera en Ipagüima.

Así es Ipagüima. Alegrías y llantos. Ir y venir de un pueblo igual que cualquier otro sólo que éste es de los que tiene menos dinero y es más simple. Los paisajes de otros lados se repiten y los rostros también. Las historias son las mismas. Los personajes tienen distinto nombre pero todos se parecen a las gentes que antes hemos conocido.
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13 comentarios en “Cuentos de Ipagüima

  1. Marcial Candioti dijo:

    Pues a nosotros nos gustaría y nos haría mucho bien estar un par de años en Ipagüima.
    Me encanta la descripción, con los detalles, dan ganas de irse…la Utopía…en el fondo algunos pueblos son así…a mi me toco vivir en lugares chicos, en ciudades de 3 millones de personas las 12 millones que finalmente conforman una sola, ( de 15 milllones ) -ciudades a mi gusto hoy- , no antes, absolutamente lamentables. Al menos por como se vive aquí.

    La simpleza, EL PRESIDENTE si, con mayusculas, el cartero que nunca estuvo, la vida en comunidad, a su vez independiente, el olor a café, el compartir y respetarse…

    Y la descripción de la Isla me encanto, toda la descripción.
    Un Post excelente, y como vienes escribiendo, que deja un mensaje muy optimista, lo que me agrada aún más.

    Te queremos, los queremos, cuidense mucho. 🙂 🙂
    Marcial.

    P.D.: si bien Marce te escribio, ya venimos por el día 11 de baja tensión, ayer hubo tres cortes de luz. Nos salvamos la pc, porque Dios quiso, igual se va resintiendo.

    ¿Porque no te haces una zaga de Ipagüimia? O mejor así, salió excelente el relato. 🙂

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