Cuentos de Ipagüima —Lalo—

Lalo era el menor de seis hijos. Era el único varón. Su padre Gonzalo se dio tremenda borrachera el día que nació proclamando al niño «el gran macho» de la familia. Amaba a las niñas, pero Lalo era su predilecto. Era que Lalo cumpliría con la obligación de todo varón: dar continuidad al apellido Lizarde. Lo veía crecer tan saludable y robusto que las babas se le salían de tanto amor. Tanto era su orgullo que guardó y guardó dinero de las ventas de sus productos agrícolas para mandar a buscar un caballo para su Lalo. Cuando llegó el caballo fue una novedad en Ipagüima. Muy pocas personas podían darse ese lujo, pero para Gonzalo nada era demasiado para su niño. El caballo era una preciosura. Blanco con pintas negras y Lalo decidió llamarlo «El Pinto». Pasaba las horas montado en su corcel cuando llegaba de la escuela y a toda hora. Como era el varón no tenía ninguna responsabilidad doméstica y así creció mimado entre tanta mujer.

— Quiero irme a Tierra Grande —anunció un buen día Lalo a su padre. Había cumplido los dieciocho años y quería ser independiente, fue la explicación que le dio a su descorazonado padre. Gonzalo que no decía que no a ninguno de sus caprichos, no tuvo otra alternativa que preparar a su adorado retoño para la vida en la isla grande. Hasta comprendió los deseos de independencia y se puso en sus zapatos cuando tenía la misma edad. Reunió todos sus ahorros, los puso en manos de Lalo y lo vio partir un sábado en la mañana en el único avión que iba y salía de Ipagüima.

—Vengan muchachos les invito a mi apartamento—decía un Lalo desconocido para Ipagüima. Este vestía pantalones de colores brillantes y apretados en las nalgas y polos muy ajustados. Se maquillaba la cara por las noches con colorete y labial rojo y usaba zapatos de tacón para salir con sus «amigas» a pasar el rato. Caminaba contoneando sus caderas y sacudiendo el pelo que ahora llevaba largo y de un color rojizo subido. Era sin duda libre en Tierra Grande. No tenía que aparentar lo que no era.

Lalo llevaba un sufrimiento hondo en el alma y era no poder satisfacer los deseos de su padre. Amaba a Ipagüima pero no podía volver. No podría soportar que su padre se avergonzara de él. No podría aguantar que lo señalaran en la calle. Hasta que se mudó a Tierra Grande había vivido una gran mentira escondiéndose en los roperos de sus hermanas para ponerse sus ropas y zapatos. María —la menor—, conocía su secreto y se lo llevaría a la tumba de ser necesario. Era su cómplice y su consejera, lo más que extrañaba de la isla. Ella y su traje violeta. Es que era muy bonito con encajes y cintas blancas que terminaban en lazos. Muy femenino.

Una vez por poco Gonzalo lo agarra vestido con el traje violeta. Cuando venía por el pasillo modelándolo a María esta le dio tal empujón que cayó enterrado en el armario y así se escapó de que el padre lo viera. Por eso tuvo que irse de Ipagüima . Sabía que en algún momento lo descubrirían y la verdad mataría a su padre.

####

                   Tocaron la puerta. Lalo miró a su compañero dormir plácidamente junto a él. Eran las once de la mañana del sábado. ¿Quién podría buscarle tan temprano? Se estiró y se sentó en la cama. Siguieron tocando un poco más fuerte. Lalo se pasó la mano por la frente y se peinó hacia atrás. Se levantó lentamente y miró nuevamente a su compañero. «¡Es tan lindo», pensó! Fue arrastrando los pies hacia la sala y se dirigió a la puerta. Agarró la perilla y abrió. Gonzalo Lizarde en persona estaba frente a él. Lalo tembló. Temió lo peor. ¿Cómo iba a avisarle a su compañero que se escondiera? ¿Cómo se escondería él?

—Lo sé todo Lalo. Sé quién eres y lo que haces—dijo Gonzalo con una voz tan suave que Lalo jamás hubiera podido imaginar escucharía—. Por eso te fuiste de Ipagüima . ¿Tenías miedo del mundo? ¿Tenías miedo de mí?

—Padre, ¡perdón! Yo no sabía quién era entonces pero ahora lo sé. Esto es lo que soy —contestó mirando hacia el suelo compungido.

—¿Y crees tú que lo que dices que eres te hace diferente al hombre que engendré? Eres mi hijo Gonzalo Lizarde. Te vi nacer y crecer. Te amé y te amaré no importa cómo te veas por fuera—. Gonzalo abrió sus brazos tan anchos como pudo y arrulló a su Lalo como cuando era un niño.

Lalo volvió con su padre a Ipagüima . Hubo fiesta en su casa y sus hermanas le prestaron sus vestidos y zapatos, aunque el traje violeta siguió siendo su preferido. Gonzalo y Lalo caminaban con orgullo por las calles de Ipagüima y nadie se atrevía a hacer un comentario del hijo más amado. Cuando envejecieron los padres Lalo se hizo cargo de ellos porque todas sus hermanas ya estaban casadas y tenían muchos compromisos con sus hijos y familias. Él se hizo cargo de ellos hasta que dejaron de respirar.

Nunca se conoció un padre más orgulloso de su hijo en Ipagüima ni a un hijo que cuidara a su padre con más amor.

 

 

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6 comentarios en “Cuentos de Ipagüima —Lalo—

  1. ernán dezá dijo:

    “Lo sé todo”, trajo el lagrimón. Gracias amiga, nunca tuve la necesidad de verme en esa situación, que termina con bastante frecuencia de una manera muy negativa.
    Un abrazo no tan apretao, para no pegarte los virus. 🙂

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