El pueblo de las siete calles.13

El juicio contra Modesto se había señalado para dentro de un mes. Había un revuelo en el pueblo con todo ese asunto. La gente se miraba los unos a los otros tratando de adivinar qué postura tenían en todo aquello. Se juntaban en el bar del pueblo y hablaban bajito entre los que se tenían confianza apostando a uno o a otro final.

—¿Qué le parece Don Guillermo? ¿Usted cree que Modesto mató al diputado?

—Yo no digo ni una cosa ni la otra. Usted sabe. Ojos vemos corazones no sabemos.

—Pero siempre se ha conocido a Modesto como un agitador —comentó otro sin hacer mucha bulla.

—Agitar, agitar es una cosa. Asesinar es otra.

—Pero es que a ese tío lo odiaba todo el mundo.

—Puede ser. Pero eso no significa que Modesto se lo apuntara. Y además, ¿por qué?

En eso se quedaron todos pensando. El motivo. ¿Qué motivo hubiera podido tener para matar al diputado? Por más que fueran enemigos políticos y que sus convicciones fueran totalmente opuestas eso no era razón suficiente para un asesinato. En ese punto todos quedaban en un callejón sin salida. Mientras tanto Modesto se reunía con el abogado en su despacho.

—Modesto. Tengo que hacerle una pregunta muy importante antes de empezar cualquier estrategia de defensa —dijo muy serio el licenciado—. ¿Usted asesinó al Diputado Atilano Nuñez?

—¡Abogado! ¿Así piensa usted defenderme? —reaccionó Modesto.

—No se altere, Modesto. Esta es una pregunta que cualquier abogado le haría antes de iniciar su defensa. Es una cuestión práctica. Si usted dice que no, yo le creeré y lo defenderé bajo esa premisa. Ahora, más vale que me esté diciendo la verdad. No hay peor defensa que la que se prepara basada en una mentira. En cualquier momento se cae. Ahora, si me dice que si lo hizo, pues yo lo defenderé como si no lo hubiera hecho pero sabré a qué atenerme. No habrá sorpresas. Y si sale culpable, no me sentiré tan mal.

—Pues no, no asesiné al diputado —dijo aún más molesto —¿Contento?

El abogado sonrió. Estaba acostumbrado a que los clientes se sintieran incómodos con su pregunta de introducción. Probaba con ello la piel del imputado. Si no eran capaces de soportar la pregunta que él les hacía pasarían muy mal rato durante el juicio. Contestada en la negativa ya podían sentarse a hablar de cómo planeaba el licenciado salir del problema.

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