Asylum.3

Unas horas más tarde la coja me informó que tenían una habitación para mi. Ella tomó unos papeles y abrió la puerta con la llave. El hombre enorme que cuidaba la puerta afuera se puso de pie como si le hubiesen hecho una señal. La coja iba a mi lado izquierdo y el hombre al derecho. Pensé en empujar a la coja y salir corriendo pero sabía que no llegaría muy lejos en aquel laberinto blanco. Llegamos al ascensor y subimos varios pisos hasta una puerta en la que me sentí como un paquete que se entrega. La coja le dio los papeles a la que estaba adentro y detrás de mi se cerró la puerta. El ruido que hizo la puerta al cerrar me hizo sentir una corriente eléctrica que subía desde la base de mi espina dorsal hasta el cerebro. “Así se sentirán los presos”, pensé.

Me llevaron a una habitación en la que estaba una mujer con unas TETAS enormes. Y digo tetas y no pechos, o senos, o busto porque aquello no se podía llamar con eufemismos. Aquellas tetas eran descomunales, extraordinarias, monstruosas, monumentales, ofensivas. Me acordé de mi clase de geografía: las estalactitas son las que cuelgan, guindan, van de arriba hacia abajo. Me sentí chiquitita, diminuta, intímidada ante el horror de aquella presencia. Sus tetas lo ocupaban todo. Aquella mujer no sabía lo que era un sostén. Ni ese día ni en los días subsiguientes la vi con uno. Era difícil mirarla y no verlas. Lo peor era que quería tener la puerta cerrada todo el tiempo. No estuve en la habitación diez minutos cuando me dio un ataque de claustrofobia. Le dije a la enfermera que no podía estar encerrada (menos con la de las tetas). Creo que la enfermera entendió mi espeluznante situación y por misericordia me cambio de cuarto.

Me dio varias toallas y ropa de cama. Así como en las películas de los presos. Y me dejó en lo que sería mi habitación por los próximos días. Vestí la cama y me tiré en ella cuando me anunciaron que tenía visita. Salí arrastrando los pies en aquel oscuro lugar. No sé si era oscuro o era yo la que lo veía así. Mi visita era Pancho. Quería saber si había comido. Quería saber cómo estaba. Yo seguía furiosa. Más furiosa sabiéndome rodeada de desquiciados.

—¿Por qué me pusiste aquí?—le reclamé.

—No había nada que yo pudiera hacer por ti. Además me empujaste—respondió él.

—¿Qué te empuje? —dije levantando la voz—. ¿Qué te empujé? ¡Mira no seas mamao! ¡Pendejo!—dije todavía más alto. Creo que todo el mundo me escuchaba. Pancho estaba rojo de vergüenza.

—Por favor, todo el mundo te esta oyendo…

—¿Y qué carajos me importa? ¿No estoy en dónde están los locos? ¡Estoy certificada como loca! ¡Puedo gritar lo que quiiiiiierrraaaaaaaa!

Me levanté y me fui mientras le decía que no quería volver a verlo.

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