Asylum.6

Se llevaron a Pedro para que los demás no tuviéramos ideas aunque todos nos dimos cuenta de lo que sucedió con él. Vinieron a buscarlo en una camilla y nunca más lo vimos. Le pregunté a Leslie y después a Basilio si tenían más información pero ninguno sabía más de lo que sabía yo. Allí transcurría el tiempo lentamente y solo mis conversaciones con Leslie me ayudaban a pasarlo más rápido. Leslie era escritora. Había publicado un libro de aventuras para niños y me regaló un ejemplar. Era una niña muy dulce y yo me preguntaba qué hacía allí. Me gustaba su olor. Tenía un olor como a vainilla. Me contó que le gustaba estar allí. Sospeché que tenía interés por Basilio. Era demasiado obvio que le gustaba. Salía del cuarto por las noches y no regresaba hasta la mañana. Decía que caminaba con él y hablaban mucho. No sé de dónde sacaba tanta energía.

En la lucha de los zombies conocí a otro que estaba peor que el primero. Andaba descalzo y vestido de negro. Babeaba. Se reía como estúpido sin razón alguna. Daba vueltas por el pasillo. Y me cogió el culo. ¡Sí! ¡Eso mismo! Mientras hacíamos la fila para que nos administraran nuestros medicamentos yo sentí que se me acercó por detrás. No puse mucha atención hasta que ¡zas! Me lo había agarrado con la mayor desfachatez.

—¡Ay! ¡No me toques!—grité. Todo el personal se quedó mirándome—. ¡Es que me ha agarrado el culo!—continué quejándome. —¡Le voy a pegar!—anuncié furiosa.

—Si le pegas será de paciente a paciente y no diremos nada —dijo una enfermera. De algún modo eso me hizo recapacitar. Aquel infeliz no aguantaba una bofetada. ¿Y si le rompía la madre?

Decidí lanzarle una mirada asesina e irme del lugar. Entonces me encontré a Janet. Era la única zombie mujer. Caminaba sin descanso de noche y de día. Se metía en los cuartos y se rehusaba a salir. Leslie y yo teníamos que convencerla de que saliera de nuestro baño al que se metía en el medio de la noche. Una noche como a las dos de la mañana tocó la alarma de incendios. Todos los locos salimos corriendo de las habitaciones en pánico. El personal se espantó por temor a un motín. Seguridad subió prontamente a contenernos y asegurarnos que nada sucedía. Janet estaba en una esquina asustada. Leslie me ayudó a regresar al cuarto. Esa noche nos quedamos hablando hasta el amanecer.

—Gisela, —dijo la enfermera —estás hablando muy alto. Leslie y yo empezamos a reírnos. Cerré la puerta y seguimos hablando en susurro para que nadie nos oyera.

A la mañana siguiente me vinieron a buscar porque el doctor había llegado. Busqué a Leslie en la habitación pero al parecer se había levantado primero o andaba con Basilio.

—Me dicen que te has hecho muy amiga de Leslie—comenzó el psiquiatra.

—Sí, hablamos mucho—contesté.

—¿Y de qué hablan tanto?—preguntó. “¿Qué le importa?”, pensé.

—De que a ella le gusta escribir—. Decidí contestar para ver si me dejaban ir antes.

—¿Y piensas que tienen cosas en común?—siguió preguntando.

—Las dos escribimos. Ella escribe profesionalmente. Me regaló un libro. En cambio a mi solo me gusta contar lo que me pasa—contesté. —¿Quiere que le traiga el libro mañana? Está buenísimo.
—Sí, tráelo. Muy bien—. Dijo cerrando el expediente. —Te veré mañana a la misma hora.

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