Asylum.9

—¿Leíste el libro, Gisela?—preguntó el psiquiatra.

—Estoy en eso doctor—contesté.

—¿Y de qué se trata lo que has leído?—insistió.

—Pues es un libro para niños. Ya se lo había dicho—repliqué un tanto contrariada.

—Si, lo sé. Pero debes haber leído algo que puedas contarme. ¿No?—continuó insistiendo. Sabiendo que no iba a dejar de insistir le contesté.

—Es que Leslie siempre me distrae.

—Leslie…hum…¿Cómo va tu amistad con ella?—dijo él cambiando el tema.

—Pues bien. Hablamos mucho—dije—. Ella me ayuda.

—¿Y qué te ha dicho sobre tu peso?—me sorprendió con la pregunta.

—Ella dice que me veo bien. ¿Por qué?—contesté.

—He oído que le das tu comida a Basilio todos los días sin probar bocado.

—No es así. Yo como y le dejo porque se me quita el hambre—. Me pregunté quién sería el chismoso. Tal vez había sido la tetona porque Carmen y Leslie también le daban de su plato. Ella no podía ser.

—No estás bien. Estas bajando de peso de una manera alarmante, Gisela. Voy a ponerte a comer con una persona que vigile lo que comes.

—¡No! ¿Para qué?—respondí molesta.

—Tienes que mejorarte. Somos responsables de ti. ¿No quieres irte?—preguntó mirándome atentamente. Me sentí como un bicho de laboratorio. En este punto ya me había acostumbrado a estar allí. La amistad de Leslie y la preocupación por Basilio formaban ya parte de mi vida.

—Es que tengo alergia a Pancho —le contesté segura de que era una buena razón para quedarme.

—¿Has estado hablando con Carmen?—me dijo el condescendiente.

—Si, ella dice…

—Gisela, no hay tal cosa como alergia a la familia. Eso no es correcto. Ponte mejor para que vuelvas con tu esposo.

—No quiero volver con él.

—Bien. Entonces lo que quieras hacer. ¿No quieres irte? —Volvió a preguntar sin dejar de mirarme.

—No. No quiero dejar a Leslie sola aquí. Me iré cuando ella se vaya.

Salí de la oficina del doctor molesta. ¿Cómo que me iban a vigilar a la hora de comer? Yo me sentía bien compartiendo con Basilio mi comida. Busqué a Leslie para contarle. Cuando entré al cuarto Leslie estaba en su cama escribiendo. Le pregunté qué escribía y me dijo que una historia para niños. Estuvimos un rato hablando de lo que el doctor me dijo. Ella estaba de acuerdo conmigo en que era injusto que me obligaran a comer. Luego hablamos de Basilio y de lo atraída que se sentía hacia él. El día transcurrió lento. A la hora de comer me sentaron aparte.

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