Golpe de Estado.8

Conocí a mi segundo marido cuando Eddie desapareció. Hacía tanto tiempo que no sabía de él que me pareció que no regresaría más. No quería desperdiciar mi vida y decidí que debía continuarla con otra persona. Francisco era un hombre inteligente, con una excelente educación y era consultor financiero profesional. Pensé que con él las cosas serían diferentes y que podría rehacer mi vida luego de mi divorcio y la decepción amorosa que Eddie representaba. Pero no resultó. Francisco, a pesar de ser un hombre amoroso y tierno también era alcohólico. Lo supe después de la boda porque él se cuidó muy bien de que no me enterara de su enfermedad durante el año en que fuimos novios. Planificamos la boda en un arranque pasional e invitamos solo a las personas más allegadas.

Era sábado por la manana cuando tocaron a la puerta y recibí un arreglo de rosas rosadas. Miré la tarjeta y sentí que me desmayaba. Eddie me deseaba un feliz matrimonio y me aseguraba que a las seis estaría en el centro donde se celebraría la boda. Sentí rabia. Era como si se riera en mi cara. No sabía de Eddie hacía casi dos años y de repente se presentaba como si tuviera el derecho de espiar como me trataba la vida.

A las seis y quince minutos llegué al salón del centro. Por supuesto en el último asiento estaba Eddie con su porte magnifico. Me miró y sonrió. Estela le había dicho de mi matrimonio. ¡Traidora!Francisco me esperaba con el padrino de boda al frente. No podía concentrarme en la ceremonia, mi mente estaba en el último asiento y mi corazón anhelaba que él gritara para interrumpir la boda. Pero no lo hizo.

—Puede besar a la novia—escuché decir al celebrante y desperté de mi sueño. Los acordes de la marcha nupcial anunciaban que ya estaba casada, que era el momento de desfilar y de saludar a los invitados. Caminé del brazo de mi segundo esposo y me prometí que esta vez iba a funcionar. Salí del salón donde se celebró la ceremonia hacia el salón de la recepción. Había como cuarenta y cinco personas, entre amigos y familiares de ambos. En un momento Eddie se acercó.

—Estás preciosa, cara de ángel. Ya me voy. Solo vine a desearte que tengas un feliz matrimonio y que la vida te traiga cosas mejores de las que has tenido—Me abrazó, besó mi mejilla y se fue desapareciendo nuevamente.

Esa noche Francisco me descubrió quien era en realidad. Luego de beber como si el licor se fuera a acabar con la excusa de que estaba celebrando nuestra unión, se quedó dormido en nuestra noche de bodas. Me pareció rarísimo que hubiera bebido tanto. Nunca lo había visto así, pero pensé que su excusa era buena. Después de todo, no se casa una todos los días.

Un año después me separaba de Francisco.

—¡Buenos días, cara de ángel!—escuché aquella voz familiar al otro lado de la línea—. Ya sé que no estás casada—. Si había algo que me mortificara en la vida era ese tono de “yo te lo dije”.

—¿Dónde estás?—pregunté. Algo me decía que estaba en el mismo capitolio y que en pocos minutos se presentaría personalmente en la recepción. Salí de mi oficina y efectivamente allí estaba. Me dirigió una de esas sonrisas traviesas que me derretía.

—Pase, Comandante. ¿Qué hace por acá?—pregunté para que la recepcionista me escuchara.

—Estoy coordinando la seguridad de un dignatario, abogada. Llegamos al capitolio y decidí hacerle una visita de cortesía—contestó para también ella lo oyera.

Pasamos a mi oficina en el segundo piso y le invité a sentarse. Yo me recosté del escritorio, frente a él. No dijo nada. Se levantó, pasó el seguro a la puerta y se acercó a mi sin quitar sus ojos de los míos. Desabrochó mi blusa y con su boca buscó mis senos. Me subió sobre el escritorio y separó mis piernas con su cuerpo mientras desabrochaba su pantalón. Metió la mano subiendo por mis muslos y de un solo tirón rompió mi ropa interior. Sin una palabra me hizo el amor para desaparecer de mi vida de nuevo.

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