Golpe de Estado.13

José—dije ahogando un gemido. Me acerqué a la camilla temerosa de lo que iba a encontrar. Pude ver su rostro ensangrentado, desfigurado. Le habían colocado un collar para darle soporte al cuello. No podía abrir los ojos, eran un círculo morado e hinchado. Su boca estaba partida. También hinchada. Miré a la enfermera que le estaba administrando un medicamento, creo que para el dolor.  Ella le pasó la mano por el pelo y se fue.

José—repetí sin saber que decir a continuación—. ¿Qué pasó?—dije finalmente. El me hizo una señal con la mano para que me acercara. Me tomó del brazo con toda la fuerza de la que era capaz en su situación y me atrajo para decirme algo al oído. No lo escuché bien o lo que dijo, no me parecía posible.

Miré alrededor y Eddie estaba esperándome en la sala mirando hacia donde yo estaba. Por un momento nuestras miradas se cruzaron. En ese mismo momento llegó otro oficial de la policía acompañando a Carmelo. Al verme, Carmelo avanzó hacia mi y me abrazó. El oficial se quedó hablando con Eddie.

¿Cómo está? —preguntó Carmelo en voz baja acercándose a la camilla.

No sé. No he hablado con ningún médico. Solo había una enfermera cuando llegué administrándole un medicamento. Ha estado así, dormido. Hasta ahora no ha dicho nada—Mentí sabiendo que solo Eddie me habia visto cuando José me habló al oido.

Entonces déjame ver si consigo a algún doctor que me diga cuál es su condición. Vuelvo en un momento—. Se alejó dirigiéndose al puesto de enfermeras. Eddie todavía estaba con el otro oficial pero continuaba pendiente a lo que pasaba conmigo y alrededor de mi. Esperé a que el oficial se fuera y me acerqué a Eddie.

¿Por qué le dijiste a tu jefe que tu amigo no había dicho nada?—preguntó.

Ahora no puedo decirte. Luego te explico. ¿Está bien?—dije en voz baja. Él asintió.

Quince minutos más tarde Carmelo se acercó a nosotros.

El médico dice que la policía le informó que lo encontraron tirado a la orilla de la carretera. Además de los hematomas y abraciones que podemos ver, tiene las costillas, un brazo y el vaso rotos. ¿Quién pudo hacer algo así? ¿Te dijo algo cuando fue a tu casa?

No—contesté mintiendo de nuevo—. Él llegó como a las ocho a mi casa. Preparamos el documento del que te habló por la tarde que tu tenias que firmar y que iba a presentar mañana temprano en la corte. Se fue a las diez y media como te dije, hacia tu casa.

¡Dios mio! Pensé. ¡El documento está en la computadora de mi casa y mis hijos estan allí dormidos!

Carmelo, voy a tener que irme. Tengo a los nenes solos en la casa y ya son casi las cinco—. Me despedí y cuando estaba a punto de salir con Eddie, Carmelo nos detuvo.

—Comandante, ¿cree que algún oficial se pueda quedar aquí con José?

Si, Senador. Ya habíamos tomado provisiones para asignar un oficial para la seguridad y protección del Licenciado. Según el oficial que está investigando, el incidente no fue un robo. El vehículo apareció no muy lejos de dónde lo encontraron a él y no se llevaron nada. Su reloj pulsera estaba allí, dinero, gafas de sol… Quienes lo atacaron estaban buscando otra cosa, no sabemos qué. No se preocupe. Tendremos alguien asignado las veinticuatro horas—. Aseguró Eddie a Carmelo.

—Bien. En ese caso yo también debo irme. Tengo que estar en el capitolio temprano para resolver varios asuntos importantes. Si puedes, pasa por mi oficina y trae la copia del documento que José me iba a llevar para la firma—dijo Carmelo despidiéndose hasta más tarde.

Saliendo del hospital estaba llegando el oficial para cuidar a José. Eddie le dio instrucciones precisas para el cuidado de José y le encargó no dejarlo solo ni un segundo, ni para ir al baño. Ya estaban saliendo los primeros rayos de sol. Caminamos en silencio hasta la patrulla y salimos del estacionamiento.

—¿Ahora me vas a decir que es lo que esta pasando?—preguntó Eddie poniendo su mano sobre mi muslo.

—No estoy segura. No sé que decirte—contesté en voz muy baja.

—Laura, te vi mintiéndole a tu jefe. Tu amigo si te dijo algo. ¿Qué te dijo?

—Es que no sé. No sé si escuché bien. No quiero que haya una mala interpretación y una falsa acusación contra nadie. Tengo que estar segura. Tengo que hablar de nuevo con José. Mañana pasaré por el hospital luego de ir a la oficina de Carmelo. Seguramente, ya José estará más alerta y le podré preguntar. Estoy confusa, Eddie. Perdóname, pero no hay mucho que pueda decir para ayudar en esta investigación. Todo lo que sé es lo que me escuchaste decir a mi jefe. José estuvo conmigo desde las ocho de la noche como hasta las diez y treinta. Salió a llevar unos documentos para su firma—dije nerviosa.

—Sí. Está bien con el misterio. Pero algo te dijo tu amigo y si es la respuesta a lo que sucedió esta noche es mejor que me lo digas, porque tal y como están las cosas también tu estás en peligro. Por no decirte que tus hijos lo están. Quien hizo lo que hizo, ya sabe que ustedes trabajan en tu casa y querrá la información que está en tu computadora y en los documentos que conservas allí. Tan pronto escuché sobre este robo y que hablaban de que el perjudicado pidió que te contactaran, intervine en la conversación y solicité una patrulla para que se quedara en tu casa con tus hijos veinticuatro horas. Ahora mismo no hay peligro para ellos, hay un agente cuidando tu casa. Pero tenemos que hacer algo inmediatamente para sacarte de tu casa y poner a tus hijos en un lugar seguro. ¿Estamos de acuerdo?—dijo sin ninguna intención de recibir un no por respuesta. La seguridad de mis hijos estaba en riesgo y eso era algo que no podía permitirme por ningún trabajo ni por ningún código de ética.

—¿A dónde vamos?—pregunté.

—Estás bajo arresto domiciliario en mi casa—dijo sonriendo.

—Pero Eddie, ¡tengo que ir a la oficina temprano! ¡Los nenes están solos!—protesté.

—Ya te dije que hay un oficial con ellos. Dentro de un rato llegará una mujer policía también. Tiene instrucciones de darle desayuno a tus hijos, llevarlos a la escuela y quedarse allí hasta que salgan esta tarde. De aquí a esa hora, tu tendrás que decidir que vas a hacer, porque ni tu ni ellos se pueden quedar en tu casa. Yo estaré contigo hasta que te ponga en un lugar donde ellos y tu estén a salvo. ¿Entendido?—. No me opuse. En ese momento necesitaba a este hombre decidido que me iba a proteger sin condición.

Eran las seis y treinta de la mañana cuando llegamos al apartamento. Me dio una toalla y ordenó que me diera un baño. A esa hora, estaba cansada, vulnerable, sin voluntad. Más que la noche sin sueño, estaba extenuada por los eventos pasados. Me desnudé y amarré la toalla alrededor de mi cabeza como si fuera un turbante. Abrí la ducha y dejé correr el agua hasta que estuviera bastante tibia, casi caliente. No podía pensar, estaba aturdida. Solo ideas que iban y venían sin orden alguno. Entré a la bañera y dejé que el agua corriera por mi cara. Escuché que corrieron la cortina. Volteé y Eddie estaba conmigo, desnudo y excitado. Me abrazó con sus brazos fuertes, me apretó contra su cuerpo y pude sentirlo duro, pegado a mi pierna. Sentí como el deseo recorrió mi cuerpo. Tomó el jabón y lo fue pasando suavemente por mi cuerpo mientras me hablaba al oído.

—Vas a estar bien—dijo—. Voy a cuidar de ti. No voy a dejar que nada malo te pase, ni a ti ni a tus hijos. Confía en mi. Te quiero.

Yo solo podía responder con gemidos a las caricias que maliciosamente me hacía mientras me bañaba. Pasaba sus manos entre mis piernas y me tocaba hacia adentro y hacia afuera mientras pillaba suavemente mis pezones con sus dientes. Ya no quería estar en la regadera. Quería irme a la cama. Necesitaba que me amara esa mañana como nunca. Se lo dije. Me llevó a la cama y allí comenzo a besar todo mi cuerpo. Se subió sobre mi y se metió todo entre mis piernas. Podía sentirlo al fin, duro, imponente pero moviéndose suavemente, sin prisa. Me besaba en los labios profundamente y yo podía sentir que me amaba, aunque no me lo dijera. Me tocaba toda y me decia al oído todo lo que iba sintiendo mientras me hacía el amor. Sus movimientos se volvían más intensos y rápidos. Lo sentí tensarse y luego relajarse. Seguía besándome en la boca, en la cara, en mis pechos y no paraba de moverse hacia adentro y hacia afuera, ahora poco a poco, como si no quisiera terminar de hacerme el amor.

Me quedé dormida. Rendida por el cansancio y la satisfacción. Desperté casi a las once de la mañana asustada. Él estaba mirándome.

—Eddie, ¡tengo que irme! ¡ Es tarde! Yo le dije a Carmelo que iría a la oficina.

—Tranquila. Deja vestirme. Prepara algo rápido de comer mientras termino—dijo.

Me vestí rápidamente y fui a la cocina. Preparé dos emparedados con café. Al salir me indicó que iríamos primero a mi casa a buscar la computadora y que le diría a mi jefe que había sido incautada para la investigación de la policía. Yo entré y tomé alguna ropa para mi y los niños. Me cambié rápido. Me aseguré de tenerlo todo. Lo puse en una maleta pequeña incluyendo mi computadora portátil. Solo José y yo sabíamos que los documentos de la investigación estaban en la portátil.

—Comandante, ya estoy lista.

—Muy bien Licenciada. ¿Quiere que la lleve al capitolio?

—Si, por favor—contesté.

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