Golpe de Estado.16

Eran las siete de la mañana cuando Eddie se presentó a recogerme para llevarme al Capitolio. Apenas había dormido contándole a Bianca todo lo que había sucedido. Todavía estaba en la cama cuando le escuché tocar la puerta. Bianca ya se había levantado y abrió. La escuché cuando le invitó a pasar y le ofreció café. Luego sentí sus pasos acercarse a la habitación.

Laura, el Comandante vino a recogerte.

Sí. Voy enseguida—contesté mientras me levantaba y me dirigía a tomar una ducha rápida. Me puse un pantalón cómodo, una blusa de seda y unas sandalias. Me peiné y me maquillé ligeramente. Salí a la sala y allí estaba Eddie tomándose una tasa de café. Bianca me ofreció también.

¿Cómo pasaste la noche?—preguntó Eddie.

Nos acostamos muy tarde. Tuve que darle muchas explicaciones a mi amiga—. Miré a Bianca y sonreí. Ella respondió con una sonrisa también. Apuré mi taza de café—. Creo que ya es hora de que salgamos. El tránsito está pesadísimo a esta hora y me imagino que cuando llegue al capitolio me tendrán un interrogatorio. No sé que más decirle a esta gente para que se estén tranquilos.Vámonos.

Mientras conducía, Eddie tomó mi mano. No decía nada. Solo la acariciaba. Yo tampoco decía nada. Cerraba mis ojos y lo dejaba acariciarme. Sus caricias me hacían sentir segura. Me dejó en el capitolio y me pidió que le llamara tan pronto terminara el día. Le dije que eso sería más o menos a las cinco de la tarde.

Buenos dias, Rebeca. ¿Me ha llamado alguien?

Sí. Te llamó un periodista del periódico Nueva Era. También te llamaron del Diario Repudio y de Prensa Imparcial. Dejaron mensaje de que te quieren entrevistar con relación al incidente de Perdomo—dijo.

¿Le comentaste algo a Alfonso?—pregunté.

No, no ha llegado. ¿Quieres que lo llame y le comente?—contestó.

No, está bien. Yo lo llamo—respondí—.Voy a estar en mi oficina. Por favor, no me pases ninguna llamada y no le digas a nadie que no sea de la oficina que estoy aquí—. Rebeca asintió y me dirigí a la oficina cerrando la puerta detrás de mi.

No sabía qué hacer. Ganaba tiempo escondiéndome en la oficina. Por supuesto que no quería hablar con la prensa. Hacerlo me haría más vulnerable. Las personas que estaban detrás del ataque de José, tal vez no sabían quién era yo, cómo era y qué sabía. Lo menos que quería era publicar mi nombre. Menos que nada mi foto. José se relacionaba todo el tiempo con los medios y este ataque tenía importancia para ellos. Querían saber las circunstancias que rodearon los hechos. Mientras meditaba se me ocurrió que probablemente el Secretario, siempre ávido de entretener a los periodistas, podría ser mi salida.

Secretaría del Senado—contestó una voz aniñada y chillona. La recepcionista de Nelson tenía la voz mas insoportable del mundo que era famosa en el Senado.

Yoly, ¿el Secretario está en la oficina?—pregunté.

Sí.¿Quién le llama?—preguntó a pesar de escuchar mi voz a diario por los últimos dos años.

Es la Licenciada Laguna Reinoso. ¿Me puedes comunicar con él?

Déjeme ver si está disponible Licenciada. La voy a poner en “hold” un segundito. ¿Está bien?—¿Qué podía decir? Por supuesto que estaba bien. Sabía que estaría por lo menos quince minutos en espera, pero era lo más sabio que podía hacer dadas las circunstancias.

Tal como predije, quince minutos después Nelson contestó por su extensión.

Licenciada, ¿a qué se debe el honor de su llamada?—dijo con su tono siempre irónico.

Nelson, te llamo porque los periodistas han estado llamando a mi oficina para entrevistarme con relación al ataque de José. Estoy en el Capitolio pero le di instrucciones a Rebeca de no pasarme ninguna llamada y no decir a nadie que me encuentro aquí. Dadas las circunstancias del ataque de José, pienso que no es adecuado que yo de ninguna información o comentario a la prensa sobre el incidente y he pensado que es más apropiado que tu o Carmelo presenten la versión oficial de los sucesos a la prensa—contesté apelando a su ego. Nelson adoraba la prensa y yo estaría más que feliz que me ignoraran y se presentaran a la prensa como la voz oficial del Senado.

Si, por supuesto. Pensaste bien. Da instrucciones a Rebeca de que si vuelven a llamar me pasen las llamadas a mi extensión. No creo que Carmelo se encuentre con el ánimo de atender a la prensa esta mañana, así es que yo tendré que presentarme para dar la versión oficial. Gracias. Que pases buen día— contestó colgando el teléfono de golpe. En otro momento me habría fastidiado, pero en este me sentía más que afortunada de que él manejara esa papa caliente. Me comuniqué con Rebeca dejándole saber las nuevas intrucciones.

La mañana transcurrió normalmente. Como a las dos de la tarde Rebeca llamó para una reunión a las cuatro de la tarde en la oficina de Carmelo. Llamé a Eddie para decirle que saldría tarde. Le indiqué que tan pronto la reunión terminara le llamaría. A las cuatro tomé mi libreta de notas y subí a la Oficina Presidencial en el tercer piso.

Cuando el ascensor abrió en el tercer piso recordé la primera vez que subí en él. La emoción de la noche en que inauguramos nuestro gobierno. ¡Cuántos sueños! ¡Cuántas ilusiones de cambiar el rumbo de nuestro país! ¡De hacer una diferencia! La sola idea de haber triunfado en aquellas elecciones y de gobernar el país me abrumaba por un lado, pero por el otro me llenaba de esperanzas. ¡Cuántas cosas podríamos hacer estando en el poder! Me vestí de rojo con unos zapatos de tacones tan alto que apenas podía caminar. El capitolio estaba repleto. No había donde estacionarse y dejé el carro sobre la acera. Era una gran fiesta de pueblo. La primera sesión fue impresionante. Estábamos alegres, henchidos, felices. Luego de la ceremonia oficial pasamos al interior por unos refrigerios para celebrar la ocasión con quienes, por los próximos cuatro años, habríamos de dirigir los destinos de nuestro país. La Oficina Presidencial era majestuosa, con sillones antiguos, lámparas colgantes y cortinas de lujo. Había que pasar tres antesalas para llegar hasta la oficina de Carmelo. Esa noche no me di cuenta de lo grande que era porque había mucha gente. Amigos, allegados, colaboradores y personas que de una u otra manera tenían algo que ver con que Carmelo hubiera logrado esa envidiable posición en la alta jerarquía gubernamental. Poco después me di cuenta de lo inmensa que era aquella oficina cada vez que entraba en ella. y me sentía tan lejos y distante del que una vez fue mi amigo. Extrañaba los tiempos de lucha, las campañas políticas, los mítines, las caminatas. ¡Todo era tan distinto entonces! Sentía nostalgia de lo que fuimos y resentía que ahora teníamos que apegarnos al protocolo. Yo tenía que llamarle “Senador” al que un día fue mi amigo. Extrañaba al hombre simple, sencillo y gentil que yo sabía estaba todavía debajo de esas vestiduras, pero que parecía había perdido para siempre.

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