Golpe de Estado.18

Cuando salí Eddie todavía no había llegado. Noté un carro con las luces apagadas estacionado frente al edificio. Tuve miedo. Aún en la oscuridad, pude ver dos hombres adentro. Uno de ellos se bajó y encendió un cigarrillo. Comenzó a caminar hacia mi y me quedé inmóvil. En eso llegó Eddie quien se percató de la situación y encendió las luces de la patrulla. El hombre regresó corriendo al auto y se fue chirriando las llantas. Eddie llamó por el radio para que los detuvieran. Luego avanzó hacia mi y me abrazó.

—Eddie, me están siguiendo. ¿Qué voy a hacer ahora? ¡No puedo ir a casa de Bianca!

—No, no puedes. Tranquila. Te irás conmigo. Vamos a tu casa a buscar ropa.

Mientras estábamos en la casa, llamaron a Eddie para decirle que detuvieron a los hombres que estaban frente al Capitolio. Los interrogaron pero no decían nada. No podían retenerlos porque no era ilegal estar allí. Además, no me habían atacado. Solo podían darle una multa por exceso de velocidad.

Llamé a Bianca y le expliqué lo sucedido. Ella me dijo que nadie había pasado por la casa y me dijo que me quedara tranquila. Cualquier cosa nos llamaría. Esa noche la pasé en los brazos de Eddie. Me sentía tranquila y confiada.

Por la mañana José me llamó. Me dijo que lo iban a dar de alta. Me pidió que fuera a su casa con mi computador. Nunca había ido allí. Era un apartamento pequeño pero cada cosa estaba puesta cuidadosamente en su lugar.

—¿Tienes los documentos?— preguntó.

—Sí. Están aquí.

—Esta noche Carmelo vendrá a verme solo. ¿Puedes venir a buscar el documento y llevarlo al tribunal mañana temprano?

—Si, claro que si.

—Pues te veo esta noche.

Esa noche se completó el documento, lo presenté y pedí hablar con el juez que atendería la causa. Enseguida lo firmó. Contacté a mi emplazador, quien llevó la orden al Bufete Hernández, Parra y Meléndez. Tan pronto la sirvió al mismísimo Licenciado Hernández, me llamó.

—Laura,—dijo—ese abogado se puso rojo de la ira, lo único que le hacía falta era que le saliera humo por las orejas.

—Esa era la idea, Valentín. Mientras más rojo, mejor.

Llamé a José y le informé. Treinta días después recibimos en la oficina unas cincuenta cajas repletas de documentos. Caminábamos entre ellas tratando de decidir por cuál empezar.

—Necesitamos ayuda, José. Esto no podemos completarlo solos.

—Es que está dificil encontrar en quién confiar.

—Yo sé de alguien. Es la Licenciada Aurora Rubio. Ella es una tumba. Está trabajando en la oficina del Senador Ballesteros. Estoy segura que si se la pedimos a Carmelo el hará los arreglos.

—¿Estás segura, chica?

—Sí.

José pidió a la Licenciada Rubio quien se sintió muy honrada de que quisiéramos unirla al grupo de trabajo. Enseguida empezamos a trabajar buscando en aquellas cajas la respuesta a nuestras interrogantes. Llevábamos un mes y medio buscando papel por papel y nada.

—José,—dijo Aurora—encontré una carta de Nelson dirigida al Licenciado Hernández.

—Déjame verla—dijo José acercándose para inspeccionar el documento—. Interesante. En esta carta está pidiendo asesoramiento legal sobre la bancarrota de la tabacalera y las funciones del síndico. El gobierno no tiene ninguna jurisdicción sobre la bancarrota, ¿sobre qué le estaría pidiendo asesoramiento Nelson al Bufete? Laura, ¿tienes el cheque a nombre del Bufete?

—Sí. Aquí está. ¿Coincide la fecha con la solicitud de Nelson?

—Si. Esto se está poniendo interesante—dijo José.

—Hay otro documento aquí—anunció Aurora—. Es del Licenciado Hernández advirtiendo a Nelson que debe cuidarse porque el síndico está indagando sobre unos fondos que se desviaron para unos sobornos.

—¡Bingo!—exclamó José—Creo que ya sabemos porque se “suicidó” el síndico. Creo que estamos viendo la punta del iceberg.

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