Golpe de Estado.19

Debido a la seriedad de lo que estábamos encontrando, le solicitamos a Carmelo que nos enviara a un hotel con escolta de la Policía veinticuatro horas al día, hasta que rindiéramos el informe. Aquellas cajas estaban llenas de evidencia de los sobornos en los que oficiales de nuestro gobierno tuvieron participación. Era doloroso ver una y otra vez sus nombres en aquellos documentos, pero nosotros estábamos en la búsqueda de la verdad, cayera quien cayera. Hicimos un listado de los que se dejaron sobornar por unos cuantos dólares, que ahora le íban a saber a estiércol. Fuimos de nuevo al tribunal solicitando órdenes para tomarles deposiciones bajo juramento. Cada uno de ellos fue notificado formalmente. José y yo empezamos a recibir sus llamadas, rogando que “por los buenos tiempos” que les evitáramos la vergueza. ¡Qué difícil!

Hablamos con Aurora para advertirle que era muy probable que después de esta investigación perderíamos el trabajo. Ella entendió y decidió quedarse. Sin mirar a quién, empezamos a interrogar uno por uno a los involucrados en el escándalo. Con horror nos enteramos que la corrupción no solo alcanzó el Departamento de Agricultura. Los tentáculos de la corrupción estaban en todos los departamentos y agencias. Más nombres conocidos eran introducidos en cada testimonio. Algunos deponentes se quebraron y decidieron dar testimonio de todo lo que sabían a cambio de que reconociéramos su cooperación con la investigación. Uno detalló paso por paso cómo ocurrió el asesinato del síndico que fue ordenado por el Secretario del Senado, Nelson.

Estábamos cortos de tiempo debido a que la elecciones estaban próximas. José, Aurora y yo nos dedicamos en cuerpo y alma a redactar el informe que sería entregado al Departamento de Justicia. José lo entregaría a los medios de comunicación primero, porque sabía que no actuarían con la excusa de la proximidad de las elecciones. El informe tenía seiscientas veintiocho páginas contando las declaraciones juradas de los testigos, cartas y demás evidencia. Esa noche José y yo, con nuestra escolta, nos presentamos a la casa de Carmelo.

—¿Qué hacen aquí tan tarde?—preguntó Carmelo.

—Queríamos que tuvieras copia del informe esta noche. Iremos al Departamento de Justicia en la mañana a llevarlo y discutir los casos criminales que se desprenden de la evidencia contenida en él. La prensa lo publicará por la tarde—contestó José.

—¿Nelson tiene copia del informe?

—No. Carmelo, Nelson es uno de los implicados como responsable del asesinato del síndico de las cafetaleras…

—¿Cómo? ¡El síndico se suicidó!

—No, Carmelo. Hay suficiente evidencia de que no fue así y de que el mismo Nelson ordenó el asesinato. Te trajimos el informe para que lo examines. Humildemente te pedimos que hagas distancia con Nelson lo antes posible. Tu candidatura en las próximas elecciones depende de eso. Este escándalo te va a salpicar de todos modos. Mañana la prensa publicará el informe pase lo que pase. Ponemos a tu disposición nuestros puestos.

Carmelo se quedó en silencio. Lo que pasaba por su mente nunca lo supimos. Nos despedimos y nos fuimos al hotel donde nos esperaba Aurora. Esa noche no dormimos discutiéndo cuál sería nuestro futuro y qué curso de acción tomaría Carmelo.

A primera hora, los tres salimos hacia el Departamento de Justicia. Nos hicieron esperar cerca de cuarenta y cinco minutos en una sala. Luego nos indicaron, que subiéramos al piso noveno donde estaba la Secretaria. Ella se encontraba con cuatro mujeres más. Todas parecían lesbianas, incluso ella. Ojearon el informe sin interés alguno. José le explicó los hallazgos. Se miraron las unas a las otras. De manera parca nos dijeron que los delitos estaban prescritos. José discrepó y le señaló los que no estaban prescritos, incluyendo el asesinato del síndico. Ellas no se inmutaron y dieron por terminada la reunión.

—Hay un lugar en el gobierno que todo el mundo es del mismo color, Laura. Verde, como los billetes.

—De todas formas esto lo esperábamos, ¿no?—dijo Aurora.

—Sí. Es lo que esperábamos—dije yo.

Cuando subimos a la patrulla, el radio estaba encendido. La prensa ya estaba hablando del informe. Ahora teníamos que esperar cuál sería la reacción de Nelson y Carmelo.

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