Golpe de Estado.20

A las cuatro de la tarde, Nelson estaba dando una conferencia de prensa en la que estaba negando todas las acusaciones en su contra. Culpó a sus enemigos políticos ahora que él era candidato para un puesto electivo. Carmelo no le acompañaba. Llamamos a la oficina del Senado y no estaba allí. No se había reportado ese día. Estábamos confusos porque no sabíamos que postura tomaría. Ya era jueves y las elecciones eran el próximo martes. En el cierre de campaña, llamaron a que boicotearan las candidaturas de Nelson y Carmelo.

Carmelo se apartó de Nelson, pero fue tarde. Perdió las elecciones. El escándalo lo salpicó tal y como le habíamos prevenido. Con el cambio de gobierno, no sabíamos cuál sería nuestro destino en el nuevo que se extrenaba. Para nuestra sorpresa, José, Aurora y yo fuimos llamados a la Oficina del Gobernador. Nos ofrecieron trabajo en una oficina especialmente creada para asuntos de corrupción. Sin embargo, nos pidieron que dejáramos descansar el informe que habíamos sometido antes de las elecciones. No nos gustó esa petición. ¡Habíamos trabajado tanto en él! Pero su justificación fue que ya los oficiales involucrados no eran parte del nuevo gobierno y era una pérdida de tiempo continuar los procesos en su contra. Nos explicaron, que nuestra labor era fiscalizar el nuevo gobierno. Insistimos en que fiscalizar el nuevo gobierno sin un punto de partida en las administraciones pasadas, era un imposible. Le pedimos permiso al Gobernador para examinar las finanzas del país en los pasados dos cuatrienios. Pedimos un grupo de quince investigadores para poder llevar a cabo nuestras funciones. Entre estos había cuatro contadores públicos autorizados y tres expertos en finanzas públicas. Cuando empezamos nuestra investigación descubrimos que todos los departamentos estaban operando en déficit. Como quién dice, desvestían un santo para vestir al otro.

Dos años y medio de haber comenzado el nuevo gobierno, el Gobernador hizo el siguiente anuncio en un informe televisado al país:

—El país está en bancarrota. No tenemos para pagar la deuda externa, los acreedores, ni a los bonistas. No tenemos crédito para accesar préstamos del Fondo Monetario Internacional ni del Banco Mundial. Tendremos que despedir el setenta por ciento de los empleados públicos. Subir los impuestos sobre ingresos. Imponer impuestos sobre la propiedad inmueble. Imponer impuestos sobre los bienes de consumo al trece porciento. Sobre la gasolina. Hay que reducir las jornadas de trabajo y reducir los salarios en un veinticinco por ciento. Los acreedores deberán hacer también sus ajustes y nombraré un comité para que negocie esa deuda. Actualmente, el cincuenta porciento de la población está desempleada. Dependen de la beneficiencia. Estamos sacando de los programas de pensiones para sufragar los gastos de estas personas. Las pensiones de los retirados se disminuirán un setenta y cinco por ciento. Estamos en este punto, por causa de la mala administración de los gobiernos pasados. El gobierno continuó tomando prestamos para poder cubrir el déficit y cuadrar el presupuesto anual. Ya no es posible continuar con esta práctica. El país está sumido en una crisis de altas proporciones y espero que ustedes, mis queridos ciudadanos, estén dispuestos a afrontarla y a contribuir con su sacrificio.

El anuncio del Gobernador enfureció al país. Muchos lo abandonaron esperando encontrar mejores condiciones de vida en otros países. Otros, con la esperanza de que las cosas mejoraran se quedaron. Lo cierto es que el país seguía de mal en peor. El sacrificio estaba sobre los hombros del pueblo que ya no soportaba los impuestos. Adquirir alimentos cada vez era más difícil. Los artículos de primera necesidad escaseaban, mientras los líderes del gobierno seguían viviendo cómodamente en sus mansiones sin ninguna limitación.

Los miembros de la Sociedad Civil y Laboral se unieron para paralizar el país. Marcharon hasta el frente del Capitolio en una demostración para rechazar las medidas que el gobierno tomaba en contra del pueblo, mientras los funcionarios se daban la gran vida. El Gobernador no se presentó. Entre el calor y la Policía Montada, los ánimos se caldearon. Empezaron los empujones de la gente, tratando de entrar al edificio. Tiraban piedras. Se defendían con palos de las macanas de los policías. Algunos hombres tenían las cabezas rotas y sangraban. Algunas mujeres luchaban con los guardias que trataban de arrestarlas. Yo estaba en la terraza norte, mirando desde arriba todo ese desastre en donde mi pueblo luchaba unos contra otros. Una mano agarró mi brazo. Era Eddie. Vino para sacarme de allí.

No lo había visto desde que perdimos las elecciones hacía más de dos años.

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