El traje de novia.4

Enriqueta María se llevó el traje con ella a Francia. Allí estuvo guardado por más de cien años, hasta que María Antonieta de Austria fue a casarse con el Delfín. María Antonieta no usó el vestido para su boda, pero se lo probó estando en Versalles poco antes de la boda.

—¿Usted me quiere decir que ese traje sobrevivió a la Revolución Francesa? «No me jodas. Esta vieja ya me vio la cara pendeja», pensé.

—Pues si. Sobrevivió la revolución como sobrevivió al naufragio. No estamos hablando de cualquier vestido. Aunque fue durante la revolución que tristemente se perdió el velo, la corona y la cola—dijo la vieja nostálgica—. Pero niña, no te adelantes—continuó—. Te iba diciendo que María Antonieta se probó el vestido. Aunque lo encontró precioso, usó el ajuar que su madre le envió desde Austria. Los franceses pensaron que la joven le hacía un desaire al pueblo, al no usar el vestido que habían guardado como un tesoro por tanto tiempo y jamás se lo perdonaron. Para colmo, ella era muy joven cuando llegó a la corte y siempre fue tratada como una extraña. Su presencia en Francia estuvo rodeada de escándalos sobre amantes y despilfarro. El rey era muy débil y el pueblo estaba cansado de los abusos de la aristocracia. La revolución arrasó con todo y no hubo cabeza que no rodó. María Antonieta fue decapitada, pero haber sido decapitada, no fue nada en comparación con la pena de no poder proteger a sus hijos. El Delfín murió a los diez años, encarcelado, en nombre de la revolución.

—Muy triste la suerte de María Antonieta—dije como si no conociera la historia. Es que contada por esta anciana, sonaba tan diferente. No sé si era como relacionaba todo con el traje de novia, o si la mujer era muy buena cuentista, pero no podía dejar de escucharla, por insólita que me pareciera la historia.

—Más triste fue la del niño—reclamó ella con un suspiro—. Se te acabó el té otra vez. Vengo enseguida con más.

—¿Por casualidad tiene un baño?

—Si. Pasa por aquí, muchacha—me dijo mientras me mostraba un pasillo angosto que llevaba a la trastienda. El suelo rechinaba bajo mis pies. El baño era un diminuto cuartito que tenía solo un retrete y un pequeño lavamanos. Cuando salí, aproveché para curiosear por un momento. Había tantas cosas en aquella tienda que a mis ojos no tenían ningún valor. Volví a mirar el vestido y mi lógica no me alcanzaba para creer que la realeza de siglos tan distantes hubiesen puesto sus manos en él. No sé por qué pero sentí miedo, pero era más mi curiosidad. ¿Tendría yo mala suerte si me lo probaba? ¿Si lo compraba? ¿Si me casaba con él? Lo miraba y estaba impecable. No parecía que el tiempo hubiese pasado por él. ¿Dónde se perderían el velo, la corona y la cola de siete metros? ¡Siete metros! Fui a tocarlo cuando escuché la voz de la vieja y di un salto.

—¿Estás mirando esa obra de arte de nuevo? Es peligrosa, ya te dije…

—No lo creo…no puede ser peligroso algo tan bello…

—Lucifer es bello y también es peligroso.

El comentario me puso los pelos de punta. ¿Por qué no seguía mi instinto y salía corriendo de allí? Respiré profundo volviendo a mi silla como un párvulo agarrado haciendo algo indebido. La mujer me dio mi té y tomé un sorbo.

— No me ha dicho cómo sobrevivió el vestido a la Revolución Francesa—dije para relajarme un poco. La vieja se acomodó para continuar hablando.

—Dicen que una dama de compañía de la reina huyó llevándolo consigo—dijo alzando los hombros—. No se supo del traje por algún tiempo hasta que el hermano de Napoleón Bonaparte se casó con la hija de un comerciante de Marsella. Ella recibió el vestido de su padre quien mercadeaba sedas. Él se lo compró a una mujer después de la revolución por unas cuantas monedas—. La anciana se calló un momento tratando de hacer memoria—. Julia Clary, así se llamaba la novia. Ella usó el traje—dijo con certeza—. ¡Pobrecita! Bonaparte le dio muy mala vida. Nunca convivió con ella. La visitaba en París y jamás la llevó a vivir con él a España. Cuando fue exiliado a los Estados Unidos, tampoco la llevó. Le era infiel con cualquiera que se le ponía al frente, en especial con las damas de sociedad y ni se escondía para hacerlo. ¡Hasta coplas cantaban sobre sus amoríos! Julia, que sufría mucho, se dedicó a sus hijas y se hizo de la vista larga porque pensaba que era mejor ignorarlo que aceptar la humillación pública. Cuando Bonaparte fue desterrado sus hijas Zenaida y Charlotte lo acompañaron a New Jersey, cargando con ellas el famoso vestido.

—¿Así fue como llegó el traje a América?

—Así fue. Zenaida no usó el vestido, ni se lo probó porque su hermana estaba prendada de la pieza y no quiso ensombrecer su boda usándolo también. Charlotte se casó en Bruselas usando el magnífico vestido. Poco después el esposo falleció en un brote de sarampión. ¡Tenía solo veintisiete años cuando murió! Y Charlotte falleció antes de los cuarenta años. Zenaida fue al entierro de su hermana llevando el vestido de vuelta a los Estados Unidos.

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