El traje de novia.6 (Final)

Pasó más de un año antes de que conociera a Esteban. Estaba segura que era el hombre de mis sueños. Un buen día me citó para cenar en un lugar público y allí mismo se arrodilló a pedirme que me casara con él. Él era perfecto para mi. Por supuesto que le dije que si. No había pensado en el vestido hasta ese momento. Decidí pasar por la tienda y entré. No había nadie en la recepción y decidí entrar hasta la cocina en la parte de atrás. Allí estaba la mujer, me parecía más vieja y más rara. La saludé y ella me abrazó cariñosamente.

—¿Vienes por el traje verdad?

—Si—contesté un poco asustada.

—Puedo sentir que tienes dudas.

—A decir verdad, si las tengo. Es que usted me hizo tantas historias, que aunque no las crea siempre me preocupan.

—Si te preocupan es porque crees.

—Sabe, cuando vine la otra vez, no le pregunté su nombre—dije para cambiar el tema.

—Couturiere, mi nombre es Couturiere.

—¿Couturiere? ¿Su nombre es francés?

—Si. ¿Quieres probarte el vestido?

Debo confesar que por un momento dudé, pero yo no era supersticiosa. La verdad es que no creía en esas historias de vieja loca. Volví a la tienda porque no podía dejar de pensar en aquella preciosidad de vestido que me reclamaba. Allí estaba. En el mismo lugar donde lo dejé. Era como si me hubiera hechizado. Jamás le pregunté a Couturiere cómo el vestido había llegado a ella. En ese momento, lo único que me importaba era tenerlo para mi.

—Si, quiero.

Couturiere bajó lentamente el vestido del maniquí como si fuera a romperse. Me llevó a un cuarto pequeño donde había un espejo. Me dijo que me desnudara. Con mucho cuidado, me puso el traje de novia y una luz radiante salió de mi cuerpo. Entonces vi en el espejo imágenes de niñas y mujeres que pasaban frente a mi como en una película. Me eran familiares. Las había visto en pinturas y fotografías de otras épocas. Unas remotas y otras más recientes. Eran Juana, Catalina, Ana, María Enriqueta, María Antonieta, Julia, Charlotte, Jackeline y Diana. Juana se halaba los cabellos enloquecida. Catalina tenía la mirada lánguida esperando la muerte. Ana y María Antonieta cargaban sus cabezas en las manos. María Enriqueta y Julia parecían la imagen viva del abandono, mientras que Charlotte se presentaba moribunda en la flor de la vida. Jackeline me enseñaba sus manos manchadas de sangre. Y Diana expiraba en la parte trasera de un auto de lujo. No podía moverme adentro de aquel vestido. Miré a Couturiere espantada y me pareció se había transformado en una mujer muy joven, como de otra época.

—Couturiere—dije —. Usted se ve diferente. Nunca le he preguntado, ¿cómo llegó este traje a sus manos?

—Yo misma lo cosí.

Una vez Corturiere dijo esas palabras, me miré y ya no tenía el traje puesto. Supuse que de tantos cuentos que me había hecho ya estaba sugestionada.

—¿Cuándo te casas?—preguntó.

—En un mes.

—Entonces, lo tendré preparado a tiempo.

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