Lázaro.3

El dueño del negocio se dio cuenta de que Lázaro no podía quedarse toda la vida siendo un lavaplatos. El muchacho tenía ángel. Una fuerza interior que le hacía ser mejor cada día. La trastienda no podía contener todos sus sueños y le llamó a su oficina.

—Lázaro, he estado pensando mucho en ti últimamente.

—¿No le gusta mi trabajo, señor? ¿He hecho algo mal?—contestó un Lázaro cambiado. En sus horas de descanso se había registrado en cursos para mejorar su dicción y se notaba como había mejorado.

—No, muchacho. Eres el mejor lavaplatos que he tenido jamás. Pero ya es tiempo de que extiendas tus alas afuera de esta cocina. He hablado con un amigo que tiene un negocio en donde sé que vas a prosperar por la energía y el empeño que pones en todo lo que se te encomienda. Mañana mismo te presentarás con el señor Ramírez de Importaciones Ramírez. Él te estará esperando. Mientras, puedes seguir durmiendo en la trastienda, pero verás que pronto tendrás para alquilar un cuartito y enviar dinero a tu padre.

—Señor, no sé como agradecer todo lo que ha hecho y hace por mi.

—Prospera. No me hagas quedar mal. Así me agradecerás. Y por supuesto, no te olvides de mi.

—¿Cómo he de olvidarme del padre que me dio la vida?

Lázaro se acercó para abrazar a su benefactor, pero él rechazó el abrazo. Siempre había sido un hombre que se las daba de macho, aunque por dentro era un pedazo de pan. Lázaro respetó su espacio y se alejó inclinando su cabeza en señal de respeto.

Al amanecer, como siempre, se levanto Lázaro lleno de ilusión, nervioso. Nunca había tenido una entrevista de empleo formal. En la escuela había aprendido un poco de contabilidad y a perfeccionar su lenguaje. Con esas armas y su encanto natural Lázaro fue al encuentro de Ramírez, su nuevo empleador.

—Buenos días, señorita—saludó a la secretaria—. Tengo una entrevista con el señor Ramírez.

—¿Quién le busca?—preguntó la joven.

—Lázaro Martínez.

—Un momento, por favor. Debo anunciarlo—contestó ella sonriendo.

Lázaro no pudo ignorar la belleza de la recepcionista. Si no obtenía el empleo, al menos habría valido la pena el intento.

—Pase por aquí, señor Martínez—dijo la joven, levantándose del asiento y mostrando el camino hacia la oficina del empleador.

Una vez estuvo adentro, vio que el señor Ramírez estaba de espaldas buscando algo en la credenza. Lázaro se quedó de pie esperando que él se diera cuenta de que estaba allí.

—Siéntate, Lázaro. Ya sé que llegaste—dijo Ramírez todavía buscando entre sus cosas.

—Si, señor—contestó, sentándose en la orilla del asiento.

—¿Qué esperas de esta empresa?—preguntó Ramírez sin siquiera mirarlo.

—Progresar, señor.

—Eso me dijo tu antiguo empleador. Que tienes muchos deseos de progresar en la vida. Y no solo los deseos. Dijo que eres muy trabajador y responsable. Tuviste suerte con el, es muy buen hombre.

—Si, señor. Lo es.

—¿Qué clase de trabajo crees que puedes desempeñar aquí?

—Estudié contabilidad en la escuela.

—Entonces, puedes ser contador. Te colocaré con nuestro contador para que te enseñe como corre la empresa. El está a punto de retirarse. Así es que si te apuras y aprendes todo lo necesario, te quedarás con la plaza.

—Señor, le agradezco esta oportunidad. Pondré todo mi empeño y aprenderé rápido.

Así fue como Lázaro inició otra etapa de su vida. Aprendió todo lo que tenía que aprender gracias a que el contador le enseñaba pacientemente. Cuando el contador se fue, el se convirtió en el contador de la empresa. Con su nuevo salario, pudo alquilar una habitación cómoda y amueblada por un precio módico. Estiraba cada centavo para enviar suficiente a su padre, al que nunca desamparó.

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