María Estorpida.5

Sabina salió el fin de semana a su largo viaje a Carité en busca de Juana “la Lavadora”. Llegó cansadísima a su destino, pero como no quería desperdiciar ni un segundo, se fue directo a la alcaldía del pueblo para ver si alguien podía informarle dónde vivía la familia Hernández Villarreal, que según su mejor recuerdo, era el apellido del ilustre marido de su compañera de lucha.

—¿Y cómo para qué necesita usted a esa familia? —preguntó la mujer que atendió en la alcaldía a Sabina, mirándola de arriba a abajo, pues a la pobre se le notaba el oficio desde un avión.

—Lo que pasa es que hay una muchacha de servicio que es sobrina mía y necesito localizarla porque se le murió la madre —contestó Sabina para no comprometer a “la Lavadora”.

—Bueno, si es así… —dijo la mujer, apuntando en un papel la dirección de la familia y extendiéndolo a ella—. Espero que tenga suerte localizando a la muchacha, aunque he escuchado que en esa casa no duran mucho. Dicen que la señora es muy soberbia y si las domésticas son muy bonitas les hace la vida imposible por miedo a que le enamoren al marido.

—Es el ladrón que juzga… —comentó Sabina, callándose de inmediato antes de terminar el dicho.

—Usted no se apure, que mucha gente murmura sobre la señora Hernández Villarreal. Nadie sabe de dónde vino, nadie sabe sobre su pasado… La verdad es que es un misterio… —observó la mujer haciendo un guiño, buscando intimar con Sabina por si ella podía darle alguna información.

Sabina no contestó. Se despidió dando las gracias a la mujer. A pesar de todo estimaba a “la Lavadora” y no quería perjudicarla. Hasta se ponía en su lugar. Si hubiera sido a ella a quien le tocó el millonario, le habría arrancado los ojos a la que tan siquiera se le pasara por la mente arrebatarle el marido. «No seré yo quien le dañe la reputación, bueno… la nueva reputación a la Juana», se dijo. Salió a la calle deteniendo al primer taxi que pasó.

—Por favor, lléveme a esta dirección —pidió al taxista.

—¿Cómo para qué quiere ir usted a esa mansión? —preguntó mirándola maliciosamente.

—¡Bueno, pero que vaina tienen en este pueblo! —respondió Sabina harta del entremetimiento de la gente de Carité—. ¡Voy porque se me pega la gana! ¡Usted lléveme y no pregunte! ¡Carajo!

El taxista se metió la lengua en el estuche conduciendo a Sabina a su destino. Cuando el auto se detuvo en frente de la mansión, a la mujer se le salieron las babas y hasta un chorrito de orines.

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