María Estorpida.11

—Sabina… uthando lwami

La mujer oyó una voz conocida pero de otra vida, que le hablaba a sus espaldas. Que le llamaba «su amor».

—Sabina… —llamó de nuevo dándose cuenta de que era escuchado, pero no creído—. Soy yo. Zulu yakho.

Sabina se volteó rápidamente cayendo reventada en el suelo del susto. «¿Mi zulu? Mi zulu está muerto», se dijo a sí misma. Se arrastró sobre su trasero tratando de escapar de aquel fantasma en la penumbra de la habitación donde María Estorpida levitaba. El zulu trataba de agarrarla para ayudarla a levantarse, pero ella aterrada lo empujaba con las piernas mientras daba alaridos de terror. «¡Es un espectro! Es un espectro!», pensaba mientras miraba para todos lados tratando de encontrar una salida, hasta que chocó de espaldas contra la pared.

—¡Por favor, no me hagas daño! —gritó suplicante.

Sicela… no tengas miedo—dijo él—. Estoy aquí. Soy yo. ¡Estoy vivo!

Sabina conocía esa voz. Ese acento era el de su amor. Ella se detuvo un momento y a través de la poca luz del lugar pudo distinguir el rostro de su zulu. Era igual al que ella recordaba, pero ya sin cabello. Él fue acercándose poco a poco, bajándose hasta quedar a su altura. Entonces tocó su mano suavemente como antes cuando se amaban.

—¡Zulu! ¡Eres tu! —dijo ella reconociéndolo al fin. Entonces abrió sus brazos para estrecharlo muy fuerte.

—¡Soy yo! ¡Soy yo! He vuelto… —dijo él, hundiéndose en su cuello.

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