María Estorpida.15

—Sabina, yo no sabía dónde estaba la niña —dijo Themba—. Tuve que desaparecer porque cuando tu despertaras me preguntarías por ella y yo no sabía que había pasado.

—¿Qué quieres decir? Tu dices que me la mostraste… —respondió Sabina.

—Sí. Te la mostré y cuando te desmayaste la puse en una cuna improvisada que habían preparado a tu lado —dijo él zulu mirando a Sabina a los ojos—. Cuando vi que no despertabas, decidí quedarme junto a ti hasta que lo hicieras, pero me quedé dormido. En la mañana, cuando desperté, María Estorpida ya no estaba. Ni los hombres que mandó Oyisán tampoco. Corrí por todas partes buscándolos, pero nadie los había visto. La gente me miraba con miedo porque pensaban que como la partera, también había enloquecido. Y sí, estaba loco. Desesperado. ¿Cómo iba a mirarte y decirte que la niña había desaparecido? ¿Cómo iba a explicarte que yo era hijo de una hechicera y que quizás ella se la había llevado? ¿Cómo te iba a explicar que María Estorpida era la esperada?

—¿Cómo la esperada? —preguntó Sabina—. No entiendo.

—Sé que no entiendes. María Estorpida estaba en los libros de la vida desde el principio del universo. Los hechiceros zulu habían estado hablando de ella por milenios. “Lleva en sus venas sangre de rey y hechicera”, decía la tradición. Y hasta se afirmaba que su nombre no sería en nuestro idioma y que la madre no sería de nuestra raza. Oyisán sabía que la profecía se había cumplido cuando supo que yo esperaba un hijo. Lo supo desde que huí de la tribu. ¡Nuestra hija será un caudillo que nos librará de los opresores y de quienes han abusado de nuestro pueblo!

—¿Y cómo sabes que es ella, zulu? ¿Por qué tiene que ser mi niña?

—Porque aunque es mujer, también es hombre. Tiene la señal de la que hablaba la profecía.

—¿Qué señal? ¿De qué hablas? —preguntó Sabina aún más confusa.

—María Estorpida tiene los dos sexos, es hombre y mujer a la vez. Tiene la fuerza física de un hombre, pero en ella predomina la mujer. La hechicera. La mágica. Tal como decía la profecía. Su sola presencia puede hacer que ejércitos completos se rindan ante su encanto. No tiene que decir una palabra para que la sigan de rodillas.

Mientra Themba decía estas palabras, Sabina miraba sin creer a su hija. ¡Era ella! El rostro negro y delicado que ella nunca olvidó. Ante sus ojos veía una mujer sin tiempo, con cara y cuerpo de niña. Entonces María Estorpida dejó de levitar.

Umama… —dijo la niña ya en el suelo, siendo la primera palabra que le decía desde que llegó, distinta a su nombre.

—¿Qué dice, zulu? —preguntó Sabina.

—Te está llamando “madre”.

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