Inexplicable.7

Antonela se presentó a la hora exacta con su profesor. Antes de entrar a su oficina se acarició los pezones para que estuvieran erectos y se marcaran a través de la blusa. Respiró profundo mientras abría la puerta. Estaba dispuesta a todo por ser la primera de la clase.

—Buenas tardes, profesor —saludó sensualmente ofreciéndole la mano al maestro.

—Buenas tardes, señorita —contestó nervioso el hombre, hipnotizado por los pezones de Antonela—. ¿Trajo el cuaderno con las fórmulas que no entiende?

—Sí, aquí las tengo —dijo ella, acercándose peligrosamente al hombre.

El pobre profesor podía oler el aroma único que Antonela había creado para ella en su laboratorio. La cercanía de la joven lo excitaba. Ella había abierto a propósito los botones de su blusa. Como no llevaba sostén él podía ver sus senos desnudos, redondos y apetitosos. Trataba de concentrarse en las fórmulas, pero era en vano. Antonela tenía a su presa en sus fauces y no pensaba dejarla ir.

—Es que no entiendo, profesor —decía ella con cara de “yo no fui”—. Por más que me aplico, no puedo entender estas fórmulas. ¡No voy a pasar la clase!

—Vas a pasar la clase —aseguró el profesor mientras miraba adentro de la blusa —. Y con el mejor promedio.

Antonela se rió para sí. Ya estaba rendido. Agarró la mano del profesor y la puso en su seno. Él se quedó frío mirándola a los ojos.

Una risita traviesa se escuchó en el pasillo.

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