Dos niñas, dos perros y yo

Eran las tres y cuarenta de la madrugada cuando tocaron a la puerta. Lo supe porque miré el reloj digital de reojo. Erick, mi esposo, trabajaba el turno que terminaba a las dos de la mañana, en una empresa de computación. No había llegado todavía y el timbre de la puerta me asustó. Me levanté rápidamente y miré por la ventana de mi cuarto en el segundo piso. Vi las luces rojas y azules de una patrulla de la policía. Mi corazón se detuvo. Bajé las escaleras corriendo, presintiendo lo peor. Recorrí impaciente el pasillo que me separaba de aquella noticia que cambiaría nuestras vidas para siempre. Abrí el cerrojo y poco a poco la puerta, sin soltar la cadena.

—Buenos días —dijo el oficial más viejo, quien estaba acompañado por dos más jóvenes, uno de ellos era mujer—. ¿Es usted la señora Fernández?

Hubiera preferido que dijera otro nombre. Que se hubiera equivocado de casa. Le habría perdonado que me despertaran por error. Pero no estaba equivocado, no era un error. El hombre que estaba allí parado, preguntaba por mi.

—Sí. Soy yo —contesté casi en un susurro.

—Nos gustaría hablar con usted —dijo el otro policía—. ¿Podemos entrar?

Dudé un segundo. Pasaban tantas cosas en estos días. El oficial insistió con la mirada. Dándose cuenta de lo que pasaba por mi cabeza, sacó su identificación y me la mostró. Los otros hicieron lo mismo.

—Sí, pasen —contesté, soltando la cadena y abriendo la puerta para que ellos pudieran entrar—. ¿Qué le pasó a Erick? —dije detrás de ellos mientras caminábamos por el pasillo. Los policías guardaron silencio hasta llegar a la sala.

—Siéntese, por favor —dijo la mujer policía.

—Murió, ¿verdad? —pregunté agonizante—. ¿Mi esposo se murió?

—Lo sentimos —contestó la mujer, quien puso su mano sobre mi hombro para consolarme—. Su esposo tuvo un accidente fatal. Necesitamos que vaya a reconocer su cuerpo.

No puedo explicar lo que sentí. Dicen por ahí que estas noticias son como un cubo de agua fría por la cabeza. Pero yo lo que sentí fueron mareos, nauseas, temblor, miedo, desesperanza. Un hueco en el estómago, un vacío en los intestinos, un dolor agudo en el pecho. Ganas de gritar a todo pulmón, de maldecir al mismo Dios. Aquel era el peor momento de mi vida y Erick no estaba allí para acompañarme. Tres desconocidos me anunciaban que ahora yo dirigía mi familia. Ahora solo éramos dos niñas, dos perros y yo.

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34 comentarios en “Dos niñas, dos perros y yo

    • melbag123 dijo:

      Flor para mi es un gran termómetro de lo que hago. Me encanta que interactúe y que comente. Pues mira, parece que las musas se le han pegado a mi sillón reclinable. Una amiga mía, que es muy metafísica, me dice que escriba siempre en el mismo lugar. Así es que tengo mi esquinita, con mi compu y el sillón reclinable que es color azul turquesa. Creo que ese color les gusta a estas hadas maravillosas. Y no, no soy la señora Fernández, únicamente porque el que era mi esposo me dejó con varones y no tuvo el buen gusto de morirse… ¡Uy! Eso sonó muy feo. Jajaja. Esto lo digo en broma, para que conste. Vamos a ver que pasa con mi querida señora Fernández…

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      • icástico dijo:

        O sea, que haces trampa, no las seduces con tu fantasía sino con oropeles mundanos. Aunque haya sonado feo me alegro de que no seas la Fernández, no sé lo que pasará con ella pero no me gustaría estar en su pellejo.

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