Dos niñas, dos perros y yo.2

—Las niñas están durmiendo arriba —dije atontada—. No tengo a quién llamar. No tengo familia. Nosotros estamos solos en esta ciudad. Mi única amiga vive al otro lado del mar.

—Yo puedo quedarme con ellas mientras acompaña al compañero —dijo la mujer policía ofreciéndose amablemente—. Venga, vístase.

Subí las escaleras lentamente. Me pesaba subir cada escalón como si tuviera cien años. La mujer venía detrás de mi. Se quedó esperándome afuera de la habitación mientras me vestía. Estaba tan aturdida que no sabía qué ponerme. Agarré unos vaqueros, una camisa de Erick y unos zapatos deportivos. Cuando salí me preguntó dónde estaban las niñas y le enseñé las habitaciones. Alana, la mayor, dormía en el cuarto al final del pasillo. Sofi, la menor, en el cuarto al cruzar el nuestro. Entonces me aseguró que se quedaría con ellas mientras yo estaba afuera y las cuidaría como si fuera yo misma.

Subí a la patrulla en silencio. Los oficiales tampoco hablaban. Escuchaban en el radio las novedades: accidentes, tiroteos, robos, escalamientos. Nada parecía real. Yo iba en la parte de atrás como los delincuentes. Miraba a través de la rejilla los equipos del carro patrulla sin curiosidad alguna. Me ardían los ojos de tanto llorar.

Llegamos a un edificio en el centro de la ciudad. A esa hora estaban empezando a salir los primeros rayos del sol. El oficial más joven me abrió la puerta y me bajé. Los tres nos dirigimos a la entrada. Un guardia registraba a todos los que entraban. El oficial me dijo que firmara el registro. Los seguí hasta el elevador. El oficial más joven marcó el botón del sótano.

—Señora Fernández —dijo el policía más viejo—, voy a avisar para que preparen el cuerpo de su esposo. La identificación se hará a través del cristal.

—¿A través del cristal? —pregunté—. ¿Es que no puedo tocar a mi esposo?

—La ley no lo permite —contestó—. Tiene que ver con cuestiones de salud pública.

—¿Salud pública? ¡Dios mío! ¿Es que no hay forma de que me despida decentemente de mi marido?

—Cuando se prepare el cuerpo para el funeral, entonces podrá.

Unos minutos más tarde, colocaban la camilla con el cuerpo que se suponía era el de mi esposo, cubierto con una sábana, al frente del cristal. La persona que estaba adentro descubrió su cabeza para que lo mirara. Me presentaron un rostro lleno de morados, deforme. Mirando aquella cara tan distinta, venían a mi mente imágenes de los momentos felices que había vivido junto a mi marido. Así como se ven en las películas. Con la vista nublada, busqué en aquella cara amorfa algo que me recordara a mi Erick. Fue entonces cuando vi la cicatriz que le quedó en el pómulo izquierdo, después de una operación para removerle un tumor benigno. Me preguntaron desde adentro si aquel era él. Asentí.

Entonces me desvanecí en los brazos del oficial.

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