Dos niñas, dos perros y yo.4

—¡Auri, ven! Por favor te necesito —rogué a mi mejor amiga por el teléfono.

—¿Qué te pasa? —preguntó ella inquieta.

Le conté todo lo que había pasado, detalle por detalle. Ella me escuchaba incrédula.

—No te preocupes, amiga —contestó cariñosa—. Agarro el primer avión que salga para allá. Y no te preocupes por el dinero de la cremación. Yo la pago. Si pudiera te pagaría el funeral, pero no tengo para tanto.

—Amiga querida —dije llorando—. Voy a deberte este favor toda la vida.

—Boba —respondió ella—. ¿Para qué están las amigas?

Colgué sintiéndome más tranquila sabiendo que mi amiga venía en camino. Llamé a la funeraria para informarles que me había decidido por la cremación. Me dolió el alma cuando dije que había tomado esta decisión, pues sabía que no era lo que mi corazón deseaba. Sabía que no iba a ver, ni a tocar a Erick por última vez.

Aproveché las horas de la mañana buscando entre los papeles en nuestra oficina. Descubrí en un estado de cuenta del banco, que hubo un retiro de casi ochenta mil dólares hacía solo un mes. «¿Pero para qué querría todo ese dinero? ¿Y en que lo gastó?», pensé. En eso tocaron el timbre de la puerta. No había enviado a Alana para la escuela en dos días y no había llamado para excusarla. Pensé que podía ser la trabajadora social.

Corrí a la puerta. Abrí el cerrojo con la cadena puesta. Un hombre estaba parado esperando a que abriera.

—Buenos días —dijo—. Vengo de la mueblería —anunció sin más.

—¿De la mueblería? —pregunté desconcertada—. Creo que está equivocado de casa, señor. Nosotros no hemos ordenado nada.

«Nosotros… todavía pienso en nosotros como si Erick estuviera aquí», me dije.

—¿Señora Fernández, no? —preguntó el hombre.

—Sí, soy yo. Pero no he ordenado nada. Ya le dije.

—No, si no vengo a traer —dijo masticando exageradamente una goma de mascar—. Vengo a recoger.

—¿Cómo que a recoger? No entiendo…

—Dice aquí que hace tres meses no se ha hecho ningún pago. Me voy a llevar sus muebles.

«No puede ser, yo no puedo estar viviendo esto», me dije. No había acabado de pensar esto, cuando otro hombre se aproximó a la puerta.

—Buenos días —saludó—. ¿La señora Fernández se encuentra?

—Sí, soy yo —contesté un poco alterada.

—Tengo unos papeles de la corte que entregarle —dijo el segundo hombre.

—¿De la corte? —pregunté, ahora completamente alterada.

—Sí, es el emplazamiento para la ejecución de su hipoteca —apuntó extendiéndome los documentos y un bolígrafo para que firmara el acuse de recibo.

—¿Pero esto qué quiere decir? —pregunté abrumada.

—Debe hablar con un abogado, señora. Mi trabajo es entregarle los documentos —contestó él sin inmutarse.

«¡Maldito, Erick! ¿Qué hiciste?», pensé mientras firmaba el acuse de recibo.

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