Dos niñas, dos perros y yo.5

Se llevaron los muebles y los enseres. Las niñas no dejaban de preguntar qué estaba pasando. Yo no tenía respuesta, excepto que su cabrón padre no había hecho los pagos para que ellas tuvieran una cama decente en donde dormir. Por supuesto, esa no se la podía dar. No teníamos nevera, ni estufa, ni horno de microondas. Con los doscientos sesenta y siete dólares que quedaban en el banco, compré una nevera de playa, la llené con hielo para guardar la leche y los jugos de las niñas. Compré una pizza para cenar y muchas chucherías. Ese día me dí cuenta de lo caro que estaba todo. Apenas me sobraron ciento ochenta y tres dólares con treinta y dos centavos. Este era todo mi tesoro.

En la noche, acampamos en el suelo, sobre la alfombra, con nuestras almohadas y frazadas. Las niñas disfrutaron mucho con la novedad, mientras yo me rompía la cabeza pensando qué iba a hacer para enfrentar lo que estaba sucediendo. Sabía que ellas tenían derecho a beneficios de seguro social, pero eso no me alcanzaría ni para pagar la renta. No había trabajado en años. Además, ¿quién cuidaría a Sofi mientras trabajaba?

Auri llegó temprano al siguiente día.

—¿Pero que pasó aquí? —preguntó sorprendida cuando entró en la casa y la encontró sin muebles.

—Erick… —contesté atragantada por el llanto—. ¡No sé que voy a hacer!

—Bueno… con calma… —dijo ella tratando de suavizar la situación—. Lo primero es la cremación…

—¡Maldito, Erick! ¡No deberías gastar un centavo en deshacerte del cuerpo de ese ingrato! —grité como enloquecida.

—Siempre podemos donarlo a la ciencia… —sugirió ella.

—Si no fuera porque ya llamé a la funeraria para encargar la cremación, por Dios te lo juro, que lo donaba para que los aspirantes a matasanos le metieran los dedos por cuanta cavidad tiene.

—Cálmate amiga —dijo Auri, mientras pasaba su brazo por mi hombro—. Has pasado mucho en estos días tu sola. ¿Dónde están las niñas? ¿Cómo están tomando todo?

—¿Cómo crees? Nos han llevado todo… —dije. En eso sonó el timbre de la puerta—. ¿Y ahora qué?

—Deja. Yo voy —dijo Auri.

Escuché a mi amiga a lo lejos hablando con un hombre. Luego entró a la sala con cara muy seria.

—Alma, ¿dónde tienes las llaves del carro?

—¿Se lo van a llevar?

—Sí, lo siento amiga.

—Están en el cajón de la cocina —dije apática—. Es el carro de Erick. De todos modos no me gustaba.

Auri tomó las llaves y las entregó al hombre que estaba en la puerta. Yo me levanté, caminé hasta la cocina, tomé dos copas y abrí una botella de vino.

—Bebamos, pues —dije riendo nerviosa—. Celebremos la vida de Erick Fernández.

Anuncios

4 comentarios en “Dos niñas, dos perros y yo.5

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s