Dos niñas, dos perros y yo.11

—Señora Fernández —la voz desconocida-conocida al otro lado de la línea—. Sé que tuvo que usar el dinerito.

—Sí, lo usé —contesté de mal humor—. ¿Y ahora qué? ¿Qué es lo que tengo que hacer para devolverle su dinero?

—¿Pero por qué esa actitud, preciosa? —preguntó suavizando la voz, queriendo hacerse el simpático.

—Mire, señor —dije—. Dígame ya que es lo que quiere. No puedo estar perdiendo el tiempo miserablemente con usted, jugando por el teléfono.

—Ah… ¿Con qué te mueres por conocerme?

—No me muero por nada—contesté—. Dígame que tengo que hacer.

«¿Pero qué clase de imbécil narcisista es este?»

—Bien, enviaré a que te recojan esta noche a las ocho, para que tengamos una pequeña reunión y decidamos qué vamos a hacer para que me devuelvas el dinero —contestó el hombre.

Colgué el teléfono, cerré mis ojos y eché mi cabeza hacia atrás. Eran las seis y treinta de la tarde. Esperé unos momentos antes de prepararme para encontrarme con el hombre del teléfono. Me bañé y me vestí como para la guerra. Me puse mi mejor vestido negro, con zapatos y accesorios dorados. Me amarré el cabello en una cola y pinté mis labios muy rojos. Llamé a una cuidadora para que se quedara con las niñas esa noche.

A las ocho en punto, tocaron a la puerta.

—Señora Fernández —dijo el taxista—vengo a recogerla.

—Sí, ya estoy lista —respondí, recogiendo mi bolso para salir.

Estuve en silencio todo el camino. El taxista me llevó a una mansión. Cuando se detuvo delante de las escaleras que llevaban a la puerta de entrada, apenas podía respirar. El hombre se bajó y se acercó a mi puerta para abrirla. Me bajé y cuando fui a pagar, me dijo que ya le habían pagado.

Me temblaban las piernas y las manos. Me arreglé la falda y fui subiendo poco a poco los escalones hasta llegar a la puerta. Tímidamente, toqué el timbre. Esperé unos momentos y una mujer abrió la puerta.

—Señora Fernández —dijo la mujer, sin que yo me presentara.

—Sí, soy yo.

«Cuando todo esto acabe, me voy a cambiar el nombre.»

—Venga por aquí. Le están esperando.

Caminé por aquellos pasillos imperiales, llenos de cuadros bellísimos y esculturas preciosas. Miraba a mi alrededor, ensimismada con tanta riqueza. Un olor a rosas me perseguía por toda la casa. ¿Era la perfección, o la perfección que no existía? La frase, que una vez dijo un amigo, me pareció pertinente para el momento.

Seguí a aquella ama de llaves, por llamarla de alguna manera, hasta un despacho en el que no había nadie. Abrió la puerta y me pidió que esperara allí sentada.

«¿Qué sentada? Ahora es el momento de meterme en la cabeza cuanto detalle pueda de este lugar», me dije. Miré el escritorio de caoba negra, con una silla de piel rojiza. «Esta silla tiene que haber costado un chingo», pensé. Caminé por la amplia oficina, mirando cada repisa, cada librero, cada cuadro. Había cuadros muy modernos, que diría yo, se veían muy bonitos. Por supuesto, que alguien que supiera de arte diría cosas acerca de las luces y sombras, pero yo, simplemente los encontraba bonitos. El escritorio estaba nítidamente organizado. No había ni un sobre que me dijera el nombre del dueño de todo aquello. De repente, se abrió la puerta.

—Mi muy querida, señora Fernández.

Volteé a mirar. Por fin le ponía cara a la voz desconocida-conocida.

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