Dos niñas, dos perros y yo.14

Vomité.

La sola idea de que aquella bala hubiera atravesado el frágil cuerpo de aquella mujer, me hacía sentir asco de mí misma.

«¿En qué carajo estoy pensando? Yo no soy una asesina.»

Me quedé entre el vómito y la orina lo suficiente como para imaginarme mi vida después de cometer un acto tan ruin.

Sonó el celular.

—Señora Fernández… —esta vez la voz del demonio no era amable, ni condescendiente. Estaba rabioso—. ¿Ya sabe qué quiere perder primero?

—¿Cómo qué voy a perder primero? —contesté, fingiendo estar rabiosa también—. ¡El arma estaba defectuosa!

«¡Gracias a Dios que estaba defectuosa!», pensé mientras me persignaba mirando al cielo, pidiendo perdón por mi afrenta.

—¿Defectuosa? —preguntó sorprendido.

—Sí. Cuando apreté el gatillo se atascó —expliqué.

—No puede ser —dijo—. Trae el arma. Quiero que mi armero la revise.

—Ahora mismo se la llevo —sugerí.

—No, ahora, no. Mañana en la noche será mejor —respondió—. Voy a darte el beneficio de la duda. Pero si no es cierto, seré yo quien escoja lo que vas a perder.

—Sí, claro… —dije—. Como usted diga.

El miedo me daba la sensación en el cuerpo de cuando estás en una montaña rusa. El mareo, las nauseas, la puñalada en el pecho, el hueco en el estómago, los retortijones en los intestinos.

Caminé despacio hacia el carro. La vida me pesaba como si llevara una bola de cañón sobre mis espaldas. Abstraída totalmente en mis pensamientos, ni me di cuenta que me seguían. Una mano me agarró el brazo.

—Alma —dijo. Era una voz suave, femenina, desconocida—. Soy la mujer que acabas de tratar de matar.

Mi cuerpo comenzó a temblar de arriba a abajo. Apenas podía sostenerme en pie. Unos dulces ojos color caramelo me miraban sin rencor, a pesar de saber lo que había acabado de hacer.

—¿Quién es usted? —pregunté en la penumbra de aquel estacionamiento— ¿Qué quiere de mi?

—Soy la esposa de Nicolás, el hombre que te mandó a que acabes con mi vida.

«Nicolás… así se llama el demonio…»

—Señora… —dije—. No sé de que habla.

—Sí, lo sabes. Y seguro te preguntas cómo has venido tú a caer en este juego.

Me quedé callada. Estaba segura de que siempre me estaban vigilando. Seguro el tal Nicolás me estaba mirando a través de alguna cámara en ese mismo momento. Tal vez desde mi casa, con mis hijas, con mis perros, con la niñera.

—No tengo nada que decir —respondí.

Continué la marcha hacia mi carro, esta vez más rápido. Tenía que irme de allí enseguida.

—Alma, todo esto tiene que ver con Erick.

Me paré en seco. Sentí como si un rayo hubiera caído en frente mío. Se me heló la sangre y el cuerpo entero, pero no todo a la vez, sino por partes. Primero, una corriente subió por mi espina dorsal hasta el cerebro. Luego poco a poco, la frente, las sienes, la cara, los brazos, los dedos, el cuerpo, las piernas, los pies. Tenía calambres. Me quedé inmóvil. Adherida al suelo. Sin voluntad.

—Erick… —repetí su nombre, bajito—. ¿Qué tiene que ver Erick con esto? —pregunté desconcertada.

—Acompáñame, por favor y te cuento —contestó, sin apurarme.

Miré a la mujer de marfil, mientras marcaba a mi casa. La niñera contestó asegurando que todo estaba bien y que las niñas ya estaban dormidas. Insistí en que me comunicara con Alana. Así lo hizo. Alana me habló medio dormida. Dijo que Sofi y ella estaban bien. Colgué el teléfono y decidí ir con la esposa de Nicolás a un club nocturno.

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