Dos niñas, dos perros y yo.19

Me vestí para matar. Digo, en el sentido metafórico. Llevaba un vestido rojo, muy ceñido al cuerpo, zapatos dorados y el pelo recogido. Llevaba en mi bolso el arma inservible para que el armero de Nicolás la revisara.

A las ocho en punto, el chófer de Nicolás Alonso llegó a recogerme. La noche estaba templada, clara. Me senté callada en el asiento de atrás. Según transitaba el carro, miraba hacia afuera, las casas, los edificios, el cielo, la luna llena. Dentro de mi, habitaba una gran tristeza. También rabia. ¿Por qué nos pasó esto a Erick y a mi?

Llegamos a la mansión. Por alguna razón, esta vez no temblaba. Era la rabia. Subí las escaleras firme y toqué el timbre de la puerta.

—Señora Fernández —dijo la mujer que abrió la puerta—. Pase. El señor le está esperando.

Caminé detrás de ella por el pasillo de aquella magnífica residencia, que esta vez no me parecía tan perfecta. No sentí mi corazón galopar, ni que me faltara el aire, ni sentía nauseas. Nada. Caminé, con una seguridad jamás imaginada, hacia el despacho del asesino de mi Erick. Tal vez era, porque llevaba un equipo que grabaría todo lo que pasaría en este encuentro. Quizás era, que sabía que estarían los policías apostados en el perímetro de la propiedad de Nicolás que a la primera señal entrarían a rescatarme. O, la certeza de que mi esposo, el que me fue arrebatado, alcanzaría justicia.

La mujer abrió la puerta del despacho, con un ademán me indicó que entrara.

—Mi nunca bien ponderada, señora Fernández —dijo Nicolás, acercándose, besando mi mejilla como un Judas. Luego me agarró por la cintura—. Mira, él es Alex, mi armero. Él revisará el arma que se te rompió. ¿La trajiste, verdad?

—Claro —contesté, mientras sacaba de mi bolso el arma.

—Mucho gusto, señora Fernández —dijo el armero, extendiendo la mano. Yo le entregué el arma en cuestión.

—¿Deseas tomarte algo? —preguntó Nicolás amablemente.

—Pues sí… ¿Tienes algún vino tinto? —pregunté.

—¡Qué bien! Pareces de mejor humor, querida —observó.

—¿De mejor humor? —pregunté, sorprendida por su observación—. No, es que tengo un poco de frío y el vino me da calor.

—¡Oh! Ya entiendo… —dijo él, mientras se dirigía al sofá—. Siéntate, Alma… Explícame otra vez qué fue lo que pasó con el arma.

—Como te dije, llegué al estacionamiento, según las instrucciones. Cuando tenía a tu esposa en la mirilla y halé el gatillo, no funcionó. Lo apreté en varias ocasiones y el resultado fue el mismo. Luego, ella entró al edificio y no pude hacer nada más.

—Entiendo…

—Señor —dijo el armero—, efectivamente el arma está defectuosa. Parece ser un defecto de fábrica.

—¿Pero es que nadie probó el arma antes de enviarla? —gritó Nicolás, mientras en un arrebato, lanzaba a través de la habitación el vaso con la bebida que tenía en su mano.

—Don Nicolás —dijo el armero asustado—. Yo mismo revisé el arma antes de enviarla. Pero algo como esto puede suceder en cualquier momento y no hay manera de uno prevenirlo.

—No hay manera de uno prevenirlo —repitió Nicolás mofándose—. ¡Mira, lárgate antes de que pierda la paciencia!

Alex, el armero, salió enseguida del despacho sin despedirse. Nicolás se volteó a mirarme.

—¡Ineptos! —dijo mirándome—. Ya no se puede confiar ni en los que se dicen expertos. Estoy cansado de que no hagan nada bien.

Yo callaba. Nicolás era un animal rabioso. Y yo tenía que tratar de que me diera información de por qué quería asesinar a su esposa. Estaba determinada a hacerlo, pero no sabía si era el momento.

—¿Tu esposa era una inepta también? —pregunté.

Nicolás me dirigió una mirada asesina. El tema no le estaba gustando, pero ya había empezado.

—Dime, Nicolás —dije, acercándome suavemente—. ¿Por qué quieres matar a tu esposa?

—Estás preguntando mucho, preciosa. Eso no te conviene… —contestó.

—Si he de deshacerme de ella, debo al menos tener alguna razón para hacerlo —dije, coqueteando.

Nicolás se rió malicioso. «¿Estará sospechando de mí?», me pregunté.

—Estoy cansado de ella… ¿Qué te parece?

—No sé —contesté—. Podrías divorciarte…

—No quiero compartir con ella mis bienes.

—¡Ah! Ya entiendo. Es cuestión de dinero.

—Siempre es cuestión de dinero, bonita —dijo—. Como que estés tu aquí. Me debes diez mil dólares y no me los has pagado.

—Bueno, traté de cumplir, pero no salió. No es mi culpa —dije—. ¿Qué quieres que haga para pagarte?

Todavía necesitaba que Nicolás me pidiera que matara a Lara. Pero no lo decía con sus palabras.

—Acuéstate conmigo —dijo, dejándome totalmente desarmada.

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