Dos niñas, dos perros y yo.21

Lara escupió la historia de la tortura de Erick sin respirar. Nicolás la escuchó al parecer, sin inmutarse. Ahora me tocaba reaccionar a mi.

—Nicolás —dije—. Ese Erick del que ella habla, ¿era mi marido?

Él caminó por la habitación, fumando tranquilamente. Puso el puro en el cenicero sobre el escritorio y tomó un sorbo de vino. Luego puso la copa al lado del cenicero. Nicolás, tenía un saco, no era posible verle la cintura. Así es que rápidamente llevó su mano al cinto y sacó una pistola, apuntando a Lara.

—Dame la memoria —ordenó.

—¿Para qué? De todos modos vas a matarme —contestó ella, mirándolo desafiante.

«¿Pero por qué no entra esta gente? No que iban a estar aquí pendientes de si algo salía mal. Esto no está saliendo bien. Este tipo se está desquiciando. Sacó la pistola… La mata, la mata… ».

—No juegues conmigo, Lara —dijo él, acercándose—. Sabes muy bien de lo que soy capaz…

—No lo sabía, Nicolás —dijo Lara—. Hasta que vi este video, no sabía de lo que eras capaz. ¿Pero por qué le hiciste esto a Erick?

—No te hagas la pendeja —contestó Nicolás, enfatizando la palabra «pendeja»—. Ese man era tu amante. Te entrepernabas con él. A poco te pensabas que no me daría cuenta. Lo que no entiendo es por qué él te dio dinero.

—¿Dinero? —preguntó Lara sorprendida.

—Igualito que tú tienes ese video, yo tengo uno tuyo abrazándote con ese empleado, luego de que el te dio dinero.

Lara se agarró la cabeza.

—¡Ahhhhhhhhh! —gritó—. ¡Erick me dio dinero para salvarme de ti!

Mientras todo esto sucedía, aproveché y en un movimiento rápido saqué una pistola que llevaba escondida en el bolso. Apunté a Nicolás desde la parte de atrás.

—¡Hasta aquí llegaste, cabrón de mierda! —grité, con una fuerza que ni sabía de dónde salía —. Baja la maldita pistola.

Nicolás se quedó quieto, pero no soltó el arma.

—Muñequita, no sabes lo que estás haciendo —dijo—. No hagas tonterías.

—¡Suelta el arma, cabrón! —grité de nuevo—. Y no me digas muñequita. Yo soy la señora Fernández, la viuda de Erick Fernández. ¡Imbécil! Pon el arma en el suelo, despacito, que yo te vea. Y no hagas ningún movimiento extraño. Primero, porque estoy nerviosa y se me puede soltar un tiro, y segundo, porque te tengo ganas, puedo tener un accidente.

Nicolás soltó el arma según le pedí. Lara me miraba con admiración.

«¡Puñeta! Es ahora cuando se supone que entren… Ya no sé que voy a hacer».

—Lara, busca con qué amarrar a «este» —dije.

Lara buscó entre las cosas que había en la oficina pero no encontró nada. No sé por qué se le ocurrió acercarse a Nicolás para quitarle el cinturón. En eso, la agarró por el pelo y le hizo una llave en el cuello.

—¿Alguna vez te dije que fui de fuerzas especiales? —dijo el diablo—. Con un solo movimiento le fracturo este precioso cuello a tu nueva amiga. Ahora tu, pendejita, ¡suelta el arma!

«Ahora es que tienen que entrar, por favor…»

En un movimiento dirigido por una fuerza interior que no sabía que tenía, en vez de soltar el arma, disparé a la rodilla de Nicolás, quien pegó un grito y se retorció de dolor al tiempo que soltaba a Lara. Fue entonces cuando Clara Duval irrumpió en la habitación acompañada de otros oficiales de la policía.

—¡Cabrona! —grité—. ¿Pero cuándo pensabas entrar?

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