Laberinto

—Shhhh…

Artemisa puso su dedo índice sobre sus labios, mientras hacía una señal a Leonardo para que la siguiera. Él la siguió, caminando doblado, igual que ella. No sabía por qué lo hacía, pero confiaba. Era poco más de las once de la noche. Hacía bastante frío en aquel olvidado almacén en medio de la nada. Había recorrido un trayecto de alrededor de hora y media desde el último pueblo en la carretera, en donde había echado combustible. Después que leyó la nota que ella le dejó en el cristal de su carro, en papel amarillo con letras rojas indicando que era un mensaje urgente, tenía que acudir a la dirección que ella incluía en aquella rara y breve nota.

Tan pronto llegó, detuvo el vehículo cerca de la entrada y caminó poco a poco hasta estar adentro. En la penumbra pudo adivinar la figura de Artemisa, y se le acercó suavemente para no asustarla.

¿Para qué lo habría citado allí y a esas horas?

—Arte… —dijo Leonardo, luego de varios minutos de seguirla sin escuchar ni ver nada.

—Shhh… —recibió por respuesta.

Decidió continuar, mirando para todos lados, asegurándose de que nada, ni nadie los estaban siguiendo. «¡Carajo, pero es que no hay nadie aquí!», se dijo. Entonces se irguió y comenzó a caminar derecho. Se estiró un poco, sentía dolor en la espalda por haber caminado doblado por tanto rato. No había nadie.  Estaba seguro.

—Artemisa, ¿de qué estamos escondiéndonos? —preguntó esta vez en voz más alta.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella como respuesta, enderezándose, molesta.

—¿Por qué hago qué? —continuó él confuso, haciendo ademanes y gestos que denotaban su desconcierto.

—Él va a descubrirnos. Sabrá que estamos aquí —contestó Artemisa, luego de una pausa. Su voz estaba quebrada. Estaba verdaderamente asustada, angustiada.

—¿Quién es él? —cuestionó Leonardo.

—Él, el de siempre, el de antes y después. El de entonces, el de aveces… aquel. ¿No sabes quién es?

—No. No sé quién es. ¿Se supone que sepa? —preguntó Leonardo molesto.

—¿Pero por qué te molestas? —preguntó Artemisa, acercándose a él y sujetando su brazo.

—Porque no haces ningún sentido —dijo Leonardo agarrándola por los hombros—. ¿No te escuchas? ¿Quién es él? ¿El de siempre, el de antes y después? ¿El de entonces, el de aveces, aquel?

—¡No entiendes nada! —protestó Artemisa.

—Noooooo… No, en-tien-do na-da.

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15 comentarios en “Laberinto

  1. Ciudadela Poética dijo:

    Quería leer esta primer parte de Laberinto. La verdad es que me ha gustado mucho. Me parece que manejas la atención del lector y siembras un bonito suspenso.
    Saludos!!!

    Me gusta

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