Laberinto.2

Artemisa llegó a la casa cuando Leonardo tenía nueve años. Era la cosa más linda que él jamás había visto. Tenía la piel muy blanca, casi transparente, y mucho pelo color negro azabache. Sus mejillas eran rosadas y los labios de muñeca apenas se veían. Sus manitas y sus pies tenían unos dedos diminutos, que él tocó con la punta de los suyos, con temor de hacerle daño. Nunca había sentido nada más suave.

—Leonardo —dijo su padre—, esta es tu hermana. Eres responsable de ella por el resto de sus días.

¿Cómo que era responsable de ella? Eso mismo le dijeron del perrito cuando se lo trajeron. ¿Tenía que darle agua? ¿Comida? ¿Tenía que bañarla? Leonardo miró a su padre con sus ojos negros, inmensos, y por la expresión, él pudo adivinar lo que atravesaba la mente de su hijo.

—Leonardo, solo tienes que protegerla —aclaró el padre—. Solo tienes que cuidar de ella, quiero decir, que nada malo le ocurra. ¿Entiendes, hijo?

—Sí, papá —contestó el niño solemne, como prestando un juramento.

El padre nunca supo el peso que había puesto sobre los hombros de Leonardo. Si la niña lloraba en la noche, el niño se levantaba para ver qué le sucedía. Durante las horas en las que estaba en el colegio, la ansiedad se apoderaba de él, pues no sabía como cuidar de ella a la distancia. No tenía concentración, se dormía sobre su pupitre y la situación se complicó al punto tal, que la profesora tuvo que llamar a sus padres para discutir el cambio del niño luego del nacimiento de la hermanita.

—Puede ser que el niño esté presentando esta conducta para llamar la atención de ustedes —dijo la psicóloga—. Muchas veces los niños reaccionan así cuando llega otro hermanito a la casa. Después de todo, él ha sido hijo único por tantos años.

—¿Usted cree? —preguntó la madre preocupada.

—No es algo fuera de lo común, señora —dijo la experta.

—¿Y cuál es su recomendación? —continuó el padre.

—El niño debe continuar un tratamiento hasta que se acostumbre a la presencia de su hermana. Los celos son algo normal, pero hay que tratarlos de inmediato para que no se conviertan en un problema más difícil de tratar.

Los padres de Leonardo decidieron seguir la recomendación. Llevaron al niño a tratamiento, pero no mejoraba. Leonardo seguía ansioso, cansado, extenuado. Artemisa le robaba el sueño. Cuando no estaba en el colegio, siempre estaba alrededor de la niña; mirándola, protegiéndola, adorándola.

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