Laberinto.8

Después del incidente de la decoración de la esquina, no volvieron a molestar a Artemisa. Por más extravagante que fuera su comportamiento, la dejaban hacer lo que más le acomodara. La Directora concluyó que era cosa de su inteligencia superdotada y que era menester que la dejaran expresarse como a ella le viniera en gana, siempre y cuando no afectara a los demás estudiantes.

Artemisa por su parte, se acostumbró a su esquina y hasta encontró beneficios de vivir separada de los demás compañeros. Por ejemplo, desde donde estaba, tenía una visión de la clase como si estuviera viendo la televisión. Cualquier movimiento sospechoso, ella lo captaba. Entonces se dedicó a observar a los otros desde otra perspectiva. Aprendió los gestos, ademanes, movimientos de todos y cada uno ellos. Ese verano, escribió su primera novela utilizando la información recopilada, inventando historias y personajes sobre cada estudiante. Terminada la obra, la envió a un concurso, en el que ganó un segundo premio, del cual se sentía muy orgullosa. Después de todo, había muchos escritores y obtener un segundo lugar, era más que bueno para ser la primera vez que participaba.

Cuando empezó el nuevo año escolar, las cosas no pudieron mejorar más para Artemisa. Llegó Daniel, otro niño superdotado a quién le asignaron la otra ventana. ¡Por fin alguien igual a ella! Cuando salieron al recreo, Artemisa fue corriendo hacia él para conocerlo. Sus vidas eran muy similares. Solo que Daniel era hijo único y ella tenía a su adorado Leonardo. De inmediato, hicieron un pacto de amistad eterna.

Daniel era todavía más excéntrico que ella. Vestía un uniforme gris antiguo, de tipo militar, con botas altas y un corbatín rojo. Era bonito, pensaba ella. Tenía un humor negro, extraño. También sarcástico y le gustaba hacer bromas pesadas. Por esa causa le habían segregado del grupo.

Desde ese momento, los nuevos amigos se entretenían haciendo preguntas nada más que para mortificar a la maestra. ¿Qué si podía explicarles lo que era la nada? ¿Qué cómo sabía que estaba en hora el que hizo el primer reloj? ¿Qué si se podía ir de Pontedeume a Inglaterra a pie? Y así se la pasaban, riéndose de la pobre maestra que ya se veía salir canas bregando con los niños genios.

Un par de años después, Leonardo se graduó del colegio y se fue a la universidad. A pesar de que siempre le prestaba atención y se preocupaba de sus cosas, Artemisa sintió una gran pérdida porque ya no lo tenía en el colegio, al alcance de un grito. La falta de Leonardo le causó mucha ansiedad. Fue para esa época cuando Artemisa se apegó más a Daniel.

También fue para entonces cuando las bromas de Daniel alcanzaron otro nivel. Una mañana Artemisa vio sobre su pupitre una nota. En ella, su amigo le incitaba a que fueran a vaciar las llantas del auto de la Directora. Ella cerró inmediatamente la nota y lo miró. El sonrió malicioso y le guiñó el ojo. La niña contestó en negativa con la cabeza. Esa misma tarde, la Directora fue aula por aula buscando quién hizo tal maldad. Amenazó con expulsar al autor de la misma y a cualquiera que fuera su cómplice. Artemisa estaba muy asustada, pero no habló.

—¿Qué te parece que quememos el almacén donde están guardadas las decoraciones del Viernes Santo? Estoy harto de participar en esa ceremonia cursi —dijo Daniel otro día.

—No puedes hacer eso —respondió Artemisa, quien se asustó mucho con la propuesta.

—¿Por qué no? —preguntó él alzando los hombros.

—Eso es un delito. Podemos ir a la cárcel —contestó ella, dándose cuenta de la seriedad del asunto.

—Está bien. Pues no lo haremos —decidió Daniel.

Dos semanas más tarde ardía en fuego el almacén. Los bomberos que investigaron la escena determinaron que había sido un incendio premeditado. Un hombre que dormía en el almacén, murió aquella noche. Artemisa temblaba sabiendo que el autor había sido su amigo.

—Daniel, dijiste que no lo ibas a hacer —reclamó ella cuando lo vio.

—No, yo dije que no íbamos a hacerlo. Los dos, ¿entiendes? —Daniel la apuntó a ella y luego a él—. Tú no lo hiciste —respondió el riendo burlón.

—Pero yo lo sé y eso me convierte en tu cómplice. Alguien murió ahí —replicó ella, en medio del llanto.

No discutieron más el asunto. Artemisa no dijo nada, ni acusó a Daniel. Poco tiempo después, Daniel desapareció del colegio sin ninguna explicación. Entonces Artemisa se deprimió. Lloraba sin motivo. Cambiaba de estado de ánimo con tanta frecuencia que nadie sabía qué esperar. Aveces estaba de mal humor, otras alegre, otras muy triste. Tenía pesadillas en las noches y se despertaba agitada, sudando, nerviosa.

Los padres la llevaron al médico, quien la encontró un poco deprimida, pero pensó que se trataba de que Artemisa estaba acercándose a la pubertad y sufría cambios hormonales. Entonces los padres decidieron recurrir a Leonardo.

—Tu sabes, ella es tan apegada a ti —suplicó la madre.

Leonardo, que la adoraba, decidió ir a recogerla al colegio todos los días. Otra vez se hacía cargo de su hermana, de la que era responsable para siempre.

—Sé que algo te pasa. Algo muy serio y no te atreves a decir —dijo Leonardo a Artemisa—. Lo que sea, sabes que siempre estaré de tu lado.

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