Laberinto.11

La Policía llegó en diez minutos, cercando de inmediato el área donde yacía el cuerpo inerte de Víctor. El celular del muchacho había estallado cuando él lo puso en su oreja, destrozando la mitad de su cabeza. El espectáculo era digno de una película de terror.

Leonardo le pagó a los músicos y a los encargados de atender a los invitados, quienes se despidieron rápidamente, impactados por lo ocurrido. Los invitados por su parte, salieron enseguida, comentando los unos con los otros el escándalo. Tan pronto se deshizo de todos los extraños, Leonardo fue al despacho de su papá, en donde se encontraban Artemisa, su padre y su madre. Ellos contestaban las preguntas de un detective de la Policía, mientras esperaban que llegaran los padres de Víctor.

Las cosas se pusieron aún peor cuando llegaron los padres. La madre, acusaba a Artemisa de haber sonsacado a su niño. Decía, que de no haberlo invitado a esa fiesta todavía estaría vivo.

—Señora —intervino Leonardo—, nosotros entendemos su dolor, pero mi hermana es solo una niña. No voy a permitir que le trate así en mi presencia.

—Esto no se va a quedar así —dijo el padre de Víctor—. Ustedes son responsables de la muerte de nuestro hijo. Nos veremos en los tribunales.

—Señores —interrumpió el detective—, este es un caso bajo investigación de la Policía. El celular estalló —dijo dirigiéndose a los padres del muchacho—. Aparentemente, el aparato tenía un desperfecto. Si es así, nadie aquí es responsable de la muerte de su hijo. El fabricante de los celulares, en todo caso, la causó.

Luego de este incidente, Artemisa se sumió en una honda depresión. Pasaba el tiempo durmiendo o llorando. No quería asearse, ni comer. Los padres la llevaron al psiquiatra, quien le prescribió antidepresivos. Ni así mejoraba. Leonardo se mantenía como perro fiel a su lado, apoyándola. El médico decidió internarla en una casa de reposo. Lo que ella había vivido parecía ser demasiado.

Cuando Artemisa salió de la casa de reposo, Leonardo fue a recogerla. De camino, decidió conversar con ella sobre lo sucedido.

—Arte, ¿sabes que pasó con el celular de Víctor? —preguntó.

Artemisa ya no podía con el peso que llevaba. Sabía que el secreto estaría seguro con su hermano. Él la iba a proteger, sin importar lo malo que ella hubiera hecho. Así, decidió descargar la pena que la agobiaba con su hermano.

—Fue Daniel. Daniel del Valle —contestó ella muy bajito.

—¿Daniel? ¿Quién es Daniel?

—Es un niño que estudiaba en el colegio. También era superdotado y se sentaba en la otra ventana junto a la puerta. Se suponía que era mi amigo. Cuando te graduaste, me acerqué mucho a él, pero entonces cambió. Comenzó a hacer cosas muy feas. Él, vació las llantas de la Directora. Él, quemó el almacén donde murió aquél hombre. ¡Él, también mató a Víctor! —terminó Artemisa llorando.

—Entonces debemos decirlo a la Policía, hermana.

—¡No! —contestó aterrada—. No lo hagas. Papá y mamá estarán en peligro. Él dijo que los mataría si digo algo. Por favor, no lo digas. Te lo ruego.

—¿Esas eran las llamadas que recibías en tu celular?

—Sí —contestó—. Amenazaba con matarnos a todos. Tengo mucho miedo —dijo llorando.

—Al menos déjame investigar en dónde está él. Podemos estar en peligro de cualquier modo —aseveró Leonardo mirándola fijamente a los ojos.

—¿Tu crees? —preguntó Artemisa preocupada.

—Estoy seguro —concluyó.

Unos días después, Leonardo llegó a la casa y fue directo a la habitación de Artemisa muy enojado.

—¿Por qué me engañas, hermana? —preguntó sentándose al lado de ella en la cama.

—¿Por qué te engaño? —repitió ella—. Nunca te he mentido, Dito —dijo ella, afligida ante la acusación de su adorado hermano.

—Artemisa, fui a tu colegio a preguntar por ese tal Daniel del Valle. Jamás ha habido ningún estudiante con ese nombre. Me lo confirmó la propia Directora. No ha habido ningún otro niño superdotado. Ninguno otro sentado al lado de la ventana en donde te sentabas. ¿Qué pasa? ¿Por qué me inventas esto? ¡Estoy tratando de ayudarte!

—¿Qué? —preguntó sorprendida—. ¡Claro que Daniel existe! Hermano, tienes que creerme.

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