Laberinto.15

Leonardo encontró una nota en papel amarillo, escrita con tinta roja. En ella, Artemisa le citaba a un lugar desconocido para él. No decía nada más que la dirección y que era urgente. «¿Y ahora que querrá esta niña, y a estas horas?», se preguntó, molesto, cansado. Había trabajado todo el día. No estaba de buen humor. Se subió al auto, ajustó el sistema de posicionamiento global con la dirección en la nota y emprendió la marcha. Se sorprendió al ver que el lugar quedaba a casi dos horas de donde estaba.

«Artemisa, cuando te vea te voy a dar de nalgadas. De esta, te internas de nuevo», pensaba mientras conducía furioso. Al rato se dio cuenta de que no tenía suficiente combustible para llegar y se detuvo para llenar el tanque.

—¿Sabe dónde queda esta dirección? —preguntó a un policía que estaba en la gasolinera.

—Le falta bastante para llegar hasta allá. ¿Qué lo lleva hacia ese lugar a esta hora? Esos son unos almacenes abandonados… —contestó el oficial extrañado.

—Mi hermana me citó allí… —respondió Leonardo.

—Debe haber algún error en la dirección seguramente. Yo usted, llamaría a su hermana para verificarla —sugirió el policía.

—Sí. Creo que será lo mejor —dijo Leonardo por complacer al oficial, aunque sabía que no había ningún error. Sabía que Artemisa era capaz de citarlo a cualquier lugar, incluso a un lugar tan tenebroso como ese.

Cuando terminó de llenar el tanque de gasolina, emprendió la marcha hacia los almacenes. Hacía frío y no traía zamarra. Tenía hambre, cansancio y sueño. «Artemisa cada vez está peor», pensaba por el camino. Estaba cansado de sus niñerías, de su pataletas, de que siempre se saliera con la suya. Esta vez tenía que darle un alto.

Hora y media más tarde llegó. Detuvo el vehículo cerca de la entrada y caminó poco a poco hasta estar adentro. En la penumbra pudo adivinar la figura de Artemisa, y se le acercó suavemente para no asustarla.

—Shhhh…

Artemisa puso su dedo índice sobre sus labios, mientras hacía una señal a Leonardo para que la siguiera. Él la siguió, caminando doblado, igual que ella. No sabía por qué lo hacía, pero confiaba. Era poco más de las once de la noche.

—Arte… —dijo Leonardo, luego de varios minutos de seguirla sin escuchar ni ver nada.

—Shhh… —recibió por respuesta.

Decidió continuar, mirando para todos lados, asegurándose de que nada, ni nadie los estaban siguiendo. «¡Carajo, pero es que no hay nadie aquí!», se dijo. Entonces se irguió y comenzó a caminar derecho. Se estiró un poco, sentía dolor en la espalda por caminar doblado tanto rato. No había nadie, estaba seguro.

—Artemisa, ¿de qué estamos escondiéndonos? —preguntó esta vez en voz más alta.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella como respuesta, enderezándose, molesta.

—¿Por qué hago qué? —continuó él confuso, haciendo ademanes y gestos que denotaban su desconcierto.

—Él va a descubrirnos. Sabrá que estamos aquí —contestó Artemisa, luego de una pausa. Su voz estaba quebrada. Estaba verdaderamente asustada, angustiada.

—¿Quién es él? —cuestionó Leonardo.

—Él, el de siempre, el de antes y después. El de entonces, el de aveces… aquel. ¿No sabes quién es?

—No. No sé quién es. ¿Se supone que sepa? —preguntó Leonardo molesto.

—¿Pero por qué te molestas? —preguntó Artemisa, acercándose a él y sujetando su brazo.

—Porque no haces ningún sentido —dijo Leonardo, agarrándola por los hombros—. ¿No te escuchas? ¿Quién es él? ¿El de siempre, el de antes y después? ¿El de entonces, el de aveces, aquel?

—¡No entiendes nada! —protestó Artemisa.

—Noooooo… No, en-tien-do na-da.

—¿No entiendes nada, hermano? ¿En verdad no entiendes nada? —preguntó ella, enfrentando a Leonardo.

—¿A qué estás jugando? ¡Es suficiente!

—Tengo miedo —dijo Artemisa con voz aniñada—. Tienes que protegerme, hermano.

Leonardo la miró confuso. ¿De qué tenía que protegerla?

—¿Por qué viniste a este lugar?

—Él, Daniel me dijo que viniera. Pero él no existe, ¿verdad?

Leonardo comenzó a caminar despacio, mirando cuidadoso para todos lados. Artemisa lo observaba y reía para sí. Él estaba asustado. Temeroso. De pronto, su celular sonó. Dio un salto, nervioso.

—Contesta, Leonardo. Tal vez sea mamá —dijo ella.

Leonardo miró la pantalla de su celular. Número privado.

—Contesta hermano —insistió—. ¿O te da miedo que reviente  y te parta la cabeza?

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