El hombre que quise ser. 3

—Don Agustín, el señor Rivera está esperándolo en la oficina —dijo Anita, tan pronto llegó.

—¿Le dijiste que venía tarde?

—Sí, seguro.

Agustín se preocupó. Todos los días temía que le pidieran la renuncia. Puso sus cosas sobre su escritorio y se dirigió a la oficina de su jefe. Tocó antes de entrar. De adentro la voz de su empleador le invitó a pasar.

—Buenos días, Agustín. ¿Tienes preparado el informe que te pedí para hoy? —preguntó directamente.

—Estoy a punto de terminarlo, señor —contestó—. Si me da un par de horas…

—Está bien. Aquí antes de las tres de la tarde.

—Gracias, señor —dijo Agustín dirigiéndose a la puerta.

—Agustín… Me gustaría saber si tienes una fecha para tu jubilación —dijo el jefe caminando nervioso por la oficina. Como todos, apreciaba a Agustín y no quería ofenderle—. No te estoy pidiendo que renuncies. Solo quiero estar preparado —añadió—. Ya sabes. Tener a alguien con tiempo que pueda ocupar tu lugar, lo que no será fácil, y a quien puedas ayudarme a entrenar antes de irte, si es posible.

—Sí, entiendo, señor. Pero no, no se preocupe. No tengo ninguna fecha por el momento. Prometo avisarle con tiempo.

Salió del despacho pensativo. Recordando cuando entró a trabajar en la empresa. Tendría, ¿veinte años entonces?

—-

—Pepe, necesito trabajar —dijo Agustín—. Ya sabes que mi abuelo me heredó la casa. Pero además de ella y su buen nombre, no tengo ni para comer.

—Hablaré con mi padre —contestó Pepe calurosamente al requerimiento de su amigo—. Son malos tiempos, se avecina la guerra, pero encontraremos algo para que empieces.

—Lo que sea, amigo. Te agradezco.

—Oye, y ¿cómo te va con Victoria?

—Victoria… es una mujer hermosa. ¿Qué te digo? Me encanta. Pero es mucha complicación. Ella quiere compromiso y yo, ni trabajo tengo. Además, Pepe, estoy muy joven para eso. Esposa, hijos, familia… Nah…

—Eso sí. Mi prima es una mujer para algo en serio, Tino —dijo el amigo—. Mi tío te mata si no le cumples.

—Por eso. Mejor lo dejo ahí. No es mi hora.

Agustín comenzó como aprendiz de contador en la empresa. No ganaba mucho, por tanto se le hizo imposible sostener la casa que el abuelo le había heredado y tuvo que venderla. Solo conservó el viejo reloj de péndulo que había visto ya varias generaciones.

Con aquella fortuna y su juventud, la vida parecía sonreír. Siempre elegante, bien vestido, Agustín se la pasaba de bar en bar y de fiesta en fiesta con sus amigos Pepe, Carlos y Manrique. Entre el vino y las mujeres, transcurría su vida alegre y divertida. Montó un apartamento de soltero que le servía para atender a sus conquistas más liberales que Victoria.

—-

«Victoria… ¿Qué habrá sido de ti?».

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