El hombre que quise ser. 4

—¿Qué te casas con Vivian? —preguntó Agustín, asombrado ante la noticia que le daba Pepe—. Pero, ¿cuál es la prisa?

—Está embarazada —contestó el amigo—. Pero no me importa. Estoy muy enamorado. La verdad es que Vivian es una mujer muy especial.

—Claro, especial —repitió Agustín, como para convencerse—. ¿Qué va a decir tu padre?

—Pondrá el grito en el cielo —dijo el otro preocupado—. Ayúdame…

—Bueno, te ayudo. Cuenta con eso… Pero, ¿cómo?

—El padre la echó de la casa —explicó Pepe—. Necesito que la alojes en tu apartamento.

—¿En mi apartamento? ¿Sola conmigo? —preguntó Agustín espantado.

—No, sola no. Es solo por unas noches —dijo Pepe.

—Me parece perfecto. Entonces, me puedes decir, ¿cómo vamos acomodarnos todos?

—Es cuestión de un par de días. Es mientras le digo a mi padre —suplicó Pepe —. Dormiré en el suelo si es preciso.

—¿Y si tu padre dice que no te vas a casar con ella?

—Me casaré de todos modos —respondió el amigo—. Quisiera su bendición, pero si él no la acepta, no voy a abandonarla. Lleva un hijo mío en su vientre.

—¿Has pensado bien esto? Digo, ¿dejar tu libertad? ¿Perder el respaldo de tu padre?

—Tino, se nota que nunca te has enamorado…

—Así como para renunciar a mi libertad, no.

Como quedaron los amigos, Pepe llevó a Vivian al apartamento. Esa noche fue inolvidable. Ella estaba muy asustada. Llorosa. Avergonzada. Agustín le dijo que pasara a su recámara y se acomodara como si estuviera en su casa. Pepe salió a hablar con el padre. Agustín se quedó esperándole, nervioso, fumando por horas en el portal, hasta que empezó a llover. Entonces entró y se quedó en el salón escuchando los sollozos de Vivian. «¡Cuánto drama!», pensó.

Poco después de la medianoche tocaron a la puerta. Agustín se había quedado dormido en el sillón. Se levantó a abrir. Había olvidado que Vivian estaba en el apartamento y que esperaba a Pepe.

—¿Qué pasó? —preguntó medio dormido.

—Me echó de la casa —contestó Pepe.

—Y te dio un porrazo también… Mira como te dejó —dijo examinando la cara de su amigo, que lucía un mayúsculo cardenal en la mejilla izquierda—. ¿Y ahora, que vas a hacer?

—Me casaré mañana —dijo Pepe decidido—. Seguiré trabajando. Buscaré un apartamento para Vivian y para mi. ¿Qué más puedo hacer? Hombre, ¿quieres ser mi padrino?

Así fue como Agustín apadrinó el primero de muchos matrimonios.

—-

Agustín agarró su saco y su lonchera. Eran poco más de las seis de la tarde. Se le pasaba la hora de tomar el autobus de regreso a la casa. Caminó hasta la estación, pero como supuso, ya era tarde. Esperó pacientemente el próximo, mirando los rostros de las otras personas que también esperaban. Uno le llamó la atención más que los otros. Una joven con piel de nácar, de pómulos rosados, cabellera negra, larga, espesa y ondulada. De pechos rellenos, cintura diminuta y caderas anchas. Se parecía tanto a Victoria.

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