El hombre que quise ser. 11

Agustín siguió hipnotizado con la niña que apenas tenía dieciséis años. Su piel lozana, nueva, sus manos suaves y el aroma de su pelo, lo aturdían. Se estrujaba en la cama por las noches, sudoroso, entre pensamientos lujuriosos. Su único objeto ahora era conseguir el amor de la virginal criatura. Victoria había perdido todo atractivo para él.

Por su parte, la chiquilla se sentía agasajada ante tanta consideración de un caballero de la pinta de Agustín. A los treinta y tantos años, él seguía siendo tan guapo y gallardo como antes. No tenía fortuna, pero apellido y porte no le faltaban.

Agustín buscaba verse con la joven a escondidas, ayudados por una de sus amigas. Para ellas, era cosa de juego. A pesar de todo, él era un señor adulto y a sus espaldas se reían. Él le regalaba chocolates, flores y alguna que otra chuchería que la mantuviera a su merced. Una mañana en la que quedaron en verse en un parque, Agustín se las ingenió para llevarla a un lugar apartado. Curiosa e inexperta al fin, ella dejó que él se aproximara demasiado, al punto de besarle. Cuando quiso retroceder, el hombre cortó su paso, abrazándole en contra de su voluntad. Agustín estaba embriagado con ese olor que solo despiden las vírgenes. Excitado le pasó la lengua por el cuello. La niña se retorció de asco. Viéndose acorralada gritó. Fue entonces cuando él volvió en sí, la soltó y ella se fue corriendo.

Esa misma tarde, el padre de la niña irrumpió en la oficina de Agustín. Estaba rabioso, con razón. Venía nada más y nada menos que a retarle a un duelo. Él era un caballero a la antigua. La única forma de lavar esa afrenta era con sangre. Los ojos de Agustín estaban casi fuera de las órbitas. ¿Un duelo? ¿En pleno siglo veinte? ¿Pero no era ilegal? No había forma de arreglar las cosas, el ofendido padre reclamaba sangre.

—Ahora sí que la embarraste, Tino —advirtió Pepe tan pronto el viejo se fue—. De esta sí que no te salvas. Tienes suerte que soy tu jefe y no mi padre. Él te hubiera puesto de patitas en la calle.

—¿Pero cómo se le ocurre a este hombre retar a duelo? Eso no se usa desde principios de siglo. Si yo ni fui a la guerra. No sé ni como se dispara un arma.

—Es que eres un loco, ¡carajo! —reclamó el amigo—. Esa es una niña, podría ser tu hija.

—¿Cómo que mi hija? ¡Joder! ¡Que yo no soy tan viejo! Apenas paso los treinta.

—El ratito hace que los pasamos. Pero, tu estabas enamorado de Victoria, ¿qué pasó?

—¡Victoria! ¡Victoria! ¡Victoria! Victoria tiene ínfulas de virgen recalentada, con tu perdón, primo. Pero es así. Ya no sé que hacer con ella. Me aburre.

—Entonces buscas acción con una chiquilla. Pues ahora sí que tienes acción. ¿Para cuándo es el duelo?

—¿Tengo que ir? —preguntó Agustín cagado de miedo.

—¡Pues claro que tienes que ir! No querrás quedar como un cobarde. Todo el mundo se enteraría de la afrenta y además de lo que eres. Tendrías que mudarte a otro país.

—¡Dios! ¿Por qué me pasa esto? —dijo mirando al cielo—. Mañana al amanecer. Dijo que lleve un padrino. ¿Quieres ser mi padrino?

—¿Yo? —preguntó Pepe horrorizado.

—Bueno, ¿no soy yo tu padrino de bodas y el de tu hijo? Pues te toca. Carlos anda cojo, no podría ayudarme si me pegan un tiro.

—Pues está bien. Vale. Soy tu padrino y a Dios que reparta suerte. Mañana estoy en tu casa a las cuatro de la mañana.

—¿Cómo que mañana? No. Tú te quedas conmigo esta noche. ¿Quién sabe y sea la última?

—Deja el drama. ¡Puñeta! Me quedo. Avisaré a Vivian. No va a entender, pero igual me quedo.

Esa noche los dos amigos se quedaron hablando y bebiendo hasta el alba. Cada hora miraban el reloj de péndulo asustados. A la indicada, ambos marcharon borrachos al punto fijado para el duelo.

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