El hombre que quise ser. 12

Según se acercaban a su destino, los amigos sentían retorcerse los intestinos. Agustín tuvo que parar a vomitar. Sus piernas le temblaban. Apenas podía sostenerse en pie. Pepe que estaba mejor, trataba de mantener la moral. Agarrándose uno al otro, llegaron al lugar en donde se lavaría con sangre el atrevimiento de Agustín.

El padre de la muchacha esperaba con cara lúgubre. Miró a los amigos venir con repugnancia. «Entre los dos no se saca un caballero», pensó. Su padrino tenía las armas de duelo. Pepe escogió cualquiera, revisándola rápidamente. «Tiene balas», se dijo.

—Bien, ha llegado el momento —dijo el otro padrino. Se acordaron las reglas del duelo, el mismo era “a la primera sangre”.

Los hombres se pusieron de espaldas, armas en mano. Agustín recostado del otro, quien se sacudió para quitárselo de encima. El padrino tocó el silbato, comenzando ambos a caminar en direcciones opuestas, los diez pasos acordados.

—¡Y diez! —gritó el padrino.

Ambos duelistas se voltearon a una vez. Sonaron sendos disparos. Agustín cayó.

El viejo esperó un momento. Agustín quedó inmóvil. Los padrinos se acercaron, constatando que estaba inconsciente. Un hilo de sangre bajaba por el lado de su oreja.

—Está herido, señor —anunció el padrino al viejo—. Es mejor que nos marchemos lo antes posible.

El viejo satisfecho de haber lavado su honra, estuvo de acuerdo en irse de inmediato. El padrino recogió las armas rápidamente, marchándose, dejando a Pepe y a Agustín, el último tendido en el suelo, cuan largo era.

—Agustín —dijo Pepe—, levántate. Ya se fueron.

—¡Cabrón! ¿Te crees que la pedrada que me metiste no me dolió?

—La verdad que tu eres un mal agradecido. Me costó un huevo comprar al padrino para que le pusiera balas de salva al arma del viejo y me vienes a joder porque te apedreé muy duro. Si era una piedra, ¡claro que era dura! ¡Tan dura como tu cabeza, pendejo!

Pepe ayudó a Agustín a levantarse. Todavía les duraba la borrachera. Juntos regresaron al apartamento para seguir bebiendo y curar la herida que la pedrada le había hecho en la cabeza. De algo les había servido que Pepe hubiera sido el campeón usando la honda cuando eran niños.

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