El hombre que quise ser. 15

Agustín aprendió a vivir sin Victoria. Algo así como decir, aprendió a vivir sin oxígeno, sin alimento, sin agua. Existía. Cerraba los ojos y la veía correr desnuda por el apartamento, con la candidez que corren los niños desnudos. Sin malicia, sin vergüenza. No había música que le alegrara. Su risa era toda la canción que quería escuchar. Él no sabía como podía sentir tanto dolor. Más aún, no sabía como podía soportarlo. Pero como era muy macho, se dispuso a vivir sin ella.

Volvió a trabajar. Y también buscó otras mujeres. De cama en cama, fue amortiguando su pena. No era lo mismo, pero llegó el momento en que los recuerdos de la época en que estuvo con Victoria, dejaron de ser tan vívidos como antes, y poco a poco se volvieron borrosos, como un sueño.

El tiempo pasaba. Su pelo se lo decía cada mañana al mirarse en el espejo. También se lo recordaba, aquel horrible reloj de péndulo que enfrentaba antes de salir a la calle. «A ver quien se muere primero», le decía al despedirse de él cuando se marchaba al trabajo.

—Pepe, creo que es tiempo de que me case —anunció Agustín un día se sopetón.

—Ahora sí que me preocupas, amigo —contestó el otro riendo—. A ver… ¿Y ya tienes una candidata?

—Sí.

—¿La conozco?

—La conoces.

—Bueno, pues dime quién es… ¿Cuál es el misterio?

—No hay ningún misterio. Es que estoy empezando a cortejarla —respondió Agustín.

—Entonces, dime quién es —insistió Pepe.

—Es Clara —anunció Agustín ufano.

—¿Clara? ¿La cajera del banco? —preguntó sorprendido el otro.

—Sí, la misma. ¿No te parece una chica divina?

—Pues sí… Es una chica divina, pero es eso… una chica.

—Anda, Pepe… Que no es tan joven y yo no soy tan viejo.

—Tino, tiene más o menos la edad de Sixto José.

—¿Y qué? La niña me hace ojitos… Y a mi me gusta. Y está buenísima para hacerle un hijo.

—¿Un hijo? ¿No qué no te gustaba el olor a orines y a mierda inundándote la habitación?

—Eso era antes, Pepe. Ya he madurado y ahora quiero todo eso. ¡Quiero mujer, quiero hijo, quiero familia, quiero mares de orina corriendo por mi piso, quiero mierda saliendo por las ventanas, quiero todo! Esa muchacha me gusta y será para mí —sentenció.

—¿Estás seguro de que ella está interesada?

—¡Claro que lo está! —dijo convencido—. A ver, ¿cuándo me he equivocado sobre una mujer?

—¿Te recuerdo aquella del duelo?

—Oye, Pepe… Eso fue hace casi veinte años. ¿Me lo vas a recordar toda la vida? Después de eso no me ha pasado con ninguna otra.

—Estamos de acuerdo. No te ha vuelto a suceder porque no estabas en busca de jovencitas. Estabas saliendo con mujeres más o menos de tu edad.

—¡Pero ahora quiero un hijo! Una mujer de mi edad no puede hacerme ese milagrito.

—Está bien, está bien. Te apoyo, amigo. Invítala a la casa. Le aviso a Vivian para que haga una buena cena. ¿Qué te parece? —preguntó Pepe.

—Me parece perfecto. Sabía que podía contar contigo, compadre —dijo Agustín complacido.

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