El hombre que quise ser. 18

Pepe despertó a eso de las dos de la mañana. Unos sollozos que provenían del portal interrumpieron su sueño. Bajó las escaleras rápidamente, abrió la puerta, encontrándose con Agustín tirado en la escalera, borracho, llorando amargamente. Un dolor solidario se apoderó de él. Lástima.

—Amigo —dijo acercándose para ayudarle a levantarse—. Ven, levántate.

—No quiero, Pepe —contestó el infeliz—. Es mi fin. Estoy acabado.

—¿Cómo dices eso? No estás acabado.

—Sí lo estoy. Perdí a la mujer de mi vida…

—Pero Tino —dijo Pepe sorprendido—, no sabía que tu asunto con Clara era tan en serio.

—No hablo de Clara, amigo. Hablo de Victoria. La perdí como un buen pendejo. Fui muy feliz con ella. Conocí el amor y lo dejé ir. Este es el resultado. ¿No lo ves?

Pepe calló. No tenía argumento alguno. Solo podía sentarse al lado de su amigo y sufrir con él. Verle caído, humillado, vencido le partía el alma. Lo escuchaba hablar en un monólogo doloroso, triste y no sabía que decir para consolarlo.

—¿Sabes Pepe? —continuó—. Es muy tarde… muy tarde… tarde… Hoy me dí cuenta, de que es muy tarde para mi. Cuando tenía cuarenta años, pensaba que me quedaba un montón de vida por delante. Que podía tirarme para atrás a escoger. Que iba a encontrar otra mujer igual o mejor que mi Victoria. Pasaron rubias, morenas, pelirrojas. Flacas, gordas. Lindas, feas. Me cansé de follarme cuanta mujer encontré, buscando lo que tenía con ella. ¡Qué iluso! Pasó el tiempo y no llegó ninguna. Por supuesto, no llegaría nadie como mi Victoria jamás. Y ahora, soy un viejo. Un viejo. ¿Me ves? Soy un viejo… Sí, me miro en el espejo… Estoy viejo. Una niña me ha dicho en mi puta cara lo que soy… Un cabrón y puto viejo… Y puñeta, me duele, Pepe… me duele…

Esa noche Agustín enganchó los guantes. Se volvió un hombre sombrío y solitario.

Clara y Sixto José continuaron viéndose y se enamoraron. Eventualmente decidieron casarse. Sixto José, le pidió a su padrino —que en realidad era su padre—, que fuera su padrino de bodas. «¿Qué más da», pensó Agustín, «Soy el padrino de todo».

Unos meses después, Pepe le dio la noticia de que Carlos había fallecido.

—¿Qué se murió? —dijo reaccionando—. ¿Cómo que se murió ese cabrón? Yo que se la tenía jurada. Pepe, ¿sabes lo que se siente? ¿Tienes idea de que siento en este momento? Teníamos una cuenta pendiente y no puedo cobrarla. Él se robó al amor de mi vida, y se muere sin que yo le parta la cara.

—Tino, estás fuera de lugar —opinó su amigo—. Te recuerdo que Carlos no te robó nada. Victoria terminó contigo. Ellos eran libres de hacer lo que les diera la real gana con sus vidas.

—Sí, pero él era mi amigo. Él sabía que yo la amaba.

—Otra vez con esa historia… Ya está bueno con eso. Tú perdiste a Victoria y punto.

—¿Y dónde está ella? ¿Va a regresar?

—No creo, Tino. Su hijo se la ha llevado de viaje por Europa.

—Ah… ¿Y también tuvo un hijo con ese cabrón?

—¿Vas a seguir? Estaba casada con él. Quiso tener la familia a la que tenía derecho y que tu le negaste. Ahora tiene ese hijo que es la luz de sus ojos, que cuida de ella, que la acompaña. Y hablando de compañía, tal vez es tiempo que tu vayas buscando la tuya.

—No. Yo estoy bien como estoy.

Pepe falleció un año después.

Agustín se hundió en una terrible depresión. No hallaba consuelo sin su amigo y confidente. Vivian se convirtió en una buena amiga desde entonces, ayudándose mutuamente a sobreponerse de la pérdida, que la muerte de Pepe representó para ambos. De aquella relación tormentosa que hubo entre ellos no quedaba nada, excepto el cariño nacido de los años de conocerse.

Sixto José ocupó el puesto de su padre en la empresa. Contaba con Agustín para todo, pues este se conocía al dedillo todas las operaciones del negocio, por el tiempo que llevaba trabajando allí. Por eso le guardaba un gran respeto y consideración.

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