El hombre que quise ser. 19

La vida de Agustín se tornó en una dura y aburrida rutina. De vez en cuando Vivian le invitaba a cenar o a tomar el té, sin ninguna otra consecuencia. Envejecían. El paso de los años era inexorable.

—Don Agustín —dijo la secretaria una mañana—, el jefe quiere hablarle. Lo espera en la oficina.

—Sí, gracias —contestó, arrastrando sus pies hacia el despacho de su ahijado. Tocó la puerta y desde adentro se escuchó una voz autorizando la entrada.

—Buenos días —saludó, sabiendo que le esperaba una mala noticia.

—Agustín, no voy a hablarte como tu empleador, voy a hablarte como tu ahijado. Mira, le he dado muchas vueltas a este asunto, pero es hora ya de que te retires —dijo Sixto José, tratando de suavizar lo que decía lo más posible. La verdad era que estimaba mucho a su padrino—. Es que estás cometiendo muchos errores. He tratado de ayudarte, pero ya no puedo seguir ignorando lo obvio. Has servido a esta empresa por muchos años. Tu trabajo ha sido de excelencia. Pero ya es tu momento de ir a descansar, de disfrutar tu retiro. De hacer otras cosas…

—Otras cosas… —repitió Agustín suspirando—. Sixto José, sabes muy bien que mi trabajo es todo para mi.

—Lo sé, padrino. Pero te estás equivocando en la contabilidad. Eso nos causa serios problemas. ¿Tu entiendes eso, verdad?

—Sí, entiendo —contestó bajando la cabeza, ocultando una lágrima que amenazaba con saltarle del ojo—. Mi vida entera se queda en este lugar.

Agustín recogió lo poco que tenía en su oficina en una cajita. Los compañeros le abrazaron y se despidieron, pidiéndole que no se olvidara de ellos. «Como si hiciera alguna diferencia que los recordara», se dijo. Viajó en el autobús de regreso, por primera vez a esa hora tan temprana. Miraba por las ventanas, ensimismado con el paisaje que nunca había mirado con detenimiento. Cuando llegó al apartamento, vio a su viejo reloj de péndulo, que lo miraba de vuelta, riendo, burlándose de él y de sí mismo.

Apenas eran las nueve y treinta de la mañana. ¿Qué iba a hacer con tanto tiempo? Miró a su alrededor. Pensó en que ahora podía dormir hasta media mañana sin tener que apurarse. Que no importaba si se arreglaba la barba o no. Podría leer los libros que había comprado, que estaban sobre la mesa empolvándose y que no había tenido tiempo para leer. Arreglar el apartamento. Limpiar. Acomodar los muebles. Viajar.

De repente se sintió muy cansado. Miles de universos se le vinieron encima.

Entonces, se acostó a dormir.

Anuncios

2 comentarios en “El hombre que quise ser. 19

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s